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Abuelas, la fuerza de la ternura

Hace mucho que dejaron atrás su maternidad, pero han abrazado su nuevo papel con libertad y plenitud. Abuelas y nietos viven en una mutua fascinación, un vínculo único, de amor sin fisuras, del que nos habla, con agradecimiento y emoción, la escritora Lea Vélez.

Silvia Viveros, 59 años. Abuela de Liam, de ocho años, y Thomas, de seis.
Silvia Viveros, 59 años. Abuela de Liam, de ocho años, y Thomas, de seis. álex rivera

En inglés abuela es grandmother. En francés, grand-mère. Y es verdad. Hay que ser muy grande para aguantar golpes de ternura como este:

-Abuelita, ¿tus arrugas son de raíz?

-¿De raíz?

-Es que vi en la tele que si te pones todos los días la crema, se te quitan las arrugas de raíz.

O el niño que reflexiona en voz alta: 'Cuando uno es abuelo ya tiene todos los años que hay que tener...'.

Y es que, como explica la psicoanalista Isabel Menéndez, 'la abuela, cuando disfruta con su papel, es capaz de querer sin condiciones. A veces puede ver en su nieto una sonrisa que le recuerda a su hijo, y ahí encuentra el placer de la transcendencia. Algunas, llevan con resignación lo que tendrían que vivir con placer. Pero aquella que vive plenamente su condición, transmite un mensaje de esperanza, incluso cuando cuando tiene discrepancias con los padres, ya que fomenta la capacidad de los niños de tener criterio propio'.

Para ellas, ha llegado el tiempo de cuidar desde un lugar con más experiencia y menos presión. A cambio, los nietos reciben un amor y una libertad que les aleja de la rutinas y las obligaciones del día a día y que les 'consiente' ser como son. Es un vínculo único, y no solo los nietos se benefician de él. Según un estudio de 2013 sobre el envejecimiento, realizado por la Universidad de Boston, aquellos que mantienen una relación fuerte con sus nietos, tienden a sufrir menos depresiones que los abuelos distantes. Es decir, la conexión entre generaciones y la fascinación mutua, apuntalan la seguridad y la autoestima del niño. Pero también la del adulto.

¿Cómo pueden adorar a los nietos, aguantarlos y amarlos sin condiciones?

Nugartein y Weinstein clasificaron en los años 60 los distintos tipos de abuelo en cinco categorías: los autoritarios, que se caracterizan por un comportamiento rígido y tradicional; los relajados, que son lo contrario, muy permisivos; los subrogados, es decir, aquellos que cuidan todos los días de sus nietos como si fueran sus propios padres; los sabios, que son fuente de historias familiares; y los distantes, que casi nunca ven a sus nietos. La realidad es que casi todos los abuelos acostumbran a tener varias de estas características. Pero me permito añadir una último tipo: el de las grandes abuelas.

Y es que no hay duda, la buena pasta de abuela -o grand-mère- es la fórmula mejor guardada del universo. ¿Qué llevan dentro para adorar a los nietos, aguantarlos, darles los caprichos y amarlos sin condición a pesar de los años? ¿Cómo se combina lo más nuevo de la casa con 'lo más antiguo'? Y es que sí, probablemente, una abuela está hecha de tiempo y de amor.

Silvia Viveros, 59 años. Abuela de Liam, de ocho años, y Thomas, de seis.
Silvia Viveros, 59 años. Abuela de Liam, de ocho años, y Thomas, de seis.

"La muerte de mi hija nos cambió la vida a todos", Silvia Viveros

Si las abuelas más activas están dispuestas a hacer los kilómetros que haga falta para estar con sus nietos, el caso de Silvia supera a todos, porque ella tiene que atravesar el océano para poder abrazar a sus dos nietos.

Silvia es ecuatoriana pero vive en Houston, Texas (EE.UU.), y sus nietos en Madrid. De voz dulce, reflexiva, cariñosa, haría cualquier cosa por ellos, porque los niños perdieron a su madre -Gabi, la hija mayor de Silvia- a causa de un cáncer. Para apoyarlos, para que no perdieran el cariño maternal que tanto necesitan, para ayudar a su yerno en el trance, y porque también ella lo necesitaba para superar su dolor, Silvia se saca un billete de avión cada dos meses y se instala en casa de los niños. Les prepara los platos que les hacía la madre, los lleva y los recoge del colegio, los llena de cariño. 'La muerte de mi hija nos cambió la vida a todos. Cada dos meses yo dejo a mi marido, dejo a mis otras hijas, lo dejo todo, por pasar un par de meses ellos. Normalmente, hago unos cuatro viajes al año y paso en total seis acá. Lo de mi hija es una tristeza que no se irá nunca, pero ya estoy mejor. Ya el llanto es más como una melancolía. Los niños me ven llorar y acaban riéndose de mí. Todos reímos mucho.

Es verdad que me sorprendo haciendo cosas que haría mi hija, o que les diría mi hija. También yo veo en ellos a su madre, Gabita. El amor que uno siente por un hijo es inexplicable, pero el amor a los nietos es la recompensa. Mi hija les decía: '¿Y mi beso?'... y yo les digo lo mismo. Creo que me sienten un poco como si yo fuera ella, la sienten a través de mí: la ven en mi como yo la veo en ellos. Les hablo mucho de su madre, y también le escribo a ella en mi diario. Le cuento cosas de los niños: 'Ay, Gabita, no sé si hice bien en regañarles por esto... O ¿hice mal en comprarle a Thomas este juguete?'. ¿Y sabes? Yo siento que ella me responde. A veces pasamos meses sin vernos y siempre pienso: 'Quizá ya no me van a querer como antes, quizá será distinto...', pero llego y todo es igual'.

Marisa Fernández, 58 años. Abuela de Irati, de seis años, y de Lucía, de cuatro.
Marisa Fernández, 58 años. Abuela de Irati, de seis años, y de Lucía, de cuatro.

"Con mis nietas amo y sufro como lo hice con mi hijo", Marisa Fernández.

Si mezcláramos a una abuela de cuento infantil, de las que hacen galletas de jengibre, con una profesional moderna, activa y volcada en la educación del alma y del espíritu de los niños, nos saldría algo parecido a Marisa Fernández. De lunes a miércoles trabaja en un colegio Waldorf de Las Rozas, como terapeuta, y los jueves por la mañana hace la maleta y se marcha a Vitoria, donde pasa cuatro días seguidos. Allí tiene una consulta privada pero, más importante aún, allí viven su hijo y sus dos nietas, para quienes Marisa organiza talleres.

Así enriquece sus vidas y, ya puestos, la de otros chavales que buscan creatividad. 'Todos los jueves a las seis de la tarde nos encontramos en mi consulta en Vitoria y hacemos todo tipo de actividades plásticas, cantamos, cocinamos. Celebramos la fiesta de la cosecha haciendo una sopa de verdura, vaciando calabazas y cantando. O San Martín, con farolillos, y asamos castañas. O, por supuesto, Navidad, haciendo galletas de mantequilla y casitas de jengibre'. Las actividades festivas de sus talleres son la forma que tiene Marisa de aunar trabajo y placer, de entreverar el amor 'profesional' por la infancia, y el amor por sus dos nietas, a las que tuvo que prohibir cariñosamente que la llamaran abuela delante de los demás, no por una cuestión de evitar favoritismos en los talleres, sino porque todos los otros niños acababan llamándola también abuela. 'Yo fui madre muy joven, tenía solo 21 años. Aun así creo que he sido una madre bastante decente. La relación con mi hijo es excelente. Los valores de la maternidad, se extienden al ser abuela. Yo a mis nietas las educo como a mi hijo, hago travesuras como con mi hijo, amo como con mi hijo, sufro como con mi hijo, me siento igual de responsable que con mi hijo. Lo único diferente es el tiempo. Soy abuela a tiempo parcial y cuando ya no puedo más, me puedo desapuntar, como dicen los chavales'.

Almudena Gutiérrez, 57 años. Abuela de Victoria, de tres años, Manuela, de dos, y Almudena, de uno.
Almudena Gutiérrez, 57 años. Abuela de Victoria, de tres años, Manuela, de dos, y Almudena, de uno.

"Me han abierto los ojos a rincones que no conocía", Almudena Gutiérrez.

Cuando a su hija se le terminó la baja maternal, Almudena escogió quedarse con Victoria, su primera nieta, durante todo el día. Prefirió cuidar de ella a que llevaran a la niña a una guardería. Así, elaboró una rutina de cariño. La alimentaba, la cambiaba, la vestía, y todos los días, con lluvia, viento o sol, la paseaba por todo Madrid contándole historias de los rincones de la capital.

Almudena empezó a hacer fotos con el cochecito en algunos lugares emblemáticos de Madrid: la estatua de Cervantes, la Plaza Mayor, la Gran Vía... y abrió una página de Facebook titulada 'Paseando con Victoria'. Poco a poco, fue teniendo comentarios de mucha gente que disfrutaba de sus historias y de su ejemplo como abuela activa, así que decidió abrir un blog donde le escribía cartas a su nieta. 'Cambié las mañanas de gimnasio por estar contigo, y lo que empezó siendo una broma para demostrarle a tu tío Carlos que lo de los paseos iba en serio, se ha convertido en una costumbre que me encanta y que ha hecho famosa tu sillita rosa'. Almudena recorrió todo Madrid con Victoria, y ha repetido con Almudena, la bebé de nueve meses que ahora va en el carrito.

'También hago fotos con ella, pero como no quiero repetir, estoy fotografiando rincones, más que monumentos, y los pongo en #Almudenasdepaseo. Ella me ha hecho descubrir lugares que me habían pasado totalmente desapercibidos hasta ahora, porque voy buscando encuadres bonitos y mirando de otra manera la ciudad. Con Manuela hago menos cosas, porque la veo menos, pero trato de que nuestros encuentros sean especiales. A las tres les escribo cartas en el blog, y las recopilaré en un pequeño libro para cuando sepan leer'.

María Luisa Martín, 81 años. Abuela de Michael, de 10 años, y de Richard, de ocho.
María Luisa Martín, 81 años. Abuela de Michael, de 10 años, y de Richard, de ocho.

"Ellos son el motor de nuestras vidas", María Luisa Martín

Fue abuela tardía, ya pasada la edad de jubilación, pero se sentía con fuerza y energía para cuidar de sus nietos de la manera habitual: si su hija y su yerno hacían un viaje, ella se quedaba a dormir en la casa; o preparaba la comida familiar de los domingos si la familia iba de visita.

Sin embargo, cuando los niños eran aún muy pequeños perdieron a su padre y Maria Luisa se volcó con su hija. Desde hace dos años, esta abuela octogenaria coge el coche cada viernes, hace la compra para toda la familia, recoge a los niños del colegio, conduce los 25 kilómetros que hay de la ciudad a la casa de su hija, que vive en la sierra madrileña, y pasa el fin de semana con ella y con los niños, cuidando de todos. 'Mi hija trabaja y va y viene del colegio todos los días. Hace muchos kilómetros, así que los viernes yo los paso a buscar. Pero no lo hago solo por ella. Todo lo que hacemos lo hacemos por todos, por los nietos, por los hijos, por nosotros mismos. El amor no está metido en compartimentos estancos y etiquetados: esto es amor de madre, esto es amor de abuela, esto es amor de hija. Todos los tipos de amor están mezclados', dice. Aunque admite que es agotador, que se cansa y tiene 'la espalda hecha polvo', sabe que su hija la necesita. 'Y yo la necesito a ella. Las dos somos viudas pero ella enviudó primero, por eso me gusta cuidarla. Y los niños son el motor de nuestras vidas. Yo tengo miles de recuerdos de mi infancia, de mis padres, y de mi abuela. Mi padre me leía el Quijote. Me hacía todas las voces. Yo se lo leí a mis hijos y ahora se lo leo a mis nietos. Para mí, las lecturas fueron una forma de dar amor'.

María Luisa, no es cualquier abuela, sin duda, porque es mi propia madre. Pasa horas con mis hijos como las pasó conmigo y con mi hermano y eso que ella no tenía la ayuda de una abuela a domicilio, un lujo del que disponemos cada vez menos mujeres por culpa del retraso de la edad para tener a los niños. Mamá, quiero agradecerte tu amor, que siempre se ha medido en kilómetros, y en nombre de todas las hijas, extender mi admiración a las grandes madres de nuestra generación.

Los nietos siempre dicen la verdad

  • "Yo de mayor no quiero ser madre, quiero ser abuela". (Ángela, cinco años)
  • "¿Cuando se mueren los abuelos, por qué no los agarramos de la mano para que no se vayan al cielo?". (Marco, cuatro años)
  • "El abuelo y yo somos amigos de toda la vida". (Cristina, dos años).
  • La abuela cambia de canal y dice la niña: "Abuela, me cuidas fatal!". (Qiu, cuatro años)
  • "Abuelo, yo estoy nuevo y tú ya estás gastado". (Lluis, 5 años)
  • "Abuelita, cuando tu naciste ¿también os vestíais con ropa, como nosotros?". (Ana, seis años)
  • "No quiero que la abuela use bastón porque cuando lo usa dice que no puede con la vida y yo quiero abuela muchos años". (Lucía, siete años)
  • Un niño en misa con su padre agnóstico: "Tranquilo, papá, que ahora el cura le da la pastilla a la abuela y esto ya se acaba". (Nicolás, cinco años)
  • "Mamá, mis abuelos... ¿de qué planeta vienen?". (Miguel, tres años)
  • "Cuándo un abuelo se muere, el padre se hace abuelo y el niño se hace padre y así". (David, tres años)
  • "Abuelita, tienes caminos en la cara". (María, tres años)
  • "La abuela es mamá-mamá, poque es mamá dos veces". (Juan, dos años)
  • "La abuelita siempre sabe dónde está todo, menos su bastón" (María Pía, 9 años)
  • -"¡Qué joven es tu abuela! -¡Porque no la viste por delante!" (Irene, cinco años)
  • "En los brazos del abuelo cabemos todos" (Rodrigo, 4 años)
  • -"Abuelita, ¿se pueden hacer estatuas con personas? -No, cariño, se hacen con piedra, con metal... -No. Se pueden hacer con personas. -Bueno, hay personas que disecan animales y les quedan como estatuas. -Pues cuando te mueras, te voy a disecar". (Gonzalo, cuatro años)
  • Con todo el amor y el cariño del mundo: "Güelita, ¿por qué no vas tú a trabajar y que se quede mamá en casa?". (Santi, cinco años)
  • "Cuando el abuelo y yo tomábamos café juntos, parecía que el mundo se paraba". (Miquel, cuatro años)
  • "Cuando uno es abuelo ya tiene todos los años que hay que tener" (Richard, tres años)
  • -El yayo está en el cielo. -No, mamá, está en mi cabeza y en mi corazón. (Inés, cuatro años)

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