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El niño congelado, por Edurne Uriarte

Cada mañana encontramos en los periódicos historias para la tristeza, pero también para la esperanza...

El niño con el pelo congelado
El niño con el pelo congelado D.r.

Cada mañana encontramos en los periódicos historias para la tristeza, pero también para la esperanza, y, a veces, hasta para las carcajadas, porque, es cierto, la realidad supera la ficción y puede ser más divertida que la mejor de las comedias.

Así me reí hace unos días mientras desayunaba, leyendo la historia del británico que dio un mordisco a una toallita en un restaurante de Martín Berasategui al confundirlo con un plato de vanguardia. Y es que yo misma he estado a punto de hacerlo en algún restaurante sofisticado, con la diferencia de que soy más prudente que el británico y he esperado a ver qué hacía el resto de comensales. Y con la diferencia también de que soy algo más consciente de mi ignorancia en gastronomía y no se me ocurre airearla en internet como sí lo hizo la esposa del torpe británico. Incluso se dio el lujo de criticar la "pretenciosa" presentación de los platos, lo que ha provocado el asombro y el cachondeo de muchísimos aficionados a la gastronomía. Como el que se preguntaba si esperaban un chuletón en ese restaurante, o el que confiaba no se hubieran bebido el agua de limón para los dedos o el que calculaba la cantidad de vino que regaba la comida.

El atrevimiento de los británicos con la exhibición de su incultura gastronómica me hizo pensar en esa extendida pulsión por lograr protagonismo público a costa de cualquier cosa, incluso del ridículo. O para ponerse en primera línea de denuncia, porque los hay inconscientes de sus limitaciones y otros de sus obligaciones. Como los protagonistas de otra historia de las redes sociales que también ha provocado mis carcajadas, la de los chicos del todoterreno que quedaron atrapados en la nieve del puerto de Angliru y después colgaron en las redes sociales una grabación con el 112 para denunciar que se negaran a rescatarles y les exigieran que bajaran a pie. Con la consecuencia de enormes críticas a su imprudencia por adentrarse en un puerto de montaña en plena noche y tras reiterados avisos de grandes nevadas, y abundantes carcajadas como las mías por la respuesta del "4x4 igual a 16" del miembro del 112, tras escuchar la excusa de que subieron sin ropa ni calzado para el frío porque iban en un 4x4.

Pero una historia conmovedora con final feliz también me mostró estos días que, en muchos otros casos, las redes sociales sirven para ayudar a los demás y reflejan lo mejor del ser humano. La historia de Wang Fuman, el niño del pelo congelado, tras su caminata de varios kilómetros por la nieve y sin ropa de abrigo hasta la escuela, cuya fotografía enseñó su maestro al mundo y provocó una ola de solidaridad. Ahora, Wang y otros niños pobres de su pueblo tienen ropa de abrigo para caminar a la escuela gracias a las redes sociales y a la bondad de tantas personas.


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