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Lucha de poder

La relación fraterna que construyen hijos entre ellos es la base de sus futuras relaciones y un aviso a navegantes de lo que proyectamos sobre ellos

Dos niños haciendo deberes.
Dos niños haciendo deberes. Fotolia

En todos los grupos de hermanos, cada uno tiene un lugar único e irrepetible. No es lo mismo ser el mayor que el pequeño o el mediano. Tampoco los padres ven igual a todos sus hijos, depende de si se parecen más o menos a ellos mismos o de si son niños o niñas. Ahora bien, todos tienen que resolver los celos y rivalidades que sienten entre ellos. Aprender a compartir, a aceptar las características del otro, a respetar las diferencias, es un logro para crecer en un ambiente fraterno que fomente el compañerismo.

En un grupo de hermanos, los lugares y las características van definiéndose con el tiempo. Con frecuencia, se puede organizar una lucha de poder más o menos clara acerca de quién es el que manda. Es raro que se acepte de buen grado por parte de los otros que uno pretenda dominar. Esto suele suceder cuando nace un hermano. El mayor quiere demostrar que puede más que los pequeños, pero más tarde va resolviendo sus celos y no necesita imponerse para sentirse querido. Cuando esta situación permanece y trae problemas, conviene hacerse algunas preguntas: ¿Cómo se sienten los padres cuando sucede? ¿Qué le ocurre al hijo que intenta mandar?

Uno de los progenitores, o los dos, pueden inconscientemente sentirse bien cuando un hermano se impone. Le adjudican el papel de fuerte, porque proyectan sobre él algo deseado. ¿Ocupa ese lugar porque en alguna medida los padres lo favorecen? En cuanto al hermano que quiere mandar, ¿tiene celos y necesita mostrar que es el mejor? ¿Desea imponerse porque se cree más fuerte o porque se siente más débil y quiere convencerse de lo contrario?

Un niño seguro se sí mismo no necesita imponerse a sus hermanos.

Un niño con una aceptable autoestima no necesita imponerse siempre a sus hermanos, solo cuando quiere defender sus intereses. En ocasiones, la hermana mayor hace un poco de madre, o un hermano, que también suele ser el mayor, dirige a los otros. Cuando esto se fija en el tiempo, es posible que esté delatando funciones parentales que fallan. Una niña puede encontrar en su hermano mayor un sustituto del padre o un hermano una sustituta de la madre en su hermana mayor.

Evitar errores

  • No supongas que, si uno de tus hijos dirige a los otros, los demás están más protegidos. El niño o niña que se arroga una posición está intentando colocarse en un lugar que no le corresponde porque se siente inseguro en el círculo de sus iguales.
  • La tendencia a dirigir, lejos de mostrar autoestima, es un disfraz para un narcisismo infantil que no acepta los límites que impone el crecimiento.

Ecos del pasado

Nuestros hijos aprenden en la familia a ser respetados y a respetar. Los padres les enseñamos sus límites y ello les hace aprender las limitaciones de los demás. Cuando los aceptan y saben dominar las pulsiones y los deseos, no les resulta necesario mandar sobre los demás. Esta tarea es complicada porque intervienen elementos inconscientes de los que nada se sabe. Cuando Julio comenzó su psicoterapia, no imaginó que la actitud de su hijo mayor, Jaime, de 10 años, le iba a enseñar tanto de sí mismo.

Llegó al tratamiento por una depresión. Tenía tres hijos, pensaba que su matrimonio era un desastre y que Jaime se le iba de las manos. Discutían continuamente porque el niño pasaba el día regañando a sus hermanos e imponiéndoles cosas. Julio pensaba que, a pesar del interés que había puesto en crear una familia, no le había salido bien. En la primera entrevista dijo algo que nunca se le había ocurrido: "Siempre pensé que mi padre solo quería a mi hermano y a mi hermana. Conmigo era muy rígido y jamás tuvo en cuenta lo que me gustaba. Yo, a mi hijo, he querido educarlo de otra manera, pero no lo he hecho bien, porque solo discutimos, trata de quedar por encima y no lo resisto. Es tan rígido como mi padre". El padre de Julio había muerto hacía un año y los conflictos inconscientes que había tenido con él se manifestaban ahora.

Julio era un padre amoroso y permisivo en oposición al suyo, y por ello sufría cierta incapacidad para poner límites a su hijo. No se había dado cuenta de lo que necesitaba su hijo, que vivía la permisividad como un abandono. Julio tuvo que elaborar los conflictos con su padre para encontrarse más seguro en su papel, lo que mejoró la relación que siempre había querido tener con su hijo, y Jaime dejó de imponer sus deseos.

Los celos, si no se resuelven, delatan inmadurez afectiva.

Cuando alguien duda de sí mismo, duda de todo y, en particular, del amor de los padres. Solo si nos llevamos bien con nosotros mismos, podremos hacerlo con los demás. Solo si podemos sentirnos seguros en la vida, reconociendo nuestras limitaciones, luchando por conseguir lo que queremos y haciéndonos responsables de lo que nos ocurre, podremos dejar de rivalizar con los hermanos. Los celos, cuando no han podido transformarse en solidaridad y complicidad, delatan apego patológico a los padres e inmadurez afectiva. La calidad de las relaciones en la infancia determina la solidez de los vínculos entre los hermanos

Qué podemos hacer

  • Ayudar a nuestros hijos a poner palabras a sus sentimientos.
  • Es importante aceptar las características de los niños que no tienen lo que los padres quieren. Esto les enseña a ser tolerantes porque no temen ser rechazados.
  • La mejor lección de tolerancia es enseñarles a aceptar las diferencias entre hermanos. Esta actitud les ayudará a construir una personalidad democrática.

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