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Acoso en la universidad

Cuando un profesor o director de tesis utiliza su poder para presionar sexualmente a una alumna, ¿qué salida le queda a ella? Hasta ahora las instituciones educativas le daban la espalda, pero es el fin de la ley del silencio.

Chicas llegando a la universidad.
Chicas llegando a la universidad. d. r.

Ana Vidu era una brillante estudiante de Sociología en la Universidad de Barcelona (UB) y soñaba con cambiar el mundo. Pero aquel sueño se convirtió en pesadilla cuando un profesor, Jesús de Miguel, comenzó a acosarla sistemáticamente por correo electrónico. "A mí me insistía para ir a tomar café; a otros compañeros les hacía propuestas sexuales, directamente". Durante toda la carrera, intentó evitar encontrarse a solas con el acosador, aunque no lo denunció hasta que comenzó el máster y el profesor volvió a la carga. En cuanto puso la denuncia, la primera de su universidad, sus notas empeoraron y hubo gente que dejó de saludarla. "Denunciar el acoso ha sido peor que sufrirlo", sentencia.

Tras crear una red de víctimas y buscar apoyos en profesores como Ramón Flecha, Vidu y él reunieron los testimonios de otras 13 personas. Tras un año de investigaciones internas, el caso llegó a la Fiscalía. El ministerio público lo vio claro: había indicios de delito por acoso sexual. Pero archivó la denuncia, porque los delitos habían prescrito.

"Pervive ese mito de la mujer perversa, así que lo primero es dudar de ellas".

miguel lorente

A pesar de las evidencias, la Universidad de Barcelona no activó ningún mecanismo para expulsar al profesor y que dejara de acosar a sus estudiantes. Entre los denunciantes hay un chico al que, con la excusa de orientar su carrera universitaria, Miguel invitó a su casa y llegó a darle masajes en ropa interior y a hacerle tocamientos. O una chica que tenía 18 años en aquel momento y que recibió correos sexuales en los que los "besos mojados" y las promesas de "actividad frenética en la cama" eran moneda común. Como explica la profesora Tinka Schubert, compañera de Vidu, "cuando este profesor tenía tu confianza, se aprovechaba de ti y abusaba".

Ana Vidu se doctoró el pasado mes de febrero con una tesis de título inequívoco: Movilizaciones estudiantiles contra la violencia sexual en las universidades. En ella se plantea la pregunta del millón: ¿están las universidades españolas plantándole cara a la lacra del acoso y el abuso sexual? Los testimonios que recoge en la tesis lo ponen en entredicho.

Tinka schubert. Acosada por defender activamente a las víctimas. La profesora de Sociología en la Universidad Rovira i Virgili logró evitar a un acosador conocido en su facultad, pero decidió implicarse en las denuncias hechas por algunas alumnas y por ello ha sufrido a su vez discriminación y acoso.
Tinka schubert. Acosada por defender activamente a las víctimas. La profesora de Sociología en la Universidad Rovira i Virgili logró evitar a un acosador conocido en su facultad, pero decidió implicarse en las denuncias hechas por algunas alumnas y por ello ha sufrido a su vez discriminación y acoso. vicens giménez'

Trincheras permanentes

Paradójicamente, según un estudio de la propia Universidad de Barcelona, seis de cada 10 universitarios españoles han sufrido o conocen casos de violencia machista en las aulas. Las universidades españolas se enfrentan desde hace tiempo a un problema de primera magnitud, que afecta no solo a la seguridad y salud de sus estudiantes, sino a su propio prestigio. "Mientras que en la Universidad de Barcelona querían mantener la reputación negando los casos, encubriendo el acoso y represaliando a quien lo destapa, en otros países, como Estados Unidos, el prestigio procede de posicionarse en contra", afirma Vidu. Según Miguel Lorente, profesor de Medicina Legal de la Universidad de Granada y exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género, "cuando se denuncia un caso de acoso, lo primero que se hace es dudar de la mujer. Existe ese mito de la Eva perversa, de que las mujeres son malas y que hay que controlarlas".

Si la primera voz de alarma llegó desde Barcelona, la más sonada y mediática- la que ha marcado un precedente vital para las víctimas-, lo hizo desde el sur. A principios de este año, un juzgado de Sevilla condenaba al profesor Santiago Romero, catedrático de Educación Física en la Universidad de Sevilla, a siete años de prisión por abusos sexuales y lesiones contra tres profesoras de su facultad. La universidad primero y un juez, después, le han prohibido pisar el centro universitario. Su caso ha destapado la ley del silencio que había imperado a su alrededor mientras el exdecano de Ciencias de la Educación cometía sus fechorías. En la intimidad de su despacho o en los pasillos, Romero se abalanzaba sobre ellas y contra su voluntad, besándolas, toqueteándolas y rozándolas con sus genitales.

Según la experta Rocío Diez Ros, citada en la sentencia que lo condena, "para mantener el acoso es necesario que unos actúen y otros callen". De hecho, una de las víctimas reconoce que solo ha recibido el apoyo puntual de algunos profesores de su facultad. "Lo más doloroso es que de las 42 personas que pertenecemos al departamento, solo dos nos han apoyado a nosotras en el juicio. El desamparo del entorno ha sido peor que el acoso. Sin él, Romero no habría tenido el valor de hacer todo lo que ha hecho".

Mientras que el profesor continuó dando sus clases y la Universidad se abstuvo de suspenderlo, alegando que había enviado el caso a los juzgados y no podían castigarlo, las víctimas vivieron su infierno particular tras poner la denuncia. Una se ha marchado a trabajar a otra universidad, otra vive con miedo a encontrárselo en la facultad y la tercera llegó a marcharse a vivir a otro país. Todas sufren secuelas, dos siguen en tratamiento psicológico por ansiedad y depresión, y una "ha llegado a tener pensamientos suicidas".

"Es un problema de poder"

¿Existe un perfil psicológico que permita identificar al acosador? Según Ruth Milkman, profesora de Sociología en la Universidad de Nueva York, "eso es un mito. Es un problema de poder y falta de protección a las personas expuestas a los abusos, no de personalidades". Esa falta de protección afecta tanto a las personas que sufren el acoso, como a las que tratan de defenderlas. Es el caso de Tinka Schubert. Cuando Tinka comenzó Sociología en la Universidad de Barcelona, sus compañeros la avisaron de que un acosador andaba suelto. Es más, recuerda que alguien colgó un cartel que rezaba: "De Miguel, pederasta".

Tinka consiguió evitarlo hasta que comenzó su doctorado. Para su sorpresa, tenía que asistir a un seminario obligatorio impartido por el acosador. "El objetivo era de "asesoramiento" y contaba con tutorías individualizadas, pero en realidad no podía ser obligatorio, porque no estaba reconocido oficialmente... era claramente un mecanismo para acosar".

Tinka denunció el seminario, consiguió evitar una vez más al acosador y terminó apoyando a otras víctimas en la denuncia que Ana Vidu y sus compañeros interpusieron en la Fiscalía. Así fue cómo se convirtió en una víctima de segundo orden: aquellas que sufren las consecuencias de defender a las víctimas de acoso. De pronto, se vio expuesta a "un entorno que ha sido muy hostil". Para luchar contra el acoso sexual, señalan los expertos, es necesario actuar contra al acoso de segundo grado, pues ese apoyo es clave para las víctimas directas.

¿Pueden los centros públicos actuar de otra manera? Las universidades españolas han reaccionado a golpe de escándalo. Los casos de Barcelona y Sevilla las han obligado a activar sus unidades de igualdad y protocolos contra el acoso y el abuso sexual.

La mirada está puesta en Estados Unidos, donde llevan décadas luchando. La profesora de Sociología Ruth Milkman fue víctima de acoso sexual en su universidad en los años 70 y terminó liderando un movimiento que, décadas después, ha fructificado en un efectivo sistema antiacoso. "Las universidades suelen estar más preocupadas por su reputación que por proteger a sus estudiantes -sostiene-. Es algo que solo se puede solucionar con movimientos sociales que lo saquen a la luz y con acciones legales a favor de las víctimas".

El objetivo es, como señala Vidu en su tesis doctoral, acabar con la omertá (la mafiosa ley del silencio). "Las relaciones de poder son un elemento clave a la hora de mantener ese silencio. Una estructura de bocas cerradas que no solo tapa el acoso, sino que ataca a quien se atreve a destaparlo, es crucial en la perpetuación de casos de violencia de género en las universidades. Oficialmente, dicen que lo hacen para proteger el prestigio de la universidad; pero, en realidad, lo hacen porque hay algunos rectores, responsables de igualdad y profesores, que han sido cómplices durante años", señala.

Al otro lado del Atlántico, no solo se practica una política de "tolerancia cero", sino que en universidades como Harvard se ofrecen charlas de prevención contra el acoso al comienzo del curso y profesores y alumnos están obligados a denunciar si conocen algún caso.

Claire (nombre ficticio), miembro de una oficina contra el acoso sexual de una universidad norteamericana, explica que todas las denuncias se investigan y son contestadas. "Este año, se ha despedido a tres profesores. Si se consigue probar una denuncia contra un docente, la universidad lo expulsa inmediatamente".

En el caso de España, la lucha es incipiente. La ley de igualdad, creada hace 10 años, obligaba a las universidades a tener unidades de igualdad y contar con un protocolo para responder a estas denuncias. No ha sido suficiente. Como explica Miguel Lorente, que dirige también la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada, "lo primero es ser consciente de que el acoso está sucediendo hoy en todas las universidades. A partir de ahí, tienes que desarrollar cuatro líneas de actuación: prevención, detección, atención a los casos para resolverlos y formación. La universidad no puede formar a médicos, abogados o psicólogos sin que sepan qué es el acoso. En caso contrario, esos profesionales no van a ser capaces de detectar esas situaciones de violencia".

Ana Vidu. Una de las primeras denunciantes. En 2011, junto a otras 13 víctimas de acoso en el ámbito universitario, Vidu denunció al profesor Jesús de Miguel. Las agresiones habían empezado entre 2007 y 2008 por lo que la fiscalía adujo que los posibles delitos habían prescrito.
Ana Vidu. Una de las primeras denunciantes. En 2011, junto a otras 13 víctimas de acoso en el ámbito universitario, Vidu denunció al profesor Jesús de Miguel. Las agresiones habían empezado entre 2007 y 2008 por lo que la fiscalía adujo que los posibles delitos habían prescrito. vicens giménez'

Presión a las instituciones

Los protocolos, sin embargo, han fallado hasta la fecha, por lo que las víctimas y los pocos profesores que las han apoyado explícitamente han tenido que presionar a las instituciones para que tomaran en serio esos delitos. La movilización de los estudiantes contra el acoso sexual fue básica en Estados Unidos hace 40 años, como es fundamental en la España de hoy para que algo cambie.

Las universidades españolas han acabado reaccionando a fuerza de escándalos

En el caso de la Universidad de Granada, se han destapado varios casos de abuso y ha sido necesaria la intervención de las activistas universitarias para que se tomaran en serio. "Las universidades están empezando a actuar, a medida que actúan los movimientos sociales. Le tienen miedo a los estudiantes. Las unidades de igualdad y los protocolos funcionan bien o mal, dependiendo de la persona que esté detrás. Hay unidades de igualdad que funcionan bien por su compromiso, pero otras que tienen al frente a personas serviles a la estructura feudal, cuyo objetivo será siempre proteger solo a la institución y no a las personas", explica Vidu.

Lucía Estevan, activista de la Asamblea Feminista Unitaria de Granada, cree que, por ejemplo, a la Unidad de Igualdad de la universidad granadina "no le falta voluntad. El problema en la universidad es que, aquellos que no tienen visión de género, ofrecen mucha resistencia. El otro problema es que los estatutos no permiten que se expulse al acosador".

La Universidad Complutense de Madrid ha sido una de las primeras universidades que ha retirado a un profesor parcialmente de la docencia mientras se aclara si acosó a varias profesoras de universidades extranjeras que se encontraban de estancia. La Complutense actuó el pasado enero después de recibir una denuncia desde su Unidad de Igualdad, y aplicó su nuevo protocolo de actuación que, al igual que el de Granada, se aprobó a finales del año pasado.

Antes de que esto ocurriera, una veintena de estudiantes, de la Asamblea Feminista, protestaron hace tres años para exigir que se aprobara el protocolo y se pusiera freno al acoso que sufrían por parte de varios profesores. Así, mientras las instituciones toman lentamente cartas en el asunto, son las víctimas organizadas en redes las que empujan a que las universidades cumplan con sus protocolos antiacoso. Que lo que está escrito, no sea papel mojado.


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