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¿Eres una amiga (de verdad)?

La crisis, el desempleo, una enfermedad o las penas de amor de toda la vida... Si una persona muy cercana necesita tu ayuda, ¿estás preparada para dársela?

Dos amigas dando un paseo en bici.
Dos amigas dando un paseo en bici. adobe stock

"Cuando me dejó mi novio por una compañera de la universidad a la que había reencontrado en Facebook, hice lo que hubiera hecho Lena Dunham en Girls: convoqué a mis amigas (y a mi amigo gay) a un gabinete de crisis, nos lo bebimos todo, me hinché a helado y no paré de reír y llorar durante horas. Al día siguiente, tenía resaca y el dramón seguía ahí, pero al menos la primera noche dormí como un angelito", cuenta divertida Marta, recordando aquel episodio tiempo después. Porque, probablemente, se necesita el doble de tiempo que has estado saliendo con una persona para olvidarla. Pero, sin duda, sin la ayuda de los amigos sería mucho más difícil.

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos recurrido a un amigo cuando nos ha rondado un problema. ¿Y quién no ha respondido a la llamada de una íntima que no pasaba por su mejor momento? Un encontronazo con el jefe, sospechas de infidelidad, el hijo díscolo, dificultades económicas, un divorcio, la enfermedad de un familiar, un despido inesperado... Lo primero que solemos hacer ante una adversidad, varias noches de insomnio después, es recurrir a un buen amigo. A veces, ni siquiera hace falta dar la voz de alarma. La cara y la actitud lo dicen todo y los que te quieren bien no suelen tardar en atar cabos.

Compartir experiencias ayuda, pero nunca hay que ponerse en el centro

"Un amigo siempre aportará la seguridad y la tranquilidad de ser escuchado, de ser atendido con cariño y de obtener una respuesta bienintencionada, acorde a nuestro caso y personalidad", explica Héctor Galván, director clínico del Instituto Madrid de Psicología. Para Elena Añíbarro, coach y experta en mindfulness, de Bilbao, se trata de una cuestión de confianza. "Es importante tener una gran intimidad; no todo el mundo entiende que hay situaciones delicadas que son muy personales y que no deben salir de ese ámbito en el que han surgido. Si disfrutas de esa relación, es fácil abrirte y compartir tu situación desde el corazón, exponer tu dolor sin apuros porque sabes que no te van a juzgar. Además, un amigo te puede hacer ver ese problema desde otro punto de vista y aportarte soluciones que no te habías planteado".

En los buenos... y en los malos momentos

Hasta aquí está claro: pedir ayuda es relativamente fácil pero, ¿se puede decir lo mismo cuando se trata de prestarla? "Se presupone que un buen amigo nos escuchará pacientemente, con empatía y nos dará su consejo más cabal, pero esto no siempre sucede. Bien porque él no tenga esas habilidades y no sepa qué hacer o decir, porque el problema también le afecte directamente, por inmadurez, por falta de tiempo, etc. Puede que, en ocasiones, su reacción no sea la esperada y resulte contraproducente", afirma Galván.

Todos conocemos a una pareja de amigos, aparentemente íntimos e incondicionales, que han dejado de serlo cuando la vida les ha puesto en esta tesitura. Por tanto, para estar a la altura de las circunstancias hay un protocolo que siempre deberíamos seguir. En primer lugar, escuchar, escuchar y escuchar. "La persona que pasa por una situación delicada necesita compartirla y requiere una escucha activa en la que el confidente no debe cuestionar lo que le está contando, sino ponerse en sus zapatos, empatizar y acercarse a lo que el otro pueda estar sintiendo", explica Añíbarro. El objetivo es acompañarlo para que le dé al problema la consideración que considere oportuna y encuentre sus propios recursos y soluciones.

Sincericidio no, sinceridad sí

A partir de ahí se admiten consejos, pero los justos y necesarios y siempre con cautela. "Compartir las experiencias parecidas suele ser muy liberador para la persona en apuros", continúa la coach. Pero nunca para acabar erigiéndose en el protagonista de la historia. El centro de atención no eres tú, ¿recuerdas? "Tampoco debemos restar importancia al problema ni, por el contrario, alimentar su discurso negativo, engrandecer sus quejas y acabar dándole más argumentos para verlo todo negro", apunta el psicólogo cuando se refiere a los errores más comunes que cometemos en estos casos. "También nos equivocamos cuando vemos el problema solo desde nuestra perspectiva, sermoneamos, caemos en el reproche o recurrimos a tópicos como "vamos, sé positivo" o "venga, no se acaba el mundo". Nuestro papel es ayudar para que nuestro amigo sea lo suficientemente objetivo como para sopesar con prudencia su situación", mantiene Añíbarro.

"No siempre queremos escuchar la verdad absoluta; por lo tanto, no debemos decirla si no es para aportar valor a la situación -argumenta Galván-. Hay momentos en la vida que sí requieren total sinceridad porque, de no hacerlo, se corre el riesgo de entrar en una espiral de medias verdades y medias mentiras que pueden dañarnos a nosotros y a nuestro amigo". "Sinceridad desde la amabilidad", apunta Añibarro.

En segundo lugar, es fundamental tener paciencia. Mucha gente, ante la adversidad, se sume en el más absoluto silencio, rechaza una y otra vez la ayuda que se le ofrece y nos genera mucha preocupación. En este caso, conviene estar alerta y mostrarse disponible pero no obsesionarse con arrancarle una sonrisa o forzarle a que se desahogue; cada uno tiene su ritmo. Un ejemplo de manual es el que suele producirse tras una ruptura amorosa.

"Yo siempre sigo el mismo patrón: solo quiero estar tirada en el sofá, ver cualquier cosa en la tele que me haga llorar, mirar constantemente el móvil y comer porquerías. Resumiendo, regodearme en mi pequeña desgracia -comenta Pati, recordando sus numerosas crisis sentimentales-. Pero siempre hay una amiga que se empeña en que la acompañe de compras o que vaya a una fiesta de la que estoy deseando largarme. Su intención es buena, pero necesito tiempo para hacerme a la idea y más para superarlo".

El verdadero amigo es el que está contigo cuando querría estar en otra parte

William Doherty, antropólogo y profesor de Ciencias de la Familia en la Universidad de Minnesotta (EE.UU.) cifra en un 74% el porcentaje de adultos que hemos ayudado alguna vez a un amigo en esta situación. Y aporta un consejo fundamental: no generar falsas expectativas. "Es muy habitual decirle que la situación se va a arreglar, que seguro que se trata de algo pasajero... Y esa actitud no ayuda nada". En el extremo opuesto están los amigos que demandan tanta atención, y tan frecuentemente, que con solo ver su nombre en la pantalla del móvil nos entran ganas de salir corriendo. Aquí conviene repetir como un mantra eso de que "el verdadero amigo es el que está a tu lado cuando preferiría estar en otra parte".

Cuando la situación se alarga

Pero si hay problemas que requieren una dosis extra de paciencia son los que se dilatan en el tiempo, como una pérdida o una enfermedad, porque exigen mucho más que buenas palabras. "Cuando me diagnosticaron un cáncer, al principio todo el mundo se volcó conmigo. Pero pasados varios meses, cuando estaba a mitad del tratamiento, eran muy pocos los que seguían visitándome. Lo digo sin acritud, porque sé que es complicado estar pendiente de alguien tanto tiempo. Pero muchas veces te sorprendes, para bien o para mal, de quién permanece a tu lado", cuenta Julia, ya recuperada del trance por el que pasó hace una década.

¿Hombres y mujeres necesitamos el mismo tipo de ayuda? La respuesta es sí, pero con matices. "Es frecuente que las mujeres, que buscan más la intimidad en las relaciones, muestren más su estado emocional y esperen recibir consejos. En cambio, los hombres suelen tener una visión más práctica de la amistad y, para distraerse, ponen más énfasis en compartir actividades y aficiones", explica Héctor Galván.

Si está en el paro... sé práctico

  • En orientacionparaelempleo.com, José Jiménez Alonso, experto en recursos humanos, ofrece algunos consejos para acompañar a los amigos en horas bajas:
  • Sé comprensivo. Comentarios del tipo "No te quejes, tienes dos años de vacaciones pagadas", no sirven.
  • Involúcrate, pero sin excederte. Hacer constantemente preguntas como "¿Qué tal, alguna noticia?" o "¿Has enviado algún currículum hoy?" pueden lograr el efecto contrario.
  • No te desvincules. A veces, para no incomodar, evitamos hablar de nuestros trabajos y logros, y eso puede provocar distanciamiento. Hay que ser natural: tu amigo está en el paro, pero sigue siendo el mismo.
  • No le hagas sentir culpable. No tiene sentido mirar atrás y echarle en cara errores del pasado.
  • Pasa tiempo con él. Dedicamos un 50% de nuestro tiempo al trabajo. Eso significa que su círculo social se ha reducido drásticamente.
  • Anímalo. Que haga ejercicio, que se vea físicamente bien, que se cuide... Le servirá para recuperarse.

También es importante detectar si el problema precisa de algo más que escucha y compañía. Porque lo que empieza como un sentimiento de impotencia puede transformarse en una profunda tristeza y depresión que debe disparar las alarmas. "Cuando hay mucho sufrimiento personal, cuando una situación tóxica afecta a todos los ámbitos de su vida, cuando se desconecta de sí mismo y se está dejando llevar por la presión... Ahí es cuando hay que hacerle ver que debe recurrir a un experto", recuerda Elena Añíbarro. Pero sin soltarle la mano.

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