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El extraño caso de mi mejor amigo analógico... que se terminó convirtiendo en mi enemigo digital

¿Es posible detestar en la vida digital a un gran amigo en el mundo real? A veces la construcción de un personaje en las redes sociales (y su presunta vida) se nos escapa de las manos, devolviendo el reflejo de alguien totalmente insoportable.

Dos amigas con smartphone.
Dos amigas con smartphone. adobe stock

Éramos almas gemelas. Andrés y yo nos conocíamos desde los cinco años. Atravesamos juntos los años inocentes de la infancia y los turbulentos de la adolescencia. Era un amigo discreto, leal, a quien podía contarle absolutamente todo con la confianza de que aquella información -fuera lo que fuera- nunca iba a ser utilizada en mi contra.

Durante casi 15 años, dejamos de vernos; se fue a estudiar fuera e hizo su vida en Estados Unidos, todo ello en aquellos años sin Facebook y con una internet muy precaria que no permitía largas conversaciones por chat. Así que el día que me enteré de que Andrés volvía, divorciado, a la ciudad donde yo vivía, me alegré mucho. No porque se hubiera divorciado -no me malinterpretéis-, sino porque recuperaba a mi alter ego, mi cómplice, alguien que nunca podría sorprenderme.

No tardamos en volver a ser los compinches de siempre y, naturalmente, nos empezamos a seguir en Facebook, en Twitter y en Instagram. Si nuestras vidas analógicas parecían indisolublemente unidas, las digitales no podían ser menos. Pero, ¡ay!, Andrés sí que podía sorprenderme y su Facebook era la prueba definitiva. Al primer vistazo, sospeché que su perfil resumía casi todo lo que detesto en una persona. Y el tiempo solo sirvió para reafirmar mis sospechas. El Andrés sensato de la vida off line era en Facebook un tipo que publicaba sus fotos sacando músculo en el baño del gimnasio. A mí ni se me había ocurrido que Andrés tuviera bíceps y mucho menos que dedicara horas de su vida a tonificarlos con devoción.

Las redes sociales a veces delatan verdades y otras exageran defectos.

A pesar de la sorpresa, me dije que merecía la pena soportar sus dosis diarias de culto al cuerpo porque era un buen amigo. Pero descubrí algo más: seguirlo en Facebook era someterse a un bombardeo constante de lo que él mismo reconocía y etiquetaba como #autobombo. Su carrera profesional, imparable; su existencia, una sucesión de maravillosos acontecimientos que yo, que compartía muchas horas de su vida analógica, ignoraba. Llegué a pensar que se lo inventaba todo, pero me hacía dudar su aclaración final: #geolocalizationtrue [geolocalización verdadera] Su vida transcurría entre sublimes amaneceres, arcoíris en campos de girasoles -a veces, de lavanda-, idílicas puestas de sol y cielos estrellados sin polución. Seguí pensando que se lo inventaba todo o, al menos, que pasaba sus fotos por el filtro Valencia, pero entonces Andrés me sacaba de mi error con otro hashtag: #nofilter.

Razones por las que te pueden odiar en internet

  • Te pasas con el autombombo. Solo publicas para "vender" algo, casi siempre a ti mismo: tu red social es solo un escaparate comercial. Es decir, eres un pesado y un interesado.
  • Compartes demasiado. No hay filtro entre los detalles sórdidos de tu existencia (incluidas los pañales de tu bebé) y tu muro de Facebook. Querida, somos amigas, pero hay detalles que preferimos no conocer.
  • Abrumas con nimiedades. Mandas invitaciones a juegos absurdos y nos etiquetas a todos en cadenas de mensajes interminables. Vamos a bloquearte en 3, 2, 1...
  • Buscas drama a toda costa. "Nadie lo compartirá, pero lo publico para ver con que amigos podría contar si...". Nota: la mayoría te ignorará a ver si les premias con un unfriend.
  • Eres un pelín narcisista. Hay un tsunami en Tailandia y aprovechas para colgar las fotos que te hiciste allí. Umm, ¿quizás no es el mejor momento para recuerdos de vacaciones?
  • Cometes faltas de ortografía. ¿De verdad no te duelen los ojos cuando escribes "La vida no es fásil"? ¿De verdad crees que se puede ejercer la libertad de expresión con esa ortografía?

Semillas de chía vs. fritanga

Su presunta vida perfecta sacaba lo peor de mí. Empecé a poner comentarios sarcásticos en sus publicaciones. Un día, mientras nos zampábamos un menú del día del montón, Andrés publicó la foto de una ensalada de espinacas con semillas de chía. #superhealthy [supersaludable], agregó. La mala persona que habita en mí aprovechó que Andrés iba al baño para subir a su Facebook una foto de su plato de cinta de lomo con patatas fritas. "Lástima que, en realidad, te estés comiendo un menú del día grasiento #8 euros #geolocalizationtrue", agregué. Cuando volvió del baño, ya me había arrepentido de mi temeridad. Por suerte, Andrés -un chico educado, eso sí- no volvió a mirar su teléfono en lo que quedaba de comida. Yo me escapé como pude y... él nunca mencionó el asunto ni contestó a mi sarcástico comentario.

La tensión se instaló entre nosotros. Cada día entraba a su Facebook para comprobar si tenia nuevos motivos para odiarlo y cada día me daba una nueva razón. A estas alturas, ya he aceptado que la vida virtual se ha cargado una amistad analógica y muy real, de más de 20 años. ¿Cómo ha pasado? ¿Cómo es posible odiar la vida digital de un gran amigo en la vida real?

Empecé a indagar y descubrí que una compañera de trabajo tenía un conflicto similar, de pareja para más inri. Después de un año de peregrinar en Tinder, había conocido al que creía el hombre de su vida. Llevaban saliendo un mes cuando se empezaron a seguir en Facebook y, de repente, ella empezó a tener demasiada información. "Las redes sociales son el nuevo "yo y mis circunstancias" -me dijo-; no solo es la persona, son sus selfies, su manera de mirar a la cámara, su compulsión por citar a Paulo Coelho, su matonismo futbolero... Si un chico te gusta, pero odias su comportamiento en las redes sociales, ¿qué haces? ¿Quién es el auténtico, el que tienes delante o el que fanfarronea en Facebook?".

Lo que hace uno en sus redes sociales no es más que una campaña de marketing sobre uno mismo: no es tu vida, es la que te gustaría tener. Pero, ¿importa tanto como para afectar a tus relaciones en la vida real? Mi compañera lo consultó a un terapeuta de pareja: "Estoy saliendo con una persona maravillosa, que es un idiota en su Facebook. Me gusta, pero detesto su personaje virtual", confesó. La terapeuta, una mujer pragmática, le aconsejó que hiciera la vista gorda o que dejara de seguirlo en internet y se limitara a disfrutar de la persona analógica. La última vez que pregunté, seguían enamorados, pero ella había desarrollado la habilidad de no leer sus comentarios en Facebook. De momento, la estrategia funcionaba.

Elias Aboujaoude, psiquiatra de la Universidad de Stanford, fue quien habló por primera vez de la e-personality, el personaje que inventamos para la vida digital, más desinhibido que nuestro yo analógico. Según explicaba este experto en su libro Virtually you. The dangerous powers of the e-personality, el cambio psicológico puede ocurrir de modo automático y sin que nos demos cuenta cada vez que interactuamos en internet con el objetivo, consciente o no, de parecer más atractivos ante nuestra audiencia virtual.

Tú y tu otro yo (virtual)

El problema llega cuando a los amigos reales les cuesta reconocer a ese personaje virtual, que les resulta tan extraño como desagradable. "Conozco muchas historias de gente que se conoce en internet y luego, cuando se ven físicamente, no se soportan. Pero con Sara me pasa lo contrario: la conozco de toda la vida y me resulta insufrible en Instagram". Quien dice esto es Berta (35 años), a quien le cuesta reconocer a su amiga en esa persona vanidosa que le da lecciones de vida y nutrición a través de Instagram.

No es ninguna novedad que los seres humanos tengamos más de una dimensión y nos mostremos diferentes en según qué contextos. La novedad es que, dada la ubicuidad de las redes sociales y de internet, si esas dimensiones están muy desconectadas entre sí no hay manera de disimular. Y, según parece, tampoco hay manera de evitar que estas actitudes influyan en nuestras relaciones en un mundo real donde podemos pasar horas desbarrando de algún conocido por lo que ha dicho o hecho en internet.

Las redes sociales son una sala inmensa llena de espejos distorsionados que nos devuelven imágenes rarunas de nuestros amigos. A veces delatan verdades y otras exageran defectos. Es también un sitio para amar y odiar de un modo intenso, porque suponemos que nuestros exaltados sentimientos casi nunca trascenderán a la vida real. ¿O es que acaso esto también está a punto de cambiar? Hace unas semanas, un usuario de Twitter decía: "Antes, uno podía caerle mal a un número limitado de personas; ahora puedes caerle mal a miles que ni siquiera conoces". Y, visto lo visto, incluso puede pasar que esas personas a quienes caes mal sean tus amigos de toda la vida.

*Artículo originalmente publicado en el número 965 de mujerhoy.


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