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¿Los antibióticos nos engordan?

El ganado aumenta de peso si los toma. ¿Nos sucede lo mismo a nosotros? Esto es lo que dice la ciencia.

Una mujer tomándose un antibiotico
Una mujer tomándose un antibiotico Fotolia

Los ganaderos saben desde hace décadas que los animales engordan cuando toman antibióticos. Pero ¿podrían también favorecer la obesidad en humanos? Para entender las cosas, hay que remontarse a mediados del siglo pasado. En 1948, el bioquímico Thomas H. Jukes se maravilló al ver cómo un nuevo antibiótico, la aureomicina, no solo curaba infecciones bacterianas en el ganado, sino que ayudaba a criar animales más grandes. Tras alimentar a pollitos con comida "enriquecida" con aureomicina, vio que llegaban a pesar el doble que los alimentados del modo habitual. Cuando la gran demanda de aureomicina para fines medicinales en humanos cortó el acceso de Jukes al medicamento, él rebuscó entre los desechos del laboratorio para seguir experimentando con cerdos, ovejas y vacas. ¿Resultado? Todos los animales aumentaron de peso. Un hallazgo enorme en esa época.

Hoy la ciencia ha dado la vuelta a la idea y relaciona exceso de peso con peor salud. "Aumentar el tamaño de la población puede ser más perjudicial que beneficioso", pronosticaba ya en la década de 1950 Alexander Fleming (el científico que descubrió la penicilina), cuando supo que algunos investigadores estaban dando antibióticos a niños para ver si ganaban peso. ¿Engordarían los niños del mismo modo que los animales de granja? Lo hicieron. Los niños tratados con antibióticos ganaron el triple de peso en un año que los no tratados.

Un abuso peligroso

Para entonces, ya había laboratorios que comercializaban el hallazgo. En 1954, Lilly vendía un antibiótico como aditivo para "ayudar a la digestión de los animales". En realidad, dicho fármaco permitía a los granjeros mantener al ganado estabulado, porque además de engordar, los animales que lo consumían podían sobrevivir en condiciones más insalubres y menos naturales. Con el paso de los años, el efecto "obesogénico" de los antibióticos perdió interés. No fue hasta hace una década que renació estimulado por el enorme problema de salud pública que plantea el abuso de estos fármacos. Si, por un lado, ese abuso favorece la aparición de cepas bacterianas resistentes (se calcula que ese abuso provoca unas 25.000 muertes al año en Europa y entre 1.500 y 2.000 en España), cada vez más expertos asocian el problema a la epidemia de obesidad.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, más de la mitad de los adultos y tres de cada 10 niños y adolescentes padecen hoy obesidad o sobrepeso en España. Además de ser el segundo país de la Unión Europea (después de Reino Unido) con mayores tasas de exceso de peso, el Eurobarómetro también indica que España es "el país de la UE donde más crece el empleo de antibióticos y donde hay más desconocimiento sobre su verdadera utilidad". Aunque nadie niega que la dieta actual (rica en calorías y pobre en nutrientes) y un estilo de vida cada vez más sedentario son los grandes culpables de la epidemia de obesidad, nuevos estudios insisten en señalar el papel que tienen los antibióticos en este problema.

Alteración de la flora

Hace unos meses, un estudio publicado en Gastroenterology (revista oficial de la Asociación Norteamericana de Gastroenterología) confirmaba la relación entre el empleo de estos fármacos en niños y su riesgo de obesidad. Aún más: ese peligro aumentaba cuantas más tandas de antibióticos recibía el niño. En concreto, administrar tres o más tratamientos con estos fármacos a un menor antes de que cumpliera los dos años aumentaba significativamente su riesgo de ser obeso en los años siguientes. "Los antibióticos se han utilizado para el engorde de ganado durante décadas y nuestro estudio confirma que pueden tener el mismo efecto en humanos declaran los autores del trabajo. No decimos que no haya que utilizarlos cuando son necesarios. Nuestra intención es animar a médicos y a padres a que se lo piensen dos veces antes de administrárselos a un niño, en ausencia de indicadores que aconsejen esa utilización". Algunas ivestigaciones anteriores ya habían comprobado que estos fármacos producen cambios en la microbiota o flora intestinal, esos millones de bacterias que habitan el intestino y modulan la salud de muchas formas. En concreto, se ha comprobado que la disbiosis (el desequilibrio en la composición de bacterias intestinales) que causan los antibióticos puede aumentar el riesgo de exceso de peso, de diabetes tipo 2 y de enfermedades cardiovasculares, entre otros problemas.

Mapas y escudos

Todos esos datos están animando a los científicos a elaborar "censos de microorganismos intestinales" que permitan identificar, por ejemplo, qué especies bacterianas reducen el riesgo de obesidad o diabetes o protegen frente al cáncer de colon. Incluso se estudia cómo proteger a las bacterias intestinales beneficiosas de la acción de los antibióticos, o cómo reemplazarlas cuando estos las han eliminado. Para prevenir el abuso, expertos de la Universidad de Duke (EE.UU.) están desarrollando un test que, con apenas unas gotas de sangre, permitirá al médico saber si la infección que sufre un paciente es de origen bacteriano (en cuyo caso conviene utilizar antibióticos) o está causada por un virus, que no responden a esos fármacos y, por tanto, hacen el antibiótico inútil e innecesario. Su intención es muy clara: "El test puede ayudar a eliminar esa nefasta tendencia que tenemos de administrar antibióticos "por si acaso", aseguran.

Riesgos reales

Aunque la Unión Europea prohibió hace una década el empleo de antibióticos para el engorde de ganado se siguen empleando "por razones terapéuticas". De hecho, el uso de estos medicamentos en ganadería sigue siendo muy alto en toda Europa. Para evitar que esos fármacos acaben en nuestro plato, se dejan de administrar durante el tiempo suficiente para que el organismo del animal los elimine y, de ese modo, no lleguen a los consumidores, aunque las estadísticas indican que el riesgo de que lo hagan es muy bajo. Lo que sí preocupa de verdad es que las bacterias resistentes a antibióticos pasen de los animales a las personas. Eso puede ocurrir cuando un animal portador de una bacteria resistente se la pasa a un humano a través del consumo de carne cruda o poco cocinada. También podemos encontrar bacterias resistentes en vegetales fertilizados con abono animal portador de las mismas o en el propio terreno, por transmisión animal. Una vez en el organismo, estas bacterias pueden alojarse en el intestino y difundirse entre las personas.