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La clásica ilusión (y decepción) de una Navidad en pareja

Gambas, cuñados y 'Love Actually'... las Navidades del siglo XXI no consiguen desprenderse de algunas de las más imperfectas tradiciones de toda la vida.

Una ilustración de Raquel Córcoles para La Imperfecta.
Una ilustración de Raquel Córcoles para La Imperfecta. raquel Córcoles

1. Las clásicas películas románticas que te intoxican el alma

Las navidades en pareja no son como en 'Love Actually', en eso estamos todas de acuerdo. Pero nos encantaría. Lo que pasa es que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia: para empezar, nadie consigue evitar el control del aeropuerto para dar un apasionado beso navideño. Por conseguir, no conseguimos ni pasar un bote de 105 miligramos de champú al avión.

Tampoco, si intercambias casa con un desconocido, aparecerá Jude Law por la chimenea, como en 'The Holiday', que lleva dando falsas expectativas a las mujeres americanas respecto a los hombres británicos desde 2006. Pero no importa, porque aún siendo conscientes de toda la irrealidad, hay algo en la Navidad que nos activa la feromona romántica que teníamos chamuscada y nos hace sentirnos más cerca de él o de ella. Y todo, a pesar de que no existe nada parecido a ese beso en los primeros segundos del año, con ocho uvas a punto de salirte por la boca a borbotones. Pero en Hollywood venden cuentos de hadas al peso y nos los lanzan en la tele, fomentando la fantasía de Papá Noel y la pareja ideal.

2. La clásica ( y francamente mejorable) decoración

También es culpa de los telefilmes: una se imagina caminando penosamente por la nieve hasta llegar al porche de su casa, una casa con luces en el tejado, chimenea humeante, guirnaldas, enorme mesa con pavo, gelatina de camarones y guarniciones varias. Y con el sheriff del condado tomando manzana recién horneada sobre una vajilla de porcelana.

Pero la realidad es otra. No tengo chimenea ni vajilla de porcelana, únicamente tendría tejado si irrumpiese en el piso de los que viven en el séptimo, y por supuesto, no hay sheriff en mi barrio. Lo que sí tengo es un precioso árbol artificial de 20 centímetros de altura que compré en el bazar chino de mi calle, y varias bolas de purpurina que cuelgan de los pomos de la puerta. Ah, pero eso sí, hay una cosa en la que no nos ganan en la tele: en el portentoso despliegue de papel albal en los belenes. En eso somos primera potencia mundial.

3. El clásico de no ganar ni la pedrea en la lotería... y jugar al niño

El sorteo de la Lotería es una tradición inalterable. Todos tuiteamos chistes sobre el anuncio, pero el día en cuestión dejamos atrás cualquier aproximación irónica, y ahí estamos, frente al televisor o la radio, recitando décimos como niños de San Ildefonso. Comprar lotería en pareja es bonito por los planes que haces en las horas previas: "Si nos toca lo dejamos todo y montamos un chiringuito en Costa Rica", "Compramos un ático, con terraza", "Año sabático. Bueno, un par y ya vamos viendo". Pero pasa la mañana, compruebas tus números en el buscador de la esperanza y sobreviene el vacío. Nada, ni un miserable euro. O, con algo de suerte, un par de reintegros y ya te crees Warren Buffet lanzando billetes desde su yate. Y si has recuperado lo jugado, la jornada termina preguntándole a tu pareja: "El reintegro nos lo jugamos en la del Niño, ¿no?".

4. La clásica cena (o comida, o sobreingesta) navideña sin fin

Durante las fiestas hay momentos en los que dan ganas de acogerse a la "cláusula Macaulay Culkin" y cenar con unos maniquís. Y es que hay mesas navideñas que son más estresantes que un abrefácil. El cuñado diciendo que él conoce una lonja en la que le venden los langostinos a mitad de precio y de mayor calidad que los que hay en la mesa, porque claro, "las grandes marcas son un timo"; los sobrinos y primos pequeños percutiendo cualquier objeto metálico; el "¿me quitas las pepitas de las uvas?"; y la anécdota vergonzosa de turno, delante de tu pareja.

Y si no ha habido ni embarazo, ni boda, el momento va a llegar como una artillería: y para cuando os casáis / tenéis hijos / os compráis la casa. La única salida digna es sonreír y pensar que, aunque sea duro sobrevivir a algunas comidas navideñas con tu familia, has sobrevivido económicamente al resto del año precisamente gracias a ella.

5. La clásica cena con la familia política en la que jamás debes hablar de política

La primera comida navideña en casa de tu familia política es inolvidable. Eres el tema de conversación, el blanco de todas las miradas pero, sobre todo, eres el plato a rellenar. No hay forma de rechazar toda esa comida, al menos cuando la línea de confianza todavía es endeble. Afortunadamente, eso cambia con los años y acabas rechazando comida por pura supervivencia.

Es más, terminas conociendo sus rutinas y manías, esas partes del puzzle que encajan en la personalidad de tu pareja. Y terminas viviendo con naturalidad los comentarios del primo Juan Luis sobre por qué no debes echar gaseosa al vino y el momento del arroz-que-se-pasay- para-cuándo-el-niño. En definitiva, terminas sintiéndote una más. Y, lo peor, es que lo eres.

6. El clásico "¡Año nuevo, resaca vieja!"

Hay pocas cosas que unan más en una relación sentimental que tirar a la basura juntos el primer día del año. Resulta tan reconfortante y familiar como ese caldito que te dejaban tus padres en la cocina con la nota: "Para que asientes el estómago". Una frase que, traducida al español, significa: "Para que se te pase la resaca que, madre mía, cómo huele tu habitación a zorrera". Cuando tienes pareja, el 1 de enero se convierte en un despropósito compartido. Vagabundeáis por las estancias de la casa como protozoos en pijamas, abrís insistentemente la nevera, hacéis el movimiento de traslación cama-sofá (y viceversa), volvéis a abrir la nevera en una deriva etílico-existencial que vaticina lo peor. Pero amor es ese lugar en el que puedes ir vestido como un náufrago y perder la dignidad un 1 de enero. Eso sí, si la vida son dos días, esperemos que –por rentabilidad vital– uno de ellos no sea el primer día del año.

7. El clásico sondeo previo al regalo

Puedes saber cuánto tiempo lleva saliendo una pareja por lo original que es su regalo navideño. Si es una manualidad artesanal, delicada, minuciosa... es que solo llevan ocho meses. Si el regalo es una [inserte aquí cualquier prenda que el otro necesita] llevan ocho años. Es natural: con el paso del tiempo, los regalos se convierten en un quebradero de cabeza que a nadie le apetece porque, entre tanta festividad y celebración, crees haber agotado todas las opciones originales. Como en el bufé del desayuno de un hotel, resulta imposible no repetir. Pero, de verdad, siempre hay algo. Piensa, busca ideas en en foros, recórrete Pinterest, abandona la manida frase "es que tiene de todo". Regalar es un arte. De ti depende que sea un Tiziano o el Ecce Homo de Borja. Además, todo buen regalo tiene su efecto bumerán: en caso de necesidad, siempre se lo puedes terminar echando en cara.

8. La clásica decepción de los Reyes Magos

En un capítulo de 'Friends', los amigos descubren, indignados, que Rachel devuelve todos los regalos que le hacen. Todo por la idea preconcebida de que quien te quiere prefiere, sobre cualquier otra cosa, que conserves su obsequio. Pero es un error. Hay estudios que demuestran que cualquier ser humano prefiere que se cambie su regalo a que coja polvo hasta la eternidad. Porque hay algo peor que devolver un regalo hecho por tu pareja: que unos meses después te pregunte por qué nunca te lo pones. Asumámoslo. No cometas el mismo error que una amiga mía, que conserva un sombrero de pelo, regalo de su novio, que solo podría ponerse si visita Rusia en plena ola de frío ártico. Esa amiga pasa por delante del sombrero-de-pelo-rehén todos los días y a veces escucha cómo este le susurra: "¿Por qué no me cambiaste por un jersey? Si venía con ticket regalo". Larga vida al ticket regalo.

9. El clásico sobrepeso del 7 de enero

Parte médico: las consecuencias de los excesos navideños se traducen en sensación de hinchazón, pesadez por la retención de líquidos, problemas estomacales, apatía o cansancio por las carencias de vitaminas, y arterias por las que pasa cava y turrón en vez de sangre. Y, para más inri, viendo la montaña de tuppers que asoma desde vuestra cocina, no hay expectativas de un mañana más verde. Tú quieres coles, y lo que tienes es colesterol.

Compartir una indigestión navideña es una de las grandes pruebas de fuego sentimentales en la pareja contemporánea: resacas ciclópeas, gases que podrían entrar en un cuadrante de la tabla periódica, tráfico de manzanillas o almagato, como en Breaking Bad. Y en el horizonte, la siempre mentada dieta y matriculación conjunta en el gimnasio. Por favor, Baltasar, ponme un par de sherpas para transitar la cuesta de enero.

10. El clásico momento en el que todo lo anterior cambia

Pero no os agobiéis, llega el día en que todo lo que era para vosotros la Navidad cambia: es el día en que tenéis un hijo. La fiesta se vuelve renovadamente mágica, ilusionante (¡y cara!). Volvéis a decorar la casa como en un telefilme. Planificáis los regalos con más de un mes de antelación. Los Reyes Magos se olvidan un poco de vosotros, pero ya no os importa. La comida de Navidad transcurre pelando langostinos y troceando pollo en la mesa de los niños. ¡Pilas, tenéis que comprar pilas para el tren galáctico! Os convertís en catchers de béisbol alcanzando caramelos en la cabalgata de Reyes (esos pajes lanzan fuerte, cuidado). Domináis el disfraz de pastorcillo que ríete tú de Donatella Versace. Os falta tiempo para ver a todo el mundo (unas cuatro Navidades más, aproximadamente). Pero os basta con ver a vuestro hijo sonreír para que todos los males, agobios y ganas de huir a las Bahamas se os pasen. ¡Feliz Navidad, (nueva) familia!


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