mujerHoy

vivir

Sopa para tres, por Pina Graus

Ilustración de Maite Niebla para Pina Graus.
Ilustración de Maite Niebla para Pina Graus. Maite Niebla

Estoy a punto de empezar a ver mi serie favorita cuando suena el teléfono: es Listilla y parece que no se siente nada bien. Le digo que voy para su casa y contesta: “No tardes. Debe ser malaria o algo peor”, y estornuda. Cojo el abrigo, apago el portátil y me voy. Sepultada por un edredón, Lis musita: “Gracias por venir, estoy en las últimas”.

Le pongo la mano en la frente y dictamino: “Creo que sobrevivirás”. Desaparece de nuevo, gimiendo bajo el edredón: “¿Debería hacer testamento? Si quieres quedarte con Flus...”. El lustroso siamés ronronea ajeno a su futuro cambio de dueña. Preparo una infusión con tomillo, limón y miel, y se la llevo a la moribunda.

Bebe despacio y sigue repartiendo sus bienes. Sonrío y le digo: “Antes de que nos dejes, voy a preparar un sopiponcio”. La sopa antitrancazo lleva cebolla, ajo, guindilla y jengibre. En una cazuela, caliento agua con eucalipto para humidificar el ambiente. Cuando hierve, me paseo con la cazuela como una botafumeira.

“¡Me siento mejor!”, afirma Listilla, y señala el portátil. “Estoy viendo The good place. ¿Un par de capítulos?”. Accedo porque la compañía es tan curativa como el paracetamol. “¿La que trata del más allá?”, pregunto. “Afirmativo”, responde, y expresa otra última voluntad: “¿Podrías encender la chimenea?”.

Dos capítulos más tarde, Lis duerme. Yo me quedo absorta contemplando lo que sucede en el Lado Bueno (llámese cielo), cuando un humillo comienza a filtrarse por debajo de la puerta. Me levanto de un salto, cierro la puerta del cuarto Lis y, entre tinieblas, llego al salón de la chimenea, de donde proviene la espesa humareda. Abro las ventanas, cojo el abrigo y salgo al jardín: las llamas asoman por la chimenea y ascienden hacia el cielo. “¡Maldito hollín!”, murmuro pensando si debo evacuar a Lis o llamar a los bomberos, cuando una furgoneta se para delante de la casa. Es Vladimiro. Le abrazo impulsivamente. “¡Qué alegría! ¡Está ardiendo la chimenea!”.

Sonríe y pregunta: “¿Te alegra que arda la chimenea?”. Le arrastro dentro. Vladi es búlgaro y lleva unos meses en el pueblo. Es un hombre de gran tamaño y mejor corazón. Me tranquiliza: “Chimenea loca, pero solo hollín ardiendo”. Lis asoma en bata y nos mira con estupor. Hago las presentaciones: “Lis este es Ladi, doctor en Filosofía, deshollinador, constructor, fontanero y jardinero”.

Terminamos tomando el sopiponcio los tres y viendo The good place. Al cabo de un rato, la enferma se va a la cama. Vladi, con un ademán, indica la puerta: “Regresa a tu casa, yo vigilo a la fiera”.

Al día siguiente encuentro a mi amiga canturreando en la cocina. “¿Entonces no te vas a morir? ¿Y mi gato?”, pregunto fingiendo disgusto. Responde riendo: “¡No, no! Vladimiro se quedó hasta que el fuego se consumió y al irse dijo: “Chimenea ser como tigre, tratar bien... ¡y vigilar!”. “¿Sabes una cosa? El amor todo lo cura”.

Y además...

-Redondo de ternura

-Amor rural: caléndula officinalis


Horóscopo