Belén deja los papeles de víctima para ser una perversa madre en la versión teatral de “La caída de los dioses”, al tiempo que presenta el último perfume de Loewe, Quizás, Quizás, Quizás Pasión. Una oportunidad para conocer a la mujer que nunca se descubre del todo.

Belén Rueda tiene una clavícula memorable, huesuda, melancólica (sí, como la de Kristin Scott Thomas en “El paciente inglés”), una de esas clavículas perfectas para los jerseys oversize y los recogidos despeinados, donde resbala lo mismo la lana que la viscosa. Es el reverso oscuro de aquella chica hipercinética que adornaba los inicios de Tele 5 al lado de Emilio Aragón.

A sus 46 años ha conseguido una pátina de mujer enigmática (que nunca sonríe del todo) y unas ojeras que al espectador le resultan sexuales, aunque se deban a insomnios maternales o a madrugones por trabajo. Gracias a “El orfanato” y “Los ojos de Julia”, ha acabado por ser la mujer perfecta para el grito ahogado. Pero cuando llega a la entrevista descubro otra de sus vertientes: quiere un té, el surtidor de agua caliente no funciona y lo manipula con destreza hasta que logra lo que quiere.

“Me encantan los martillos. Cuando era pequeña, mis amigas me llamaban McGiver”,
dice. Sin embargo, lo que sostiene entre los dedos no es una herramienta, sino un cigarrillo. Un Vogue extrafino, de humo prácticamente inodoro que resulta el colmo de la sofi sticación. Le pregunto si no quiere dejarlo y me cuenta, algo abochornada, que empezó a fumar con 36 años, por su personaje en la serie “Periodistas”.

Mientras espera su vuelta a la tele con dos series de misterio, el 25 de agosto estrena en Madrid “La caída de los dioses”, versión teatral de la película de Visconti donde interpreta a la baronesa Sophie von Essenbeck, una mujer enamorada de su hijo (y del poder), que encarna la perversión moral de la era hitleriana.

El director es Tomaz Pandur
, que tiene fascinada a la profesión por sus métodos y a la crítica por su lenguaje escénico. Él dice que trabajar con los actores es como hacer un perfume, que para sacar una lágrima hay que exprimir muchos pétalos.

Y de fragancias habla Belén, porque uno de sus últimos trabajos ha sido poner voz a la presentación del nuevo perfume de Loewe, Quizás, Quizás, Quizás Pasión. “Estuve con la persona que lo creó y me fascinó. Es una especie de poeta y un alquimista. Desde que le conocí, el perfume tiene un signifi cado más profundo, tengo la sensación de que me hace especial”.


Mujer hoy. ¿El glamour es una máscara?

Belén Rueda.
No necesariamente. Hay que saber utilizarlo, pero ahora está mal entendido. Lo veo en mis hijas adolescentes, cuando admiran a artistas como Lady Gaga, que cada día sale en con un chuletón diferente. Para mí la moda tiene importancia solo en determinados momentos. Cuando me levanto, me pregunto a dónde voy y, en función de eso, decido qué ponerme.

¿Cómo es su vida cotidiana? Después de dejar la regularidad de una serie de televisión, ¿consiguió encontrar una nueva rutina?


Esa es una buena pregunta. [Suspira] Tenemos una profesión sin espacio para la rutina, aunque yo lo intento. Cuando tienes una película o una obra de teatro, los horarios se alteran y durante cuatro meses estás desaparecida del mundo. Aún así, hago lo posible por estar en casa, porque si no sería una auténtica locura y creo que es muy importante para las mentes que se están formando tener cierta estabilidad, aunque el precio sea que muchas veces mi jornada empiece cuando ellas se acuestan.

Tras actuar en varias ciudades, estrena en Madrid “La caída de los dioses”, con Tomaz Pandur. ¿Qué siente sobre el escenario?


La experiencia con Tomaz ha sido alucinante. Yo le decía: “Por favor, no hagamos la función, vamos a seguir ensayando toda la vida”. Con él tienes la sensación de que el personaje nunca está terminado, pero no porque no esté armado para presentarlo ante el público, sino porque siempre puedes encontrar algo más.

¿No le ha dado vértigo hacer de malvada?


Todos llevamos dentro la semilla del mal. Tenemos un malo, un bueno, un sensible, un feliz o un infeliz, una madre o una no madre... No estamos aquí para juzgar a nuestros personajes, sino para darles una razón de vivir o de morir.

¿Cómo se maneja el tema del incesto en la obra?


El incesto y, sobre todo la relación con el hijo, es muy importante, porque todo lo que sucede en la familia (que es refl ejo de una Alemania en descomposición) se nutre de una relación enferma. Hay relaciones de amor que son insanas porque se llevan hacia un lugar equivocado. A veces, por hiperprotección, se puede llegar a la manipulación extrema de un hijo. Pero nunca puedes dominar el comportamiento de otro, aunque lo hayas parido...

En la vida, ¿qué le irrita?


La injusticia. En lo más pequeño y en lo más grande.

¿Cuándo ha considerado que los demás eran injustos con usted?


En nuestra profesión hay cierta tendencia, y yo lo he vivido, a ponerte una etiqueta. Da la sensación de que la evolución canónica de un actor pasa por teatro, cine y tele. Como yo lo he hecho al revés, a veces me he encontrado con prejuicios, pero los he combatido con trabajo.

Sus hijas son adolescentes. ¿Qué es lo que más le preocupa sobre su educación?


Intentamos inculcarles valores, porque creo que hay cierta tendencia a basarlo todo en el triunfo, y el triunfo al fi nal es vacío y solitario. El triunfo es maravilloso si va poco a poco, pero parece que ahora es igual a éxito rápido y a mí eso me parece hueco. El triunfo es que puedas compaginar lo que profesionalmente deseas con una vida emocionalmente equilibrada, pero el éxito rápido exige una dedicación absoluta a la profesión, dejando de lado las emociones.

¿De verdad cree que el éxito es vacío y solitario?


Es que las palabras tienen un signifi cado completamente distinto según la edad. Para los niños, el éxito solo vale si es instantáneo y siempre he dicho que el éxito es como un sarampión, que puede dejar marcas o no. Cuando estás inmersa en la presentación de una película parece que no te va a faltar trabajo nunca, pero cuando pasan los fuegos artifi ciales, te das cuenta de la vulnerabilidad. Me refi ero a esa soledad que sientes cuando te das cuenta de que te tratan de una manera que no es real.

¿Le molesta que en las entrevistas hablen siempre de su edad?

No, me parece que a esta edad te siguen pasando cosas muy interesantes y me siento muy orgullosa de seguir trabajando.

¿A la gente madura le pasan cosas más serias que a los jóvenes?


Sí y no. Con mis hijas, intento no quitarle importancia a lo que están viviendo. A veces, tienes poco tiempo y piensas “vaya tontería” pero, para ellos, es su mundo, son sus problemas...

Usted se casó con un italiano a los 21 años.

[Risas] No, con 20. Si mi hija me dice que se casa, la ato a la pata de la cama. Pero mi madre dice que a mí no había quien me atara... Es curioso, porque yo no tenía esa sensación. Siempre les digo a mis hijas: “Sois únicas”, porque cuando tus padres son conocidos es difícil que no te comparen.

Tal vez antes no había más remedio que hacerse mayor y ahora la adolescencia se eterniza...


No te creas, que ahora con 13 años saben latín.

Hay una mezcla rara, porque saben mucho, pero también necesitan mucho y esperan que se lo proporcionen los padres.


¿Necesitan mucho o nosotros nos preocupamos mucho? Es que antes, con nuestros padres, crecíamos por una cuestión de supervivencia pura, y ahora a la mínima estamos sentados en la mesa para ver qué les pasa y discutir sus problemas.

Tomaz Pandur dice que el espejo es el objeto más mágico de todos los tiempos. Cuándo se mira al espejo, ¿qué ve?


Es curioso. Tengo un espejo en mi baño y cada vez que estoy delante me veo sin verme, incluso cuando me maquillo no me estoy mirando. Eso a nivel físico. Luego la gente te dice: “Parece que el tiempo no ha pasado por ti”, pero en el espejo del alma lo sientes, y sabes que ya no eres la misma.