Se lo había dicho la doncella. Se lo había confirmado el doctor. Pero, aun así, el abogado Francis Blandy quería conocer la verdad de primera mano. Llamó a su hija a su lecho de muerte y se lo preguntó. Y Mary negó que hubiera envenenado a su padre. Aunque ya era tarde. Sobraban las pruebas y fue sentenciada a morir en la horca. El 6 de abril de 1752, a los 32 años, subía los peldaños del patíbulo.

El amor sin medida, combinado con el arsénico, fueron los responsables de su perdición. El principio del fin fue conocer a William Crounstoun y enamorarse de él. Sus padres aceptaron de buen grado el casamiento. Estaba emparentado con la aristocracia escocesa, y era –o al menos, eso parecía– un buen partido. Sin embargo, no era nada de eso. El tío de William, enterado de su compromiso, se puso en contacto con Francis Blandy para decirle que su sobrino no se podía casar por una sencilla razón: ya estaba casado. Entonces, el padre de Mary decidió arrancar de raíz los sentimientos de su hija.

William intermedió y puso en manos de su amada un “filtro de amor”, que supuestamente iba a lograr el beneplácito del afrentado progenitor, y que resultó ser un potente veneno: arsénico. La prisa que se dio Mary Blandy en hacer desaparecer los polvos blancos la delató. El proceso de agonía de su padre se alargó durante unas 13 horas. Pero el jurado sólo necesitó cinco minutos para emitir su veredicto: condena a muerte.

FICHA POLICIAL

Nombre: Mary Blandy.
Lugar de los hechos: Gran Bretaña.
Año del crimen: 1751.
Delito: Matar a su padre.
Móvil: Su progenitor se había opuesto a su amor con William Crounstoun.
Modus operandi: Envenenamiento con arsénico.
Sentencia: Horca.
Curiosidades: William le envió a Mary una caja con ágatas y una bolsa llena de polvos blancos en la que podía leerse: “Polvos para limpiar ágatas”. Ahí estaba el arsénico.