Ella era una chica normal de Manchester. Trabajaba de niñera y se había convertido al catolicismo. Él, en cambio, era firme seguidor de Hitler y del marqués de Sade. ¿Qué pudo ver en él? Los maquiavélicos gustos de Ian no tardaron en hacer acto de presencia. Sus relaciones sexuales desembocaron en el sadomasoquismo. Myra se dejó llevar. Se tiñó de rubio y se compró unas botas de tacón, tal y como requería su papel. La puesta en escena exigía también odiar a los niños, la religión, las reuniones sociales y el matrimonio. Y así lo hizo.

Pero llegaron demasiado lejos: mataron a cinco niños. Ian reconoció los crímenes y exculpó a su compañera. Pero ella se dio cuenta de la influencia que había ejercido sobre ella y descargó su odio contra él. Él, al sentirse traicionado, contó cómo había sido su participación en los crímenes y no se dejó nada en el tintero. La sentencia fue la misma para los dos: cadena perpetua. A Ian se le diagnosticó esquizofrenia paranoica y se le recluyó en una penitenciaría psiquiátrica. Myra no pudo agarrarse a ese clavo ardiendo. No padecía enfermedad mental alguna. En una carta que publicó el diario “The Guardian” en 1995, entonaba el mea culpa: “Yo conocía la diferencia entre el bien y el mal, y me preocupaba por ello, aunque encerré esos sentimientos. Aparté mis creencias para identificarme completamente con un hombre que se había convertido en mi dios, a quien temía y adoraba al mismo tiempo”. Murió en 2002, tras pasar 36 años entre rejas.

FICHA POLICIAL

Nombre: Myra Hindley y Ian Brady.
Lugar de los hechos: Manchester, (Inglaterra).
Año del crimen: 1963-1965.
Delito: Cinco asesinatos.
Móvil: Pasión enfermiza por su pareja.
Modus operandi: Abusos sexuales, torturas, estrangulamiento y golpes de hacha. Sentencia: Cadena perpetua para ella (que murió en 2002). Psiquiátrico penitenciario para él.
Curiosidades: Myra estudió Humanidades mientras permaneció en prisión.