Pocas películas se han quedado grabadas en el imaginario colectivo como “Perdición” (1944). Este honor se debe a la “femme fatale” de la cinta, Barbara Stanwyck, o lo que es lo mismo, la pérfida Phyllis Dietrichson, el paradigma de la mujer manipuladora, capaz de mover a los hombres a su antojo gracias a su atractivo sexual y a su poderosa personalidad, siempre al borde de la traición. Detrás de las cámaras, un equipo único: su director, el maestro de la comedia Billy Wilder, y el “rey” de la novela negra, Raymond Chandler. Todos se confabularon para poner en pie otra novela de James M. Cain, donde un vendedor de seguros se enamora de la esposa de un cliente y ambos planean eliminar al marido y quedarse con el dinero de la póliza. No hay sorpresas. Se sabe quiénes son los culpables. La cuestión es cuándo van a ser desenmascarados, lo que Chandler llamaba “la cacería”. El filme fue todo un éxito. Hitchcock envió un telegrama a Wilder: “Desde “Perdición”, las dos palabras más importantes del cine son Billy Wilder”.