Dos periodistas de Mujer hoy han vivido en Tokio el mayor terremoto de la historia de aquel país. Éste es el relato de cuatro días llenos de angustia, pánico y solidaridad.

Poco antes de las tres de la tarde en la planta 34 de un céntrico hotel con vistas a la bahía de Tokio. Hemos viajado a Japón para hacer dos reportajes sobre la cultura japonesa para Mujer hoy. Estamos terminando de organizar el equipo fotográfico cuando el suelo comienza a moverse y los cristales y las paredes, a vibrar. Javier, sentado junto a la cristalera, se da la vuelta y exclama: “¿Estás sintiendo esto? ¡Parece un terremoto!”. No nos lo podemos creer.

Un altavoz vomita extrañas palabras con tono de alarma que se convierten en inglés y anuncian: “Esto es un terremoto, salgan de los ascensores y quédense quietos”. ¿Quietos? Pero si esto no deja de zarandearse. Primero de abajo arriba y luego de derecha a izquierda. Salimos al pasillo con el corazón encogido, rezando porque aquello sea normal. El espectáculo de las limpiadoras llorando bajo una de las vigas nos hace temer lo peor. “Si los japoneses están así... Esto no pinta muy bien”, pensamos. Nadie mueve ni un músculo, solo una de ellas se pone de rodillas. Me agarro al marco de la puerta e intento recordar si sé algo sobre terremotos.

“¿Había que salir fuera, quedarse dentro, ponerse bajo una viga?”. Los pensamientos se aceleran al ritmo de los temblores, el edificio se bambolea cada vez más. Entonces llega la calma, la oscilación aminora. Por una puerta entreabierta se oye la televisión, que no ha perdido la señal. Muestra el mapa de Japón y el impacto del seísmo con un alarmante aviso: “Viene un tsumami. Todo el que esté en la costa, diríjase tierra adentro a toda velocidad”.

Una mujer grita: “¡Fuego en el edificio de enfrente!”. Una columna de humo se eleva frente a la cristalera. Inmediatamente aparece una persona de seguridad y nos insta a bajar al hall de la planta 28. ¡Nunca he bajado tan deprisa unas escaleras! “Puede haber otra réplica”, afirma ella nerviosa. Caras de pánico. En el hall, el panorama asusta. Los huéspedes están tirados en el suelo junto a elegantes ejecutivos japoneses y parte del personal del hotel. En pie está el jefe de seguridad, megáfono en mano, pidiendo calma y que estemos atentos al fuego.

Calma tensa, bamboleo suave. Se confirma: el edificio parece no tener daños. Comienza otra vez el movimiento. ¿Esto no había acabado? La réplica es mayor que el terremoto anterior. Las ventanas metálicas golpean contra los cristales, las lámparas bailan y los japoneses tienen cara de pánico. Frente a nosotros, un hombre de rodillas esconde la cara junto a su teléfono y varios extranjeros rompen a llorar. Al fondo, ruido de cristales que estallan y un grito. En los restaurantes, todo el mundo está bajo las mesas. En el hall, los encargados intentan aparentar calma, pero las caras les delatan. Es un minuto eterno. Parece que el edificio no puede aguantar tanto, pero lo hace, como si fuera gelatina. Seguimos grabando la escena. ¿Qué otra cosa puedes hacer?

Tiemblas tanto que no sabes si las imágenes se verán.
El minuto de horror llega al final. Más fuego en los edificios cercanos, pero no aquí. Parece que todo a pasado, pero falta el tsunami. ¿Tsunami? ¿Quién quiso una habitación mirando a la bahía? Todas las miradas se fijan en la gigante cristalera que cubre el hall. “¡Fuera de las ventanas!”, grita el jefe de seguridad. Esperamos. Esperamos. La espera más larga del mundo. Alguien habla de un terremoto de 8,9 grados. ¿Eso no lo destruye todo? “En cualquier sitio del planeta sí, pero en Tokio estamos preparados”, dicen. Ya lo veo, ya. Parece una pesadilla. ¡Y no ha dejado de sonar el hilo musical! ¡Terremoto de 8,9 con música! el tsunami. El mar está sereno, pero desde la televisión no paran de avisar del tsunami.

Algunos clientes quieren escapar, pero les gritan que fuera no tienen ninguna posibilidad si el tsunami es fuerte. Y es cierto, pero qué miedo da no poder moverse y solo esperar. Tímidamente, nos asomamos a la bahía. El mar empieza a retirarse, parece que una inmensa marea lo chupa hacia dentro. ¡Ya viene! Pero alguien dice que solo será de un metro. ¡Respiramos! Una pequeña ola baña la costa, mientras a unos kilómetros un tsunami de más de 10 metros lo arrasa todo, dejando un terrible balance de muertos.

Esa noche, poco a poco, llega la calma a Tokio. Todos mantienen una serenidad pasmosa que para un europeo llega a ser delirante. Recogen los desperfectos y apenas comentan el suceso. Es de locos, parece que no ha pasado nada. El teléfono no funciona. Líneas cortadas, trenes paralizados, carreteras bloqueadas y hasta han cerrado el aeropuerto. Pero hay internet.

España despierta y los mensajes llenan el correo y las redes sociales. La noticia se extiende como la pólvora. Escenas escalofriantes en internet muestran el impacto en el norte. Pero Tokio parece no haber sufrido el mismo terremoto. ¡Hasta en el hotel empiezan a dar cenas! Desde España, televisiones y radios quieren hablar con alguien. Aturdidos, contestamos preguntas e intentamos montar un vídeo con las imágenes. Son casi las cuatro de la mañana e intentamos dormir, pero otra enorme sacudida nos pone media hora después en el pasillo.

Las alarmas comienzan a sonar de nuevo y la mente se derrumba. Afortunadamente, la réplica ha sido suave: 6,4. Decidimos dormir vestidos, si a esto se le puede llamar dormir. Al amanecer, bajamos al hall. Está repleto de gente que ha pasado la noche en los sillones para no estar solos. de vuelta al trabajo. En la calle esperamos un panorama desolado. Pero nada, ni una bombilla rota. Vamos a otro barrio, parece irreal. Nada roto. Hasta que bajamos al metro: los daños han cortado numerosas líneas, pero ya funcionan las del centro.

Los paneles anuncian cortes por terremoto, la gente lleva casco y las aglomeraciones en los pocos vagones que funcionan son claustrofóbicas. Tanto que, unidas a las réplicas constantes, dan miedo. Queremos recoger testimonios de la gente, sus sensaciones, sus miedos. Todos han ido religiosamente al trabajo; no podemos creer que no tengan miedo. “Creía que iba a morir, pero mi compañero seguía tecleando en el ordenador mientras el suelo se movía”, afirma Yumiko.

Una empleada de hotel relata: “Estaba en el restaurante cuando las lámparas empezaron a caer. Nunca había vivido nada semejante. El jefe ordenó a todos que se metieran bajo las mesas. Intentamos seguirles pero las sacudidas aumentaron y solo pudimos tirarnos al suelo”.

La camarera de un local nos cuenta: “Tenía una bandeja de copas en la mano y comenzaron a chocar. Al principio me pareció curioso, pero vi que aumentaba. El chef gritó para que apagaran los fogones. Luego nos arrojamos al suelo bajo los muebles y todo comenzó a caer. En la segunda sacudida estábamos en la sala del personal. La gente empezó a llorar. Estábamos en la planta 30 y no sabíamos si el edificio aguantaría”.

Mientras, llegan las primeras noticias sobre el peligro nuclear: los reactores de la central de Fukushima fallan uno tras otro. El Gobierno dice que todo está bajo control, pero desde las televisiones de medio mundo se lanzan avisos alarmantes. adiós con angustia. Los extranjeros comienzan a evacuar la ciudad. Llegar al aeropuerto es una odisea: el taxi tiene que sortear autopistas cortadas y el caos provocado por los cortes eléctricos y la falta de transporte.

Mientras en Fukishima tratan de sofocar el fuego en el tercer reactor, anuncian nuestro embarque. La angustia y la ansiedad nos invaden. Queremos salir ya. Las noticias son confusas y queda una hora para subir al avión. Es el último vuelo del día hacia cualquier destino y no querríamos que lo anularan... El tiempo se hace eterno pegados a una televisión. A mi lado, un japonés mayor dobla un papel en mil partes y, con habilidad pasmosa, hace una pajarita. ¡Hasta mueve las alas! Me la regala. Parece un buen presagio.

Si un pueblo puede estar preparado para algo así es el japonés.
Son admirables su entereza, su apoyo y su unidad. El planeta entero les admira por su fortaleza y les apoya en estos días difíciles. 22:00 h. El avión se eleva por encima de la isla. Una mezcla de angustia, remordimiento y tristeza se mezcla en el estómago al sobrevolar las zonas afectadas. Nosotros nos marchamos, ellos se quedan. Mil horas después aterrizamos en París. Uno de los españoles que viaja en el vuelo se conecta internet: “Hay fuego en el cuarto reactor, las radiaciones se extienden. ¡Hemos estado cerca!”. Todos comenzamos a temblar una vez más.