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Foto: "¿Qué es un superman?", me pregunta mi amiga, y ella misma responde: “Es un hombre guapetón, cachitas, defensor de la ...

Descubre el timo de la superwoman

  • En “El timo de la superwoman”, Esther Casademont, psicóloga y experta en recursos humanos, y Mar Galtés, periodista, analizan cómo vencerlas.

"¿Qué es un superman?", me pregunta mi amiga, y ella misma responde: “Es un hombre guapetón, cachitas, defensor de la justicia, que no se despeina ni cuando lucha contra la muerte. Es un personaje de ficción”. ¿Y su versión femenina? “Una superwoman es una mula multitarea y sin superpoderes, es una loca estresada y despeinada, que llega a todo como puede, intentando no perder la dignidad y coleccionando manchas de dedos al chocolate en la falda que sólo puede lavarse en la tintorería. Un ser imperfecto, pero real”. Como todas.

Las universidades están llenas de mujeres, las empresas tienen a muchas mujeres en puestos de mando intermedios. Pero, ¿dónde están éstas mujeres? Están trabajando. Sin embargo, la mayoría se quedan ahí, en la segunda línea de visibilidad, trabajando y haciendo malabarismos con su agenda, sus familias, su casa, sus amigos, sus jefes, sus equipos, sus escapes. Porque con tanto malabarismo, a pocas les queda el tiempo o las fuerzas suficientes para aspirar al reconocimiento, y mucho menos al lucimiento, que tanto esfuerzo merece. Muchas están atrapadas en un nicho maldito, entre un suelo pegajoso, que es la base de la pirámide salarial, y un techo de cristal que les impide llegar a los puestos más altos: allí están la mayoría de las mujeres. Esta asfixia causa el abandono de la carrera profesional de muchas de ellas. “Total, por este salario... Total, si no puedo progresar, me quedo cuidando de los hijos…”, dicen, y cuelgan los “hábitos” laborales. Igual que la kriptonita “desactivaba” los poderes de Superman, muchas mujeres se enfrentan a obstáculos que frenan su carrera laboral. Son éstos:

El techo de cristal. Impide a las mujeres alcanzar las metas profesionales para las que están sobradamente preparadas. Esa “mortalidad laboral” de quienes que no llegan a puestos superiores y directivos se explica por las características masculinas de la cultura del trabajo y de la disposición del tiempo (ilimitado…). Ellos dominan las redes de poder, las grandes decisiones, y no puede ignorarse el funcionamiento oculto por esa complicidad, la del corporativismo de género: una mujer es aún una intrusa en muchos círculos de hombres poderosos.

El suelo pegajoso. Mantiene a tantas mujeres atrapadas en la base de la pirámide económica, porque todavía, aunque sea desde el inconsciente, se considera que el trabajo de la mujer es sólo complementario al del hombre, y por lo tanto más prescindible. Y seguramente por eso se ha venido aceptando que ellas ganen menos (en España, la brecha salarial todavía ronda por encima del 25%) y que se concentren en determinados trabajos muchas veces menos cualificados.

El mito del salario. El trabajo es más que un salario y mucho más que una fuente de ingresos. Porque el empleo es un ámbito de la vida que contribuye a favorecer la autonomía personal, desarrollar capacidades y facilitar relaciones. El empleo es fuente de identidad y de reconocimiento ajeno y es un cauce muy importante de integración social, según explica Maravillas Rojo, secretaria general de Empleo del Ministerio de Trabajo.

La maternidad. El 76% de las trabajadoras españolas reconocen que ser madre es un obstáculo para su carrera profesional, según estudio publicado por el CSIC el pasado mes de diciembre.

La “conciliación”. Porque debería ser para todos, no sólo para las mujeres. La igualdad de oportunidades profesionales y la conciliación no son problemas exclusivamente femeninos, sino que sólo tienen sentido si se contemplan desde un punto de vista del conjunto de la sociedad. Si las mujeres han dado un paso adelante en el mundo laboral, son ahora los hombres quienes tienen que darlo adelante en el mundo doméstico y familiar. Eso es, todos hacia adelante, no hay que confundirse: ¡no vale dar un paso atrás!

La conciliación es un término casi siempre asociado al tiempo que necesitan las mujeres para cuidar de sus hijos: es decir, estamos reproduciendo el esquema de que es la mujer la que debe asumir las tareas de cuidado de la familia. Casi siempre es ella la que tiene que frenar, o dar un paso atrás en su carrera, para conciliar con sus hijos, o más adelante, para cuidar de sus padres. Es verdad que todavía muchas sufren discriminación salarial: cobran menos que los hombres en puestos similares. Además, la presencia de mujeres en las posiciones mejor retribuidas es todavía escasa. Por eso se justificaba que fueran ellas las que sacrificaran su aportación a la economía doméstica para dedicarse a cuidar de la familia. Pero cada vez más mujeres sacan adelante su carrera profesional, pero no quieren renunciar a su vida personal. Nos venden la reducción de jornada como un gran logro de la conciliación, pero nos la venden a las madres. Y entonces deberíamos plantearnos: ¿y los padres? Porque, ¿de quién son los hijos, sólo de las madres?

La presión social exige a los hombres que tengan éxito profesional y a las mujeres, que protejan la unidad familiar. Pero “no pasa nada” si un hombre no “concilia” y está socialmente aceptado que una mujer no trabaje fuera del hogar. En cambio, un hombre que se ocupa mucho de su casa es un “marujito” (y su esposa, una afortunada); y una mujer poco apegada al ámbito doméstico puede pasar por una “fresca” (y su marido, un calzonazos). Han cambiado las reglas, pero queda mucho por avanzar en el día a día de las familias, de las empresas, incluso en el lenguaje: por ejemplo, ¿por qué en casa ellas hacen y ellos ayudan, colaboran?

Los hombres han renunciado históricamente a las labores de cuidado de la familia, a “hacer de padres” (aunque leído así suene muy fuerte). Las mujeres no debemos cometer el mismo error: asumir que sólo nosotras conciliemos es dar la razón a esos que piensan que, en determinadas circunstancias familiares, vamos a estar menos dispuestas a entregarnos al trabajo. Conciliar tiene que ser tiempo de padres y de madres para cuidar a los hijos. Conciliar es repartir responsabilidades. Pero conciliar tiene que ser mucho más: tiempo para equilibrar la vida profesional con la personal. Y en la vida personal, cada persona, hombre o mujer, con o sin hijos, debe poder disponer de sus espacios para lo que considera importante o lo que le satisface en la vida.

13 historias con moraleja

Mar Galtés y Esther Casademont han hablado con mujeres de diferentes ámbitos para escribir “El timo de la superwoman”. Han querido destilar, con sentido del humor, las experiencias reales que les rodean, así como conocer las experiencias de un grupo de mujeres con carreras profesionales de éxito. Ellas han contado sus experiencias, sus dificultades, sus renuncias, sus éxitos personales y profesionales. Y han reforzado la idea de que si la conciliación fuera cosa de todos, la superwoman ya no sería un timo.

Rosa Clarà, empresaria de moda de novias. “Nunca me he masculinizado. En una negociación es normal que los hombres busquen una protección natural hacia la mujer, y te dejas querer. Pero siempre me he hecho respetar. A mí lo que me ha llevado al éxito es luchar: cuando otro tira la toalla, yo sigo”.

Ana Ribalta, directora de banca de inversión e inmobiliaria del Banc Sabadell. Tenía una reunión con un cliente importante. Cuando el cliente llegó, la miró, y le dijo al ayudante de ella: “Qué secretaria más mona tienes”.

Rosa Cullell, directora general de la Corporación Catalana de TV. “Hace años, yo también convocaba reuniones a las 20.00 h. Pero después te das cuenta de que puedes ponerlas en horario razonable. Uno de mis compañeros solía repetir: “Un directivo es un directivo”. Y yo he tenido discusiones por este concepto: un directivo es lo que nosotros queramos que sea”.

Laura González Molero, presidenta de Merck España. En una ocasión, perdió un puesto al que optaba. Años después, el presidente le reconoció: “Sólo he trabajado con hombres o secretarias, y aunque tú dabas el perfil, no te fiché porque no sabía si yo sería capaz de trabajar contigo”.

Cristina Marsal, banquera. “Yo he trabajado muchos años desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, he pasado etapas en las que sólo vivía para el trabajo. Y pocos hombres tienen interés en una pareja así”.

Carme Ruscalleda, cocinera con tres estrellas Michelin. “¿Me harán descuento por ser mujer? ¿Pagaré menos a Hacienda? La vida te trata igual, ¡tú debes poner los mismos medios! Tú eres la primera que tienes que creértelo. Si tú te lo crees, entonces puedes convencer a los demás”.

Sol Jorge, directora general de USP Hospitales. “De tanto estrés, un día estallé: eso te hace pensar que no hay que ir al 180%. Y con esa crisis aprendí a desconectar”.

Mercedes de Pablo, directora general de Port Aventura. “He tenido suerte. A día de hoy no he tenido que reunciar a nada que haya valorado como importante”.

Clara Menéndez, coordinadora en el Centro de Investigación en Salud Internacional que dirige su marido, Pedro Alonso. Ha aprendido que cuando los dos miembros de una pareja trabajan en el mismo sector, “a la mujer le cuesta más definir su línea, que no sea sólo un satélite”.

Bettina Farreras, consejera delegada de Bassat Ogilvy. “La sociedad no está preparada para admitir el éxito de la mujer”.

Anna Tarrés, entrenadora del equipo de natación sincronizada. Se considera una madre diferente. Dice que “no sufre” y comparte responsabilidades con su marido.

Gloria Bosch, directora general de Mattel España. “A veces, no es la empresa la que pone trabas, sino que somos las mujeres las que no nos creemos que podamos salir adelante”.

Sita Murt, diseñadora. Se quedó viuda con cuatro hijos y heredó una fábrica con 90 empleados: “He llorado mucho, pensando que no íbamos a salir adelante. Incluso había quien decía: “Claro, como es la nuera del dueño…”.