Vayan al cine, por Julia Navarro

ME ENCANTA EL CINE y raro es que durante el fin de semana no encuentre un par de horas para escaparme a ver una película. Creo que mi pasión es compartida con una inmensa mayoría, por eso no comprendo que los cines estén cada día más vacíos y les confieso que me cuesta acostumbrarme a estar en una sala con no más de una docena de personas.

Ya sé que hoy en día hay otras maneras de ver cine que no pasan por salir de casa, pero a mí me parece que no es lo mismo –por muy estupendas que sean esas pantallas que ahora venden para ver el cine sin moverse del sillón del cuarto de estar–. Una película en “pantalla grande” tiene otra dimensión, otro sabor, aunque últimamente las pantallas ya no sean tan grandes.

EL CASO ES QUE
, como la gente no va al cine, las películas aguantan poco en la cartelera –a no ser que sean un exitazo desde el primer día– y resulta imposible encontrar en la pantalla grande los títulos que se han exhibido menos de dos semanas. Cuando eso ocurre, no hay más remedio que esperar a que salgan en DVD y no, no es lo mismo, porque ir al cine es algo más que ver una película. He lamentado en otras ocasiones el hecho de que estemos construyendo una sociedad virtual donde todo esté pensado para el sedentarismo y para no salir nunca de casa.

IR AL CINE
supone tomarte un café antes de entrar, hablar con la taquillera, intercambiar una sonrisa con el acomodador, escuchar retazos de la conversación de quien se sienta a tu lado, disfrutar del instante en que se apaga la luz y comienza ese ejercicio de magia que es el cine. En definitiva, ir al cine supone tomar contacto con otras realidades y, sobre todo, rozarte con otros seres humanos.

A mí me parece muy triste el modelo que nos proponen de “hágalo todo en casa”: “No salga ni al cine, ni a la compra, ni a un concierto, ni a trabajar –nos dicen–, porque todo se puede hacer desde una habitación de la propia casa”. Y es cierto que hacerlo todo desde casa puede ser muy cómodo –e incluso obligado para algunas personas, como los enfermos–, pero si a uno no le pasa nada no veo la razón para no salir a la calle.

AHORA MISMO TENGO EN LAS MANOS
un libro estupendo que me ha enviado Víctor Arribas, que es un cinéfilo de pro. Víctor ha escrito un libro que se llama “Cine negro”, no hace falta que les diga de qué va, ya se imaginan que hace un recorrido por esas maravillosas películas que se han convertido en un clásico, desde “El halcón maltes” –con un espléndido Bogart– a “Historia de un detective”–con Dick Powell, Claire Trevor y Anne Shirley–, o la inolvidable “Gilda”–con la sin igual Rita Hayworth y Glenn Ford–, pasando por “Enemigo público”, ”La fuerza del destino”, “Al rojo vivo”, “La sombra de una duda”, etc. Películas todas ellas que ya están escritas con letras mayúsculas en la historia del cine y que, naturalmente, muchos tenemos en DVD en casa, pero convendrán conmigo que no se llora igual viendo “Casablanca” en pantalla grande que en la de la televisión. Ojeando el libro de Víctor Arribas, me he trasladado a las tardes de mi infancia y adolescencia, cuando los sábados iba a la sesión doble de un cine cercano a mi casa.

P. D.: Aún me duele alguna tarde de sábado en que tuve que quedarme en casa porque estaba castigada. Prohibirme ir al cine era lo peor. Así que les recomiendo que vayan al cine, que se dejen envolver por el mundo de los sueños que tiene lugar cuando se apaga la luz y se enciende la pantalla.

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