Cuatro años sin Madeleine. Retrato íntimo de una ausencia

  • Su nombre se ha desvanecido de los titulares, pero su imagen infantil (la niña icónica del cartel de “se busca”) nos sigue interrogando con los mismos ojos asustados y la inocencia intacta. ¿Qué ocurrió aquella noche? ¿Dónde está Madeleine y quién lo sabe? Son dos preguntas (las más importantes) de una historia que continúa abierta gracias a la tenacidad de los padres, Kate y Gerry McCann, que en estos cuatro años de ausencia han continuado la investigación con la ayuda de detectives privados.



El último paso de los McCann ha sido la publicación de un libro, donde la madre relata paso a paso todo lo que ocurrió tras el fatídico 3 de mayo de 2007. Es un relato minucioso, plagado de detalles íntimos, para el que Kate ha utilizado los cuadernos que empezó a escribir tras el suceso. Aquellos diarios se convirtieron en un espacio en blanco para confesar los miedos, la tristeza y la angustia de una madre paralizada por la desesperación y la culpa.

¿Y por qué sentía culpa Kate McCann? Sobre todo, por no haber sido capaz de cuidar y proteger a su hija ante un mal tan siniestro como inesperado. Culpa por toda esa suma de pequeños gestos irreversibles que posibilitaron la tragedia. Culpa por estar cenando con unos amigos a 70 metros de distancia cuando su hija de tres años se evaporó de la faz de la tierra. Culpa por sonreír o por sentir... pero una culpa insignificante para quien la sentenció como culpable cuando la investigación policial la señaló como “arguida” (sospechosa en portugués). A golpe de titular, el público pasó de la piedad al linchamiento: “Fueron ellos”, “la mataron”, “se les fue la mano”, “es fría”, “algo esconde”. Los medios añadieron delicados “supuestos” y “presuntos”, pero la gente en la calle lo decía sin paños calientes.

En España, la cobertura mediática dio por hecho que los McCann solían sedar a sus hijos para salir por las noches y hasta Wikipedia afirma que Madeleine falleció por una negligencia involuntaria. Sin embargo, la policía portuguesa ha cerrado el caso, no hay pruebas de que la niña haya fallecido y la versión que cuenta Kate en su libro es muy distinta: “La noche que raptaron a Madeleine los mellizos tardaron mucho en despertarse a pesar de que todos estábamos gritando en la casa, así que siempre sospechamos que los tres podían haber sido sedados por el raptor y le pedimos a la policía que los examinara. Sin embargo, no se les hizo ningún test de orina, sangre o pelo en los días posteriores”. Solo cuatro meses después, cuando Kate ya era considerada “arguida”, un equipo forense tomó muestras capilares de toda la familia. “El pelo crece un centímetro al mes –explica la madre–, así que todavía podían quedar restos de sustancias, pero todas dieron resultado negativo, por lo que también quedó demostrado que yo no abusaba de los tranquilizantes, como se había publicado”.

Sin pruebas. Tampoco los resultados del ADN encontrado por los perros en el coche alquilado de los McCann resultaron concluyentes: “Era perfectamente posible que hubiera ADN de Madeleine en el coche por una razón tan simple como que se cayera de sus juguetes o de su ropa –explica su madre– pero, al no haber absoluta coincidencia en la secuencia genética, lo más probable es que el ADN fuera mío, de Gerry o de sus hermanos, ya que ella posee rasgos comunes con toda su familia”.
Durante nuestra entrevista telefónica, Kate habla de su hija Madeleine en presente. ¿Por qué? “Como madre, siento que sigue viva y sé que hay muchas probabilidades de que sea así. No hay ni una prueba que sugiera lo contrario y otros niños desaparecidos han sido encontrados en increíbles circunstancias”.

Cuando hablamos son las 10 de la noche en España (las nueve en el Reino Unido), y los McCann me confiesan que están deseando acostarse. Gerry sigue pasando consulta como cardiólogo en el Glenfield Hospital y acaba de volver de trabajar, pero Kate nunca se ha reincorporado a su consulta como médico de familia: “Con Madeleine constantemente en la cabeza, cualquier intento de regresar a mi vida anterior me parecía como dejarla de lado”. Sus otros hijos, Emily y Sean, que duermen en la habitación de al lado mientras conversamos, han cumplido seis años y para ellos, como para sus padres, Madeleine sigue viva. De hecho, se ha convertido en una especie de “hermana invisible” y la incluyen en sus juegos. “Muchas veces hablan de cómo la van a encontrar y qué harán cuando vuelva a casa –cuenta la madre– y tienen una caja de tesoros en su habitación donde van dejando cositas para ella: el último caramelo que les queda, un dibujo nuevo, la hoja de un árbol que les ha gustado. A veces también le cogen los juguetes prestados, pero siempre se los devuelven”.
Tanto Madeleine como los mellizos fueron concebidos por fecundación in vitro: “Cuando hice la residencia en Ginecología, veía a las mujeres que se sometían a la fertilización y estaba convencida de que yo preferiría renunciar a la maternidad antes que pasar por un proceso tan traumático pero, como ocurre con tantas cosas, es imposible saber cómo reaccionarás, y no dudé en hacer lo que estuviera en mi mano para tener hijos porque no había nada que deseara tanto en el mundo”.

De la risa al llanto. Cuando Madeleine nació, los McCann esperaban un chico, pero allí estaba ella: “Perfecta, con su cabecita preciosa. Tenía los ojos grandes y la amé al instante”. En 20 meses, la familia aumentó con dos nuevos miembros: “Uno de los mejores recuerdos que tengo de ella fue el momento en que conoció a Sean y Amelie. Apareció de noche en el hospital, con su pijama de color lila y sus zapatillas con orejas de perro. Cuando les vio, abrió la boca de asombro y levantó los brazos en alto. Luego se subió a mi cama y nos llevaron juntas a la planta de maternidad. Al ver su alegría, el corazón casi me estalla de alegría, pero hoy no puedo dejar de llorar”.

A lo largo de estos cuatro años, Kate y Gerry han aparecido ante el público unidos en su dolor, pero en la intimidad, la madre reconoce que, como pareja, han pasado por una dura prueba: “Lo peor eran las noches. Era incapaz de dormir y en mi cabeza se desataban pensamientos aterradores. Nuestro estado general de conmoción me impedía concentrarme en algo que no fuera Madeleine y me incapacitaba para permitirme ningún placer, ya fuera leer un libro o hacer el amor con mi marido. El bloqueo sexual venía del rechazo provocado por mi miedo a que nuestra hija hubiera caído en las manos de un pedófilo. Cuando fue secuestrada, esa idea nos carcomía por dentro. Temía que si yo no podía recuperar mi vida sexual, toda nuestra relación se vendría abajo, pero me sentía torturada por esas imágenes nauseabundas y la mera idea de tener sexo me resultaba desagradable, así que me quedaba tumbada en la cama odiando a la persona que nos la había arrebatado”.

Kate atravesó una depresión y, cuando la declararon sospechosa, descubrió “que el mundo no solo era cruel, sino que estaba loco”. Muchos creyeron que su silencio ocultaba un secreto atroz, pero durante aquellos meses Kate estaba en shock. Gerry, al contrario, encontró cierto consuelo en la hiperactividad de la campaña y ponía la voz frente a los medios. Una disponibilidad de doble filo. “Al principio, el poder de los medios fue de gran apoyo –nos explica Gerry con un marcado acento escocés–, pero algunos periodistas irresponsables convirtieron las historias de Madeleine en simple mercancía. Hemos sido testigos de lo mejor y lo peor de la naturaleza humana”.

Aquel verano de 2007 el público devoraba la historia de los McCann, pero veía con suspicacia la capacidad de la pareja para atraer la atención mediática. “Recuerdo a un periodista preguntando con escepticismo en la línea habitual: “¿Cómo han sido capaces de llevar esta campaña habiendo perdido a su hija?”. Gerry y yo respondimos: “¿Qué habría hecho usted en nuestro lugar? ¿No habría hecho nada?”. Él no respondió, se quedó callado, y nos sentimos como dos figuras solitarias bombardeadas por un ejército con catapultas”. Hay algo decepcionante en una historia sin desenlace, algo angustioso en un peligro que que acecha en la oscuridad y no tiene nombre. Nos gustaría que la vida fuera como en las novelas de Agatha Christie, donde el asesino siempre forma parte del reparto. Pero, ¿qué ocurre cuando el mal es inexplicable? ¿Cuánta incertidumbre somos capaces de soportar? “Los rumores son pánicos morales y su difusión se ve estimulada por un ambiente de temor”, dice el antropólogo cultural Peter Burke. “Al final, cuando nos levantaron de la condición de “arguidos” –reconoce Kate– apenas fue motivo de celebración. Aquello solo significaba que estábamos de nuevo en la casilla de salida, sin Madeleine”.

A pesar de todo, los McCann no han perdido la esperanza de encontrarla
(“esperanza, força, coragem”, les decían los portugueses en la iglesia de Nossa Senhora da Luz) y se aferran a un dato crucial: en Estado Unidos, el 56% de los niños secuestrados por personas extrañas son recuperados con vida. “Madeleine es una niña hermosa, lista y divertida. Por favor, no le hagan daño, permitan que vuelva a casa. Nos necesita a todos. Por favor, devuélvanos a nuestra pequeña”, suplicaron los McCann en su primera declaración. Y nada ha cambiado, a excepción de Madeleine, donde quiera que esté.