Es la quintaesencia del “charme” francés y ha sido elegida portavoz de L’Oréal Paris. En los 80, fue musa de Chanel y hoy, con 53 años y reconciliada con su viejo amigo Karl Lagerfeld, dice que ya no le queda tiempo ni energía para el rencor.

L ’Oréal nos ha citado en un magnífico edificio del siglo XVIII y lo ha llenado de flores frescas y de irresistibles “macaron” y “croissants” para que no haya duda de que hoy estamos en París y es jueves. La modelo lleva pantalones de Prada, chaqueta de Chloé y zapatos de Roger Vivier. Es altísima, pero más que su aspecto, lo que llama la atención es su magnética personalidad. Verborreica, elegante, espontánea, de voz grave, mundana y libre, se presenta ante la prensa sola, con desparpajo y sin los parapetos habituales de las estrellas.

Se atreve a decir algunas palabras en castellano, pero confiesa que todo su español quedó sepultado bajo el italiano cuando se casó con Luigi d’Urso, el padre de sus dos hijas, que falleció de un ataque al corazón en 2006. Inès fuma con placer y se ríe sin cesar. No escatima en anécdotas y cada respuesta es un monólogo con digresiones inesperadas. Tal vez en eso consista la fórmula del famoso “charme”, en una suma de buenas maneras, “joy de vivre” y seguridad en una misma.

 ¿Por qué cree que la ha elegido L’Oréal Paris?

No lo sé, pero cuando me lo propusieron pensé que era muy buena idea. [Risas] Yo ya no soy modelo. Lo fui, aunque supongo que la mayoría de gente ni siquiera se acuerda, pero pensé que a las mujeres de 53 años les gustaría ver que hay mujeres de su edad en las revistas.

¿Se siente cómoda en su edad?


Sí, de hecho, más que cuando tenía 20. Ahora sé más cosas, me siento mejor. Hoy puedo decir que he conseguido estar mucho menos angustiada acerca de las pequeñas cosas poco importantes y que tengo muy claras cuáles son mis auténticas prioridades.

¿Y cuáles son las prioridades?


Los amigos, la gente a la que quiero, la salud, los trabajos interesantes y la capacidad de disfrutar los buenos momentos. Ya no estoy esperando a que algo extraordinario suceda sino que saboreo lo que la vida me regala, como la salud.

Perdió a su marido muy joven…


Sí, demasiado. Todo el mundo tiene problemas graves en algún momento de su vida, no soy la única, pero perder a quien quieres te tiene que ayudar a ver la vida de otra manera. No me gustaría ser demasiado dramática, pero siempre tengo presente a una de mis mejores amigas que murió de cáncer. Un día que fui a verla al hospital, abrió una revista y me enseñó una de esas fotos donde se ven las montañas, un gran cielo azul y una mesa con unas galletas. La imagen era tan perfecta que resultaba incluso kitsch, pero ella estaba fascinada.

En otra época habríamos ironizado con la foto, pero entonces me dijo: “Cuando miro esta imagen solo puedo soñar con estar allí”. Y en ese momento fui consciente de que yo habría hojeado la revista a cien por hora, sin detenerme ni ver nada, pero para ella esa fotografía representaba justo lo contrario de su vida.

Meses después, cuando ella estaba ya muy mal, fui a verla al sur de Francia, le dije: “Nos vemos pronto, ¿qué quieres que te traiga de París?”, y ella me contestó: “Una minifalda de Gap que he visto en el catálogo”. Mi amiga pesaba 30 kilos y jamás se iba a poner esa falda, pero todavía seguía teniendo pasiones, deseos y sentido del humor. Nosotras siempre compartimos ese gusto por la frivolidad. Nos encantaba salir de compras al estilo de “Sexo en Nueva York”, incluso pude negociar en cierta ocasión el permiso del director del hospital para sacarla una tarde, ir de shopping y volver antes de las siete. Al final ella se fue, claro, pero prefiero recordar esos pequeños momentos que su ausencia.
 
Aparte de la inseguridad, ¿cuáles fueron sus pecados de juventud?


La pereza. Aún hoy peco de pereza. Me hacen gracia todos esos artículos que hablan de las cosas que hago, todos mis viajes, las fiestas a las que voy… pero no es cierto, puedo estar un día entero en casa sin hacer nada y además lo necesito. Pero más allá de la pereza nunca fui una gran pecadora. [Risas] Jamás me interesaron las drogas ni el alcohol, nunca fui un animal nocturno…

Tal vez mi pecado fue ser un poco demasiado seria y razonable para todo, porque en realidad me pasé mi juventud trabajando
. Cuando eres modelo no puedes decir que no a nada y siempre tienes que estar disponible ante una llamada profesional. Así que me ha quedado la sensación de que entregué gran parte de mi juventud al trabajo, pero no había otra manera de hacerlo porque no puedes dedicarte a la moda como hobby. O te entregas o no te toman en serio.

 En los 80 solían definir a Inès de La Fressange como “la modelo que puede hablar”. ¿Se sentía halagada u ofendida por ese título?


Ni halagada ni ofendida. En realidad, las modelos no suelen hablar porque han de ser maleables y pronunciarse o tener un gusto estético no forma parte de su trabajo.

En los 80, los periodistas franceses solo me entrevistaban a mí en el backstage (porque no sabían inglés ni japonés, los idiomas que hablaban la mayoría de chicas) y tenían tantos prejuicios acerca de lo que comía o pensaba una modelo, que cuando me veían con bocadillos gigantes, riendo y leyendo a Kierkegaard se quedaban estupefactos. “¿Cómo va leer una modelo a Jean Paul Sartre?”, decían. Así que, aunque hubiese dicho algo completamente estúpido, les habría parecido brillante porque sus expectativas eran insultantes.

¿Cómo era su relación con Karl Lagerfeld en aquella época?

Es muy gracioso porque Karl no es en absoluto como la gente cree. En realidad Karl es un hombre muy divertido. Le encanta contar y escuchar chistes... ¡Cuanto más tontos, más le gustan! En aquella época, solíamos escaparnos de los “fitting” (las pruebas de moda) para comer salchichas y beber Coca Cola.

La gente preferiría creer que nos pasábamos la vida en salones versallescos tomando champán y moviendo el abanico lánguidamente, pero lo que más nos gustaba era estar en medio de una nube de humo sin parar de comer y de fumar. Él siempre me ha tratado muy bien y decía cosas increíbles sobre mí, como por ejemplo que yo era un ángel y la persona más chic sobre la faz de la tierra. A veces pensaba: “Este hombre no sabe lo que dice”…

Incluso llegó a encargar una enorme estatua “de mí” como si fuera una reina. ¡Si hasta adoraba a mi perro! Siempre decía: “Es tan encantador este perro, charrrming, charrrming” [Inès imita su acento alemán], y en realidad era un chucho sin pedigrí que se hacía pipí en todos los rincones de Chanel. En la “maison” odiaban a mi perro, pero él le decía a todo el mundo: “¿No es “marravilloso”?” y le daban la razón porque era el jefe.

Su relación era idílica y su contrato con Chanel duró casi 20 años, pero entonces el Gobierno francés la invitó a servir de modelo para un busto de Marianne –el rostro femenino de la República– y a él le pareció que aquello era algo demasiado “aburrido, burgués y provinciano”.


Sí, a él no le gustó que me hiciera tan popular…

¿Y por qué aceptó?

Es un gran honor. No sé si habrá oído hablar usted de Brigitte Bardot... o de Catherine Deneuve… Ellas fueron mis antecesoras, así que ¿cómo iba a decir lo que es bueno para Deneuve no es bueno para mí? Marianne es un símbolo de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad, es decir, de los valores del país que amo y al que pertenezco. Aparte de que a mí nadie me dice lo que tengo que hacer, ni Karl Lagerfeld ni nadie. De repente, me sentí muy libre y me gustó esa sensación.

Y ahora ha vuelto a Chanel


Bueno, fue solo un desfile y una campaña, lo cual no es exactamente volver…

¿Cómo ha sido la reconciliación con Lagerfeld?

Llevábamos viéndonos desde hace algunos años. Karl adora a mi hija Violette, es un hombre divertido, maravilloso y lleno de talento, así que me encanta que forme parte de mi vida. Pero es que, además, estoy convencida de que, a partir de una cierta edad, es mejor olvidar ciertas cosas, porque si no tendríamos demasiado para recordar y ya no merece la pena enfadarse.