De la pasarela a la televisión. Y de ésta, a la gran pantalla. La modelo argentina se reinventa de nuevo y se estrena como actriz en la película “Águila Roja”.

Llego a la una del mediodía, cocida bajo el abrigo, y me encuentro que Martina lleva posando desde las 10 de la mañana, pero fresca como una rosa. Alrededor del set, pululando, maquilladores, estilistas, fotógrafos, ayudantes... Todos la miran. Nadie se pierde, nadie tiene prisa, no hay caras aburridas ni tensión en el equipo, solo expectación. Hace calor, uno de esos locos días de verano en invierno, y la luz entra por los ventanales del Museo ABC transformando el ático en una especie de playa.

Ella está sentada al borde de una mesa, agita la melena, deja caer los ojos, abre levemente sus labios, se inclina... Ante la cámara se agiganta y verla posar es un espectáculo. Se gusta y sabe gustar, no esconde sus armas, no tiene remilgos, no pretende distanciamiento, no teme su sexualidad, la explota. Cuando termina la sesión, parece una amazona, pero cinco minutos más tarde (y con 10 centímetros menos de tacón), ya no intimida a nadie.

Es simpática, locuaz, una argentina con acento español. Estamos aquí para hablar de su primer trabajo en el cine pero, evidentemente, no es una actriz. O, por lo menos, no todavía. Y eso tiene ventajas, porque no se ha instalado en el automatismo defensivo de la promoción y resulta franca. Es una guapa que cuenta chistes (no una rubia con la que se hacen chistes) y eso la convierte en una persona inclasificable.

Por fin el cine. ¿Tenía muchas ganas?


En realidad no me moría de ganas, pero me gusta la manera en que ha llegado: una película de aventuras, un personaje con el que me lo he pasado muy bien, un papel a la escala de lo que puedo hacer.

¿Qué fue lo más duro del rodaje?


Aprender a montar a caballo fue todo un reto, pero lo más difícil fue actuar. Para mí, la parte interpretativa sigue siendo un misterio. Me parece tremendamente admirable lo que hacen los actores. Pero una cosa lleva a la otra, apareció una magnífica oportunidad y de repente me vi disfraza de Beatriz, encima de un caballo y actuando. Me pareció una maravillosa oportunidad para poder decir “aquí estoy yo”.

¿Había rechazado antes muchos guiones?


Sí, porque llegaban a destiempo o porque eran personajes... de modelo. Y de modelo ya hacía en la pasarela.

Alguna vez le he escuchado decir que para triunfar en la moda hay que ser invulnerable a los noes. ¿De verdad se ha llevado muchos?

¿En la moda? Miles, millones. Empecé a viajar con 16 años y sería incapaz de contar la cantidad de castings a los que fui, la cantidad de metros que cogí y la cantidad de veces que me puse el tacón para entrar. Tampoco podría contar los kilómetros que he caminado con el book, las veces que me he perdido, las que he llegado tarde a un casting, las que te dicen: “Buscamos a una chica negra con rizos”. Todo eso te hace sufrir, pero también te hace fuerte.

¿De dónde le viene esa fortaleza? ¿Cómo ha conseguido estar tan segura de sí misma?
 

Es que no soy tan segura. La realidad es que me he derrumbado mil veces y he querido volver. Mi madre hubiera matado para venir a buscarme a París cada vez que llamé llorando, pero piensas que la próxima vez te elegirán. O, de repente, tras muchos noes, hay un sí. O te fotografía Peter Lindbergh y dices: “Merece la pena”. O ganas lo suficiente para que haya valido la pena ir a París y esperar y esperar... La cantidad de palos que me ha pegado el trabajo me los ha compensado con buenos momentos.

Sus padres son argentinos, ¿por qué emigraron?


Fue a finales de los 80, antes del golpe de Tablada. Argentina estaba muy mal y en Barcelona había una situación boyante por los Juegos Olímpicos, así que mi padre se puso a trabajar con un arquitecto muy bueno, Bonet, que hizo parte de la Villa Olímpica.

¿Y cómo recuerda el impacto de la inmigración?


Horroroso. Yo tenía casi 12 años y fue horrible. Ser inmigrante es muy duro hasta que aprendes y te das cuenta que te están dando una oportunidad de vivir otra vida en un sitio que te gusta, y te acabas abriendo... Pero es que sufríamos los cuatro, mis padres y mi hermano. Cuando no era uno, era otro. Encajar no fue fácil.

¿Recuerda alguna situación en concreto?


El colegio, los pronombres personales... Por ejemplo, yo decía “yo” y vos con acento argentino y la gente se reía.

Y el catalán, ¿le resultó difícil?


No, resultó mucho más fácil de lo que parecía. Mi hermano, con siete años, lo cazó al vuelo y a mí en seis meses me hicieron una prueba de nivel, la pasé y a partir de entonces me evaluaron en catalán. Cuando tienes motivación, es muy sencillo. El único problema es que nunca dejé de tener algunas faltas de ortografía y por eso me bajó la nota de Selectividad.

¿Qué echa de menos del mundo de la moda?


No mucho, porque me siento satisfecha con lo que me ha pasado. Solo a veces, cuando veo a una modelo caminando a través de la pasarela hacia la nube de fotógrafos, me da un pellizquito de envidia y pienso: “¡Qué momento!”. Esa intensidad sí la echo de menos.

¿Cómo se sentía cuando estaba sobre la pasarela?

 Muy grande, poderosa, guapa. Todas las inseguridades desaparecían.

En Cibeles era la favorita de los fotógrafos gracias a sus curvas y sus sonrisas.

Sí, gritaban y silbaban cada vez que salía. Pobrecitos, se aburren y era una manera de darnos energía mutuamente.

¿Qué siente cuando ve las imágenes del principio de su carrera?


Que ha pasado el tiempo. Me siento igual, pero de repente me he convertido en la mujer madura que entonces me pedían que interpretara.

¿Y no es un poco perverso sexualizar la imagen de una adolescente para que aparente sobre la pasarla una edad que no tiene?


Puede, pero para una chica de 15 o 16 años es muuuy divertido. Yo ahora las veo y pienso: “Pero, ¿de qué vas, si eres una enana?”. Pero cuando tienes 15 años y te maquillan, te visten, te iluminan, te hacen, te dicen... Es tan divertido que no te das cuenta de que te hacen interpretar a esa mujer que no eres. No eres consciente de lo que puedes llegar a despertar en quien te mira: solo estás jugando.

Y ahora, ¿cómo se ha atrevido a bajar del cielo de la moda a la tierra del humor para contar chistes?


En momentos de crisis hace falta hacer algo distinto. Los productores me dijeron: “Creemos que tienes una vis cómica latente, pero queremos que hagas algo elegante y no te vamos a ridiculizar”. Yo contaba chistes en casa –ya no–, así que dije: ¿por qué no?

¿Y por qué ya no cuenta chistes?


Porque ahora me los piden y ya no tiene gracia.

¿Cuál es su favorito?


[Risas] Me he vuelto “supergore”. Hay uno que me gusta mucho: tiene pico y no pica, tiene ojos y no ve, tiene alas y no vuela, ¿qué es?

No sé.

Un pájaro muerto. [Risas]

¿Cuál ha sido su mayor temeridad?


Muchas. “El club del chiste” es un acto temerario, “Águila roja” es un acto temerario, escribir en periódicos en un acto temerario... Funciono a impulsos, hay una pequeña red, pero me lanzo. Voy sobre seguro, pero son actos suicidas.

¿Y su mayor aventura?


Tener a Pablo.

Creo que grabó su parto…


Bueno, yo no, su padre... [risas]. Tuve muy buen parto.

¿El niño lo ha visto?


Nooo, sabe que existe, pero le he dicho que hay sangre, así que tampoco le apetece. Es impresionante, porque ahí está Pablo, ves su carita azul, pero lo que hay alrededor... En el hospital, el padre lo enseñaba a todo el mundo y, ejem... [risas]. Con la emoción se te olvida que, alrededor, están mis partes bajas.

¿En el amor es temeraria?


Mucho, me lanzo porque siento que el paracaídas está ahí.

¿Y es de las que enamora o se deja enamorar?


Me gusta provocar y sentirme provocada. Cuando funciona bien, el juego es muy potente.

¿Gracias al tenista Alex Corretja, su pareja, se ha vuelto deportista?


Sí, me he puesto más en forma. Y he dejado de fumar.

¿Y eso ha sido también cosa de pareja?


Bueno, él no fuma y eso hace mucho. Lo he dejado antes de la ley antitabaco, menos mal, porque no habría podido obedecer. Soy un poco rebelde.

¿Juega al tenis?


Nooo, no sé. Ojalá tenga algún día paciencia para enseñarme y yo para aprender, pero nuestra relación no tiene nada que ver con el tenis

¿Le apetece volver a ser madre?


La verdad es que ahora mismo no. Estoy disfrutando mucho de Pablo, la situación es nueva y estoy muy bien.

Me han contado que suele soñar con volar.


De pequeña, pero ahora ya no.

¿Y a dónde iba?


Por encima de los tejados... En mi época de modelo soñaba que me perdía en los pasillos de los hoteles o que no llegaba a la pasarela. Eran recurrentes. Pero ya no. Ahora está todo bastante bien.