Facebook, twitter, tuenti... Enredados de por vida

Protege a tus hijos de los peligros de Internet

  • Nuestros hijos han comenzado a dar sus primeros pasos en internet antes de llegar al mundo. Alimentamos nuesta vida digital con fotos, emails, post, blogs... durante años, pero ¿dónde van esos recuerdos después de la muerte?

Tenemos la ilusión de que la vida se alarga. Y así es. Sucede con los años que vivimos y, cada vez más, con el tiempo que nuestra vida se expone a un público virtual que ni siquiera conocemos. Todo el rastro –correos electrónicos, fotos, tweets, etc.– que hemos ido dejando en internet compone nuestra vida digital, que empieza antes del nacimiento y se extiende más allá de la muerte.

Todavía estamos aprendiendo a controlar nuestros movimientos en la Red, actualizando y borrando continuamente post sobre nosotros mismos, tapando los agujeros que una metedura de pata en alguna red social pueda haber dejado en nuestro prestigio. Las “celebrities” optan por contratar a profesionales que guarden su imagen en Facebook y Twitter.

Los famosos que se han equivocado en estos sitios han sido duramente juzgados y sacrificados en forma de “trending topics” (los temas más seguidos) por sus propios seguidores. Ahí están los ejemplos de David Bisbal y Alejandro Sanz. Al mismo tiempo, los padres, primerizos y veteranos, se lanzan a escribir blogs sobre sus experiencias con sus bebés, o a comentar en Facebook los detalles del embarazo y el parto.

Son relatos que frecuentemente se ilustra con las ecografías de los pequeños
y, en casos extremos, con el vídeo del parto, adelantando el inicio de la presencia digital a la etapa embrionaria. Esto fue lo que encontró un estudio de Seguridad en Internet realizado por AVG blogs en Reino Unido, Alemania, Italia, España, Estados Unidos y Canadá: el 70% de los bebés ya tienen algún tipo de presencia “on line” a los seis meses de vida, y algunos ya se pasean por este mundo virtual meses antes de llegar al real. Vivir y morir en internet es cada vez más difuso.


Parto en directo.

El día que Mary Wycherley, una fotógrafa británica, sintió las primeras contracciones del parto de su segunda hija, “twiteó”: “No sé si ha llegado la hora de despertar a Martin”. Martin Carr, su marido, dormía a su lado. Cuando al fin despertó, la pareja decidió “twitear” el parto en tiempo real usando la etiqueta #homebirth (parto en casa).

El acontecimiento ocurría en la hora punta de Londres y fue seguido por miles de personas que iban a trabajar en tren o sufrían el atasco de rigor de cada mañana. “Las cosas se están moviendo, ya hemos llamado a la matrona”, anunció Martin, que minutos después contaba: “Ahora estamos viendo a Bob Dylan, ella está demasiado gorda para poder quitarme el mando”.

Mary por su parte comentaba: “¡Oh, Dios. He destrozado el sofá con el líquido amniótico!”. En el momento del parto, Mary desapareció. Minutos después se disculpaba: “Lo siento, me he ido y los he dejado a todos colgados”. Al parecer, el parto fue muy bien. Cientos de desconocidos celebraron el nacimiento de la niña Sailor Carr, quien debutó inmediatamente con su foto en la nube digital. Algunos de los seguidores de #homebirth propusieron “¿Qué tal Twitter como segundo nombre”, pero otros se escandalizaron y calificaron los hechos con tres letras TMI, que simplifica la frase “Too much information” (demasiada información).

Sin embargo, por cada comentario negativo recibieron 15 positivos. No fue el primer parto “twitteado” en tiempo real. Dos años antes, la cantante Eryka Badu y su novio Jay Electronica ya lo habían hecho, sólo que entonces solo escribía él.
 
Convertirse en “trending topic” aún antes de llegar a este mundo es posible.
Ahora propongo un ejercicio: piensa en la gracia o el exabrupto que has dejado escrito la última vez que actualizaste tu Facebook o tu Twitter. Ahora analiza cuál fue la última foto que subiste a tu perfil. ¿Te gustaría que te recordaran por ella? ¿Cambiarías o añadirías alguna cosa si supieras que iba a ser el último acto de tu vida digital?
 
Obituarios on line
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Lidiar con la muerte –analógica y digital– nunca ha sido fácil
. Incluso, escribir este artículo sobre el asunto tampoco lo es. No nos gusta pensar en la muerte. Ninguna de las grandes compañías de internet (Google, Yahoo, Facebook o Twitter), que se han visto obligadas a gestionar la posteridad digital de sus usuarios muertos, tenían protocolos establecidos para el caso hasta que la propia naturaleza les puso de frente ante el asunto: somos seres multitarea, hiperconectados e interactivos, pero aún mortales. Según los estimados de Facebook, solo en Estados Unidos cada año mueren 375.000 de sus usuarios.



Mientras estamos en este mundo tenemos a nuestra disposición el glorioso botón Control Z, para corregir todos nuestros pasos virtuales, pero qué pasa con todas nuestras pertenencias digitales cuando llega la muerte. ¿Es posible controlar nuestra memoria digital? Con la mayoría de las personas que mueren no sucede nada extraordinario en internet. Su memoria se va diluyendo por ausencia y omisión... solo que desaparecer en este mundo virtual no es una tarea tan fácil.

Dado que las plataformas funcionan con algoritmos automáticos, si alguien no informa oficialmente de la muerte de un usuario de la red social Facebook, por ejemplo, seguirá enviando actualizaciones a todos sus contactos. Y para muchas personas las apariciones digitales sistemáticas de sus seres queridos resultan dolorosas. Un buen amigo murió en un accidente el verano pasado. La última vez que hablamos fue en Facebook. Supe de su muerte una semana después también por este medio. Desde ese mismo día su perfil se convirtió en el sitio al que vamos sus amigos a poner fotos y vídeos suyos, que hemos ido recuperando de entre el enorme amasijo de información que acumulamos y diseminamos sobre nosotros mismos cada día.

Unas cifras: 20 millones de bloggers creando contenido, 500 millones de personas engordando sus perfiles en Facebook, 2.000 millones de tweets cada mes. Mi amigo no era un gran “facebookadicto”. Su cuenta era joven y todavía no guardaba muchos secretos. Nadie ha comunicado a la compañía el fatal acontecimiento, por tanto su perfil sigue activo. Si alguien se hubiera puesto en contacto con Facebook y hubiera presentado pruebas legales de su fallecimiento, la compañía californiana habría dado dos opciones: cerrar el perfil o convertirlo en un monumento de bits a su memoria, que es en lo que se ha transformado espontáneamente.

La ventaja es que añadirían un cambio de diseño, permitirían ver el perfil solo a sus amigos, no pondrían más publicidad en su sitio y dejarían de incitarte a reconectar con él. Quedaría muy claro que has llegado al espacio de alguien que ya no está. Entiendo que su familia no tenga ánimos para veleidades 2.0. Yo me limito a revisar el perfil una o dos veces al mes para comprobar que no hay troles ni vándalos pululando por allí.

No fue el caso de Mac Tonnies, un blogger estadounidense que murió a los 34 años, súbitamente mientras dormía. Según relata The New York Times, había conseguido seguidores devotos en su blog. A unos llegó a conocerlos físicamente y a otros no, pero esa gente realmente lo echa de menos y decidió mantener viva su bitácora, llamada Posthuman Blues. Sus padres ni siquiera tenían ordenador en casa y apenas estaban enterados de la frenética actividad on line de su hijo.

Para cuando tuvieron fuerzas para abrir su ordenador, su círculo digital había convertido su blog en un lugar de memoria con sus últimos post, sus fotos, e incluso su perfil en Blip.fm, un sitio para escuchar música muy popular en Estados Unidos, gracias al cual se supo que a las 4.16 p.m. del día que murió, Tonnies escuchó la canción “Everything that happens will happen today” (Todo lo que pase pasará hoy).

Su segundo blog sigue todavía alojado en Blogger, un producto de Google, pero Tonnies no había confiado a nadie la contraseña, así que sus padres y sus amigos solo pueden dejar algún comentario pero no pueden actualizarlo, pues la contraseña es propiedad de Google. Sus amigos cuentan que es desagradable encontrar en medio de los mensajes de cariño, banners de publicidad de una conocida marca australiana de botas. Su familia teme que, ante la falta de actividad, la bitácora acabe desapareciendo en el agujero negro que es la Red. Hay gente que deja mucha vida digital tras de sí.

A veces, para la familia, descubrir ese mundo es casi como conocer a una nueva persona. Cuando pasa el duelo, muchos quieren recuperar esa información, leer lo que escribían en su blog personal, ver sus fotos de Picassa o leer su correspondencia electrónica. A más de uno se le pondrán los pelos de punta solo ante la posibilidad de imaginar esta situación. Para los padres de Tonnies, ha sido la posibilidad de llegar a un círculo de amigos para el que su hijo era un líder.

 Este chico también tenía un nutrido Flickr
con cientos de imágenes que a su familia le gustaría rescatar, pero tampoco dejó a nadie la contraseña de su cuenta que es, según la ley, propiedad de Yahoo.

Recuerdos.

Gestionar las propiedades o los efectos personales de un ser querido que ya no está siempre es doloroso, pero con los objetos hay cierto consenso sobre qué hacer. Cuando heredamos el álbum de fotos de la abuela, ella ya escogió las imágenes de su vida que debían ser conservadas. Nada de eso sucede en Internet. Solemos subir fotos y dejar comentarios por doquier con bastante alegría. Y, nunca lo pensamos, pero si alguien tuviera que hacer una selección de nuestros recuerdos digitales tendría un duro trabajo por delante.

La historia de Justin Ellsworth
, un marine muerto en Irak en 2004, y la pelea de su familia con Yahoo por recuperar su cuenta de correo electrónico, sirvió de inspiración a dos estudiantes de la Universidad de Wisconsin para crear Entrustet.

Se trata de una empresa que se encarga de almacenar las contraseñas y algo parecido a un Certificado de Últimas Voluntades sobre lo que uno desea conservar y destruir de su presencia digital. También permite designar a una persona –el albacea digital– responsable de reclamar los datos y ejecutalos últimos deseos.

Además, ofrece un servicio de “Incinerador de cuentas” para los que prefieran no dejar rastro. Y no se trata de la única, muchas compañías han nacido con la promesa de ayudar a controlar la vida digital después de la muerte física. Trendwatching.com, uno de los tres observadores mundiales de tendencias emergentes de consumo, ha pronosticado un floreciente mercado en torno a la protección y conservación del contenido digital que ellos consideran “el núcleo de la marca personal de cada uno de nosotros”.

Larga vida.

El escritor Rob Walker, responsable de la columna de Consumo de New York Times y autor del libro “Buying in”, decidió probar los servicios de Entrusted y detectó un desafío evidente para estos sagaces emprendedores: “Su trabajo es, simplemente, deprimente”. Walker designó a su esposa como su albacea digital, lo que supuso que ella recibiera un correo electrónico “bastante frío” informándole de sus responsabilidades legales y advirtiéndola ante posibles violaciones de la ley. Además, se espera que cada vez que cambies la contraseña o entres en una nueva red social les informes.

Otras empresas envían un correo cada cierto tiempo para asegurarse de que el cliente sigue en este mundo. Una correspondencia cuando menos macabra. La salida que han encontrado estas nuevas compañías es asociarse a redes sociales profesionales y ofrecer su servicio desde un entorno menos sórdido. ¿Te abruma la idea de dejar media vida colgada en la nube digital? Pues esto acaba de empezar. Tus hijos y nietos dejarán la vida entera.

¿Cuándo fue la última vez que compraste un álbum de fotos? ¿Podrías decir con certeza cuántas imágenes tuyas vagan por el ciberespacio?
El citado estudio de AVG blog asegura que el 23% de los bebés tiene su huella en la Red aún antes de nacer, cuando sus padres suben orgullosos una imagen de la primera ecografía.

Más del 70% de las madres dijeron que ponían las imágenes de sus hijos en la red para compartirlas con amigos y familiares
. Hasta aquí podría considerarse un comportamiento típico del Homo sapiens de la era digital. Más difícil resulta entender por qué, según el mismo estudio, un 7% de los padres abre una cuenta de correo a sus hijos antes del primer año de vida. ¡Larga vida digital nos espera!