En pantalla, ella es la que mejor tiembla, la que mejor se equivoca, la que mejor desea, la que mejor explota, corrompe o se agota. Kate Winslet es una virtuosa de la interpretación y, gracias a su acierto para elegir grandes personajes, se está forjando una carrera propia de un mito. El 18 de noviembre vuelve a los cines con “Un dios salvaje”, la obra de Yasmina Reza, dirigida por Roman Polanski, en la que nos descubre su vis cómica.

Para empezar, digamos una obviedad: Kate Winslet es la mejor actriz de su generación. En su virtuosismo no hay una sola nota falsa. Todo lo que ella dice es “verdad”. Winslet domina la técnica, sabe elegir guiones y, a sus 36 años, ya ha conseguido un Oscar y seis nominaciones. La hemos visto en mil alfombras rojas y, al menos, en cuatro tallas distintas. Sin embargo, fuera de pantalla no tenemos ni idea de quién es esta mujer. No sabemos cómo prepara sus papeles, por qué engorda y adelgaza, cuál es su ideología política, por qué se divorció de Sam Mendes o los motivos que la llevaron a ser actriz. En las entrevistas hace la boa frente a las preguntas que considera “personales”, se escurre con una sonrisa profesional y tiende a repetir con simpatía lo que ya sabíamos previamente (aunque, sin querer, algo se le escapa y eso la humaniza).

Kate nació al oeste de Londres y es hija de una pareja de actores con poca fortuna. Ha encarnado a multitud de heroínas literarias (de la Ofelia de “Hamlet” a la impulsiva Marianne Dashwood de “Sentido y sensibilidad”, la desmemoriada chica de pelo azul de “Olvídate de mí” o la nazi analfabeta de “El lector”), pero confiesa no estar especialmente interesada en los libros: “Cuando estoy preparando un papel me entrego a la documentación –explica–, pero después no encuentro tiempo para leer un libro. Siempre tengo prisa y soy de las que se pasa todo el tiempo que dura una manicura pensando “termina ya...”. En algún momento he echado en falta una educación más intelectual, pero soy autodidacta y creo que mi trabajo me ha educado. Lo que pasa es que tengo cierta facilidad de palabra y eso hace que alguna gente ponga en duda la verdad: que vengo de una familia de clase obrera y soy la hija de actores en paro”.

Vittorio Gassman solía decir que el actor (sobre todo, el gran actor) no debía ser especialmente culto y ni siquiera especialmente inteligente; incluso debía ser, quizá, “un poco idiota”. Con 74 años, le confesó, socarrón, al periodista Eugenio Scalfaro: “Mire, el actor es como una caja vacía, y cuanto más vacía esté, mejor que mejor”. ¿Significa eso que Kate Winslet (la mujer que tiembla, se cae y vomita como nadie) es una caja vacía? No, pero resulta evidente que en su vida pública se ha empeñado en ser opaca (y que no es exactamente lo mismo que ser misteriosa).

Kate no quiere ser estrella y se aferra a la normalidad como un mantra (“Soy normal, soy normal”), hasta el punto de que la cómica británica Katy Grand ha creado una parodia que la representa como una persona patológicamente obsesionada con resultar aburrida. Al fi n y al cabo, Kate pertenece a la mismo tribu mediática (y esquiva) de Penélope Cruz (con quien comparte publicista en Estados Unidos). “Me asusta que la gente me juzgue –dijo en una revista inglesa–, y sé que lo están haciendo constantemente. Entro al colegio de mis hijos y sé que me están juzgando. ¿Por qué? Las otras madres no se se dan cuenta de que soy como ellas”. Kate Winslet tiene dos hijos: Mia (de 10 años, que tuvo con su primer marido, el ayudante de dirección Jim Threapleton) y Joe, de siete (hijo del director de “American beauty”, Sam Mendes, del que también está divorciada). “Me pone nerviosa pensar en el día en que Mia busque mi nombre en Google. Por eso me cuido de no contestar a la pregunta que siempre me hacen. “¿Qué pasó entre tú y Sam?”. No quiero que mis hijos lean algo y se lo crean porque, lo más seguro, es que no sea verdad. Mi vida no es un culebrón”. La actriz nunca fuma en presencia de sus niños, no tiene cuidadora los fines de semana, cocina ella misma (a pesar de que tiene una fortuna de millones de euros) y es evidente que le atormenta ser una buena madre (“Que mis hijos se porten bien, que sean normales... es lo que quiero”).

Tom Perrotta, autor de la novela y el guión de “Juegos secretos” (2006), por cuyo papel fue nominada al Oscar, subrayó en un artículo del New York Times, la angustia de la actriz por resultar perfecta en todas las facetas de su vida: “Le preocupa lo que la gente piensa sobre ella y es muy vulnerable a lo que opina el público de sus personajes. Durante la promoción de “Juegos ocultos”, para separarse del papel llegó a decir que había sido “tremendamente difícil” para ella interpretar a una “mala madre”. Sin embargo, Sarah [una mujer exbohemia que mantiene una apasionada relación adúltera con un padre del parque y se siente hastiada en su vida] no es una “mala madre” sino, a lo sumo, una madre distraída y angustiada, por lo que el apelativo de “mala”, no solo me pareció inadecuado sino completamente fuera de lugar”.

MINUCIOSA. Kate Winslet es una mujer con buenos amigos. A los 19 años, en el rodaje de “Sentido y sensibilidad”, conoció a Emma Thompson, y desde entonces son inseparables. Emma le enseñó a liar cigarrillos, le hizo de celestina con Sam Mendes y, años después, le prestó el hombro para llorar en el divorcio. Leonardo Di Caprio, también es uno de sus íntimos desde “Titanic”, la conoce muy bien y define su manera de trabajar como minuciosa: “Su guión siempre está plagado de notas con marcas de distintos colores. Es insaciable con la información y trabaja sus personajes como un sabueso ante la escena de un crimen”. Por su parte, Susan Hegarty, que ha trabajado con ella como “coach” para conseguir el acento americano de muchos de sus filmes, la define como “un talento natural. Empezó muy joven y no se formado en ninguna escuela de interpretación, pero sigue sus impulsos y siempre acierta”.

Ella es la única actriz de su edad que lleva haciendo papeles de madre desde la veintena y no rehúye avejentarse. En su última película, “Un dios salvaje” (la adaptación de la obra de teatro de Yasmina Reza), su hijo es un preadolescente que le ha roto dos dientes a un chico del parque. La historia sucede aparentemente en Manhattan, pero fue rodada en París (para proteger al prófugo Polanski). “Me encantó poder vivir en París durante tres meses, con mis hijos, en un completo anonimato –cuenta Winslet–. Además, Polanski nos dio la oportunidad de ensayar durante dos intensas semanas para investigar en el tono de la historia, un lujo muy poco habitual”. Frente a ella, como progenitora ofendida y madre de la víctima, hay una Jodie Foster en estado de gracia. Las dos mujeres aprietan los mentones, engullen pastel, son educadas y controlan sus melenas (una con moño, la otra con coleta) como si la perplejidad y la desazón pudieran anudarse con un lazo de voluntad y buenas maneras. Pero fracasan. Todos hablan, aunque quisieran callar, y acaban resultando grotescos. “La escena que me resultó más difícil fue mi momento alcohólico. Justo después de vomitar sobre los libros de arte de la mesa de Jodie Foster, tenía que hacer una especie de discurso, y ya sabemos que no hay nada peor que la mala imitación de un borracho”. La película es una farsa cuyo éxito radica en el fulgor de los diálogos y la agudeza psicológica de los perfiles. “Es muy real –continúa– porque habla de todos nosotros. De ese momento en el patio del colegio hablando con otros padres, donde siempre se respira un aire de “tengo que ser amable contigo aunque no te soporto”. Es un ambiente falsamente agradable, que forma parte del código no escrito que asumimos para proteger a nuestros hijos”.

¿Y lo próximo? ¿Con qué nos sorprenderá esta vez Kate Winslet? Después de la miniserie “Mildred Pierce” (por la que ha obtenido un Emmy) y de trabajar con Soderbergh y Polanski, se va a tomar un descanso. Pero breve. “Hasta ahora me he enfrentado a papeles que me parecían imposibles de hacer, como una anciana nazi, pero me gustaría hacer algo más difícil todavía, como, por ejemplo, un hombre (no a una mujer que hace de hombre) aunque no sé si sería capaz”. ¿Apostamos?