¿Las mujeres son más exigente?

  • Aún hoy se espera más de ellas que de ellos. Pero, cuando no se cumplen esos ideales, aparece la autoSigues viéndote mal, aunque te digan que estás estupenda? ¿Te culpas por no estar bastante tiempo con tus hijos? ¿Cuándo acabas un trabajo te sueles fijar en lo que no pudiste hacer? crítica feroz.

La tendencia al autorreproche en la mente de la mujer es alta y proviene de perder autoestima al sentirse culpable por no alcanzar una imagen ideal que tiene de sí misma. ¿Cómo se ha forjado esa imagen? ¿A quién va dirigida? ¿Qué deseos esconde?

El psiquismo se compone de un mundo pulsional lleno de deseos, que se van transformando y realizando en la medida de lo posible. Nuestro “yo” se construye renunciando a anhelos imposibles y aceptando los posibles, asumiendo límites en la relación con nuestros padres y con los ideales que nuestra familia nos ha transmitido junto a los valores culturales de nuestra generación.

Las primeras normas interiorizadas provienen de la madre, a la que el bebé no percibe, en un primer momento, como alguien separado de sí mismo. Lo hace más tarde, cuando la figura del padre entra en esa relación de dos, separándole de la madre y ayudándolo a diferenciarse de ella. No “todo” proviene de la madre y ésta necesita algo más allá de su hijo.

Las normas provenientes de la madre se marcan con más exigencia en la niña por una suerte de identificación. Ve a la madre poderosa, pero con una capacidad de renuncia y sacrificio que solo la posición materna promueve. La dependencia total con la que nacemos da a la maternidad una posición de extrema importancia en nuestro psiquismo. En la primera infancia se espera de esta mujer que siempre esté ahí, se la idealiza y quizá algunos restos de esa idealización permanezcan en ciertas ideas relacionadas con el sexo femenino. De cómo intervenga el padre en la relación y acompañe a la hija en su crecimiento depende que la niña viva su feminidad sin tanta exigencia.

Con frecuencia se suele escuchar, cuando los hijos son pequeños, que las niñas son más listas que los niños. Ellas hablan antes, los niños, se dice, tienen “menos picardía”. Si los varones responden a las demandas de los padres y a lo que se espera de ellos, podríamos suponer que se espera más de las niñas y por ello éstas responden al deseo de los adultos. Tienen que dar más para ser queridas. Además, a las mujeres se nos adjudican numerosas tareas relacionadas con los afectos familiares, con las cuestiones domésticas, con el trabajo fuera de casa y con el cuidado del propio cuerpo.

Cuando una mujer no accede a lo que se espera de ella, padece de una feroz autocrítica, de modo que la instancia psíquica donde guarda sus ideales la castiga con la idea de que no va a ser querida. Ella misma se castiga pensando que no hace las cosas lo bastante bien. Una de las formas que tiene para castigarse es deprimirse. Cuando una mujer se exige demasiado a sí misma, no reconoce las limitaciones propias y, por lo general, llega al estrés o la insatisfacción. Una exigencia saludable es aquella que empuja a alcanzar las ambiciones personales y con la que, al conseguirlas, se experimenta placer.

Amelia se ha divorciado de su segundo marido. Tiene 40 años y ha pasado por varias relaciones. Todas han fracasado porque se agobia cuando empieza a sentir que el otro quiere protegerla. Tiene un buen trabajo y desarrolla una intensa actividad con un sueldo alto. Nunca se ha interesado por tener una familia y se ha negado a tener hijos. Tiene muchos amigos, es atractiva y mantiene con su familia una distancia que ella regula bastante bien, pero Amelia se siente triste, está deprimida y ha acudido a una psicoterapia, no entiende qué le pasa. Tiene una hermana mayor y un hermano pequeño. Pero ni su hermana ni su madre le sirvieron como modelos. Ellas seguían lo que se esperaba de una mujer en una familia tradicional (formar un hogar, tener hijos, etc). Ella deseaba otras cosas.

Carencias maternas
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Su hermano siempre había sido el mimado de su madre, Amelia le quería, pero se peleaba con él porque no entendía por qué tenía que hacer más tareas en la casa que él. Su madre decía que todos hacían por igual, pero era mentira. Su padre era un empresario al que admiraba, pero era frío y distante. Suponía que su padre no valoraba el trabajo materno. Así pues, para ser querida por él, había que ser totalmente distinta a su madre.

Lo que Amelia descubrió en su psicoterapia fue el drama interno
que sufría por el martirio que se imponía a sí misma: estaba obsesionada con gustar a los demás, con alcanzar una imagen de perfección que hiciera volver hacia ella la atención que siempre quiso de su padre. Amelia no toleraba un fallo y su nivel de exigencia no le permitía reconocer algunos de sus deseos.

Anhelaba una relación amorosa en la que pudiera recostarse y confiar, pero esto la conducía a una posición que reprimía porque la asociaba a una feminidad que rechazaba, ya que se contraponía a todo lo que pensaba que tenía que ser una mujer liberada e independiente. Pero llegó a comprender que su intransigencia provenía de lo que ella consideraba carencias maternas.