La situación laboral provoca síntomas de todo tipo y tiene efectos sobre nuestras vidas. Entre los más suaves se encuentran un cierto grado de ansiedad, de estrés, de tristeza y de irritabilidad. Pero hay otros más dañinos, como la depresión o la enfermedad.

Un largo periodo de incertidumbre de este tipo causa más o menos estragos según la resistencia psicológica que se tenga a las adversidades y los recursos que se posean para soportar le inestabilidad emocional. También depende de la capacidad para aceptar que todo se acaba, incluidas las rachas malas.

Sin embargo, por mucho que se racionalice la situación, resulta casi imposible no sufrir ninguna alteración en el estado de ánimo. La amenaza sobre el puesto de trabajo hace que nos sintamos vulnerables, poco valiosos y desbordados. El grado de temor con el que se encaren las circunstancias dependerá de la estructura psíquica de cada uno. En todo caso, el excesivo miedo a perder el trabajo despierta otros temores que permanecen sin resolver en el subconsciente y se multiplica por razones ajenas a las actuales. En tales casos, el sufrimiento psíquico puede ser desproporcionado en relación a sus causas, afectando a áreas de la vida que no tienen que ver con el empleo. La persona que se siente insegura en el trabajo corre el riesgo de pedirle a la pareja o a la familia que revalorice su estima. Dado que su espacio laboral está amenazado, puede aferrarse a la gente más próxima demandando sostén, seguridad, reconocimiento y valoración. Si el entorno funciona bien, se trata de un apoyo muy importante.

Conflictos anteriores.

Teresa fue al médico porque no se encontraba bien. Atribuía su malestar a la sobrecarga de trabajo y al estrés provocado por la atmósfera laboral de su empresa, donde todos los días circulaban rumores de reducción de plantilla. Le dieron la baja por depresión, enviándola a al psicólogo. Llevaba un año anémica, víctima de unas menstruaciones demasiado largas. Con frecuencia se encerraba en el baño para llorar y sólo le apetecía dormir.

Las condiciones laborales de Teresa habían despertado antiguos conflictos que estaban en el origen de su depresión. En el centro médico en el que trabajaba como enfermera, había cada día más pacientes y menos personal. Llegada la crisis, los trabajadores del centro habían aceptado una disminución de salario a cambio de que no hubiera despidos. Teresa rememoró entonces lo sola e insegura que se encontró cuando su padre desapareció de casa la misma semana que tuvo su primera menstruación. Teresa era la mayor de tres hermanas y entre ellas hicieron una piña para ayudar a su madre. Salieron adelante, pero nunca pudo expresar la rabia que había sentido. Sin saber por qué, ahora se peleaba mucho con su marido, pensaba que la ayudaba poco, tenía insomnio y llegaba cansada al trabajo. Cuando Teresa pudo poner palabras a su rencor, comenzó a valorar a su marido y reconocer que tenía recursos para hacer frente a las adversidades de la vida. Si a los 13 años el abandono de su padre unió a las hermanas, ahora la solidaridad entre sus compañeras le hacía sentirse bien consigo misma y contenta con el equipo con el que compartía muchas horas cada día. La inestabilidad podía haber provocado enfrentamientos y rivalidades, lo que habría sido hasta cierto punto comprensible, pero ella había tenido suerte.

Más allá de la inestabilidad laboral que muchos sufren en la actualidad, hay personas que siempre se ponen en lo peor. No creen que puedan salir victoriosas de un proceso difícil. Movidas por un sentimiento de culpa inconsciente, no confían en sus recursos para salir adelante. Otras, sin embargo, no sienten la inestabilidad como una losa absolutamente inmovilizadora porque confían en sí mismas y tienen una subjetividad capaz de aceptar la frustraciones y los cambios. Saben que todo pasa y que la inestabilidad laboral también lo hará.

CLAVES

Los problemas en el trabajo nos enfrentan a la aceptación de determinadas limitaciones. Puede servir para refl exionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos.

• Algunos aspectos de la vida, como la pareja o la familia, cobran en estas situaciones aún más peso del que tenían.

• Reflexionar sobre cómo manejamos los afectos agresivos es importante para no ser víctimas de un pesimismo improductivo. Quienes caen en él están atados a una necesidad de castigo.

• Los momentos de inestabilidad también nos dan la oportunidad de revisar y sopesar lo que tenemos. Más adelante, una vez superado ese periodo, sabemos más de nosotros mismos.

Perder el trabajo actual puede constituir también la oportunidad para conseguir uno más adecuado. Los periodos de inactividad se pueden aprovechar para prepararnos en algo que queremos.