La Navidad es sinónimo de calor, ternura, protección, pero también de asfixia, desamparo o incomunicación. Puede recordarnos algo muy agradable que nos ayuda a superar las dificultades o, por el contrario, convertirse en una carga abrumadora para nuestro corazón.

Durante estas semanas, tenemos fiestas y reuniones. Sin embargo, para algunas personas pueden ser días en los que hay que enfrentarse a ausencias que abren las cicatrices del alma, ésas que quedan cuando hemos perdido a algún ser querido. Encuentros donde no estarán los que hace poco han fallecido, regalos que ya no se compran al que falta, comidas que ya no se preparan con esa abuela que se fue… Cuando se está elaborando un duelo, estas fiestas pueden teñirse, en ocasiones, de tristeza o de cansancio. Son sensaciones que se producen porque existe una lucha interna muy fuerte entre intentar aceptar la ausencia del otro y el bombardeo de cuestiones externas que evocan su falta.

SOPORTAR LA AUSENCIA

Laura estaba sentada en un sillón del salón y había encendido la televisión. En ese momento escuchó una frase de un anuncio: “Vuelve a casa por Navidad”. Se puso a llorar: se daba cuenta de que había ido retrasando la fecha de hacer la compra para la cena de Nochebuena y ahora no iba a encontrar la mitad de las cosas. Tampoco había comprado los regalos, ni hablado con sus hermanos para quedar. No le apetecía hacer nada. Todo el mundo estaba contento en estas fechas, pero ella no. Siempre le habían gustado las fiestas navideñas, pero este año eran las primeras que iba a tener que soportar la ausencia de su madre, fallecida hacía pocos meses. Pero en lugar ir superando la tristeza por su pérdida, cada día se encontraba peor. ¿Qué tenía que celebrar ella? Después del fallecimiento, se había puesto a resolver todas las cuestiones prácticas que son precisas en estos casos. Además, tenía mucho trabajo y procuraba hacerle compañía a su padre. En definitiva, no había tenido tiempo de ponerse triste; todos los minutos del día estaban ocupados y llegaba a la noche rendida. Así no sentía el dolor de la pérdida, pero tampoco se realizaba el inevitable duelo.

La pena
que no había expresado salía ahora de forma masiva, cuando tropezaba con una dificultad. Estaba preocupada por su hijo, que estaba a punto de irse al extranjero, y echaba de menos poder hablarlo con alguien. No estaba segura de hacerlo bien como madre. Entonces, dejó la autocrítica a un lado y comenzó a tener un diálogo interno con su madre. Las lágrimas fueron cesando porque pudo sentir que ella se había quedado en su corazón. Le gustaba recordarla y siempre tendría un tiempo para hacerlo. Laura comenzó a pensar que no perdemos a alguien cuando muere, sino cuando lo olvidamos. Mientras no lo hacemos, permanece en nuestro psiquismo y podemos seguir alimentándonos de lo que nos enseñó. Así pues, estas Navidades serían las primeras en las que habría que comenzar a recordarla. Haría la misma comida que hacía con ella y llamó a sus hermanos para invitarles.

NUEVA RELACIÓN

Cuando se ha sufrido la pérdida de un ser querido, se necesita un recogimiento dentro de lo psíquico para acomodar nuestra relación con la persona que ya no está, pero que pasa a formar de nuestros recuerdos. El duelo provoca dolor porque toda aquello que teníamos depositado en la persona que perdimos tenemos que reacomodarlo. Pero no sólo produce dolor la ausencia de la persona, sino el lugar que nosotros ocupábamos para ella. La hemorragia interna de afectos que se produce necesita tiempo para curarse. La mejor medicina es estar cerca de los que aún nos rodean.

LAS CLAVES 

No es agradable estar triste y mucho menos durante estas fiestas de Navidad, pero la tristeza y la pena que se siente por la pérdida de un ser querido no sólo es lógica, sino que es saludable. Las siguientes reflexiones pueden ayudarnos a asimilar y a aceptar su desaparición:

• Hay que tener tiempo para expresar la pena que nos invade. Ello nos conduce a procesarla psicológicamente y ver, junto a lo que perdimos, lo que realmente tenemos.

La mejor medicina para curarnos del duelo es apoyarnos en las personas que nos rodean. Es necesario buscar a las que mejor pueden ayudarnos, que siempre son las que tienen la posibilidad de escuchar el dolor sin asustarse o intentar callarte.

• En todas las familias hay muertos porque todos tenemos antepasados. Pensar en los que ya no están puede ayudarnos a reconsiderar la relación que mantenemos con los que tenemos cerca.

LA NOTICIA

Svetlana acudió a un programa de televisión engañada y sin saber que se iba a encontrar con su maltratador. Lo rechazó y días más tarde fue asesinada. El mercado de la intimidad vende porque está lleno de sorpresas, de impactos emocionales, de reacciones imprevistas. Pero se trata a las personas como si fueran cobayas. Y todo, hasta lo más cruel, se lleva a cabo en unos pocos minutos. Un ser humano necesita tiempo para procesar psicológicamente los afectos, por lo que determinado tipo de sorpresas pueden tener efectos traumáticos. La herida narcisista de ser rechazado en público es como ponerle a un maltratador un cuchillo en la mano. A Svetlana la mató Ricardo, pero el empujón se lo dieron aquellas personas que dejan los escrúpulos morales en el cajón del armario para dar morbo y a una cultura que cada día fomenta más el victimismo.