Tomar la opción correcta no es fácil. Ellos valoran los datos, nosotras damos prioridad a las emociones. Pero elegir también se aprende. Se considera inteligente una decisión cuando se tienen en cuenta razones, emociones e intuiciones a partes iguales.

Hay dos décadas cruciales en la vida de toda persona, la de los 30 y la de los 40 años, en las que es necesario asumir cambios para madurar y avanzar en nuestro ciclo existencial: vivir en pareja o casarse, cambiar de trabajo o aceptar un ascenso, comprar una casa, tener hijos... La vida es una sucesión de decisiones que hay que tomar, “una partida de parchís en la que lo importante es tener dos fichas en seguro para, con las demás, cercar las del contrario y poder avanzar para ganar”, asegura Marta Eugenia Rodríguez de la Torre, autora de “El libro de las decisiones inteligentes” (La Esfera, 20 €).

Pero, ¿cuándo consideramos inteligente una decisión? “Cuando se tienen en cuenta razones, emociones e intuiciones a partes iguales. Para ello, hay que ser conscientes de lo queremos, de lo que no queremos, de con quién lo queremos y del precio que estamos dispuestos a pagar por ella”, explica la autora. Quizá por eso, hombres y mujeres no afrontamos de igual manera los retos que la existencia nos pone en el camino. “Ellos analizan datos con referencias históricas y políticas, que son el parámetro al que adecuan su propia existencia, desatendiendo la perspectiva mediante la que sus propias vivencias pueden modificar desde un entorno hostil hasta unas circunstancias vitales en las que lo importante es la visión de las cosas y no las cosas en sí”, asegura Marta Eugenia Rodríguez de la Torre.

Las mujeres, en cambio, dan prioridad a las emociones, necesitan contar con tiempo suficiente para poder compatibilizarlas con las razones. “Sin embargo –afirma– el hecho de ser más intuitivas hace que equilibren las decisiones inteligentes que toman. Ellas escuchan su yo interno, tienen mayores habilidades para pedir ayuda y comunicar con otros, saben mejor lo que quieren y lo que no quieren, pero tienen mayores dificultades para decidir, pues les pesa la responsabilidad no sólo propia, sino también de las demás personas de su círculo cercano”.

Para analizar en la práctica la toma de decisiones, cuatro hombres nos prestan sus testimonios sobre cómo se enfrentan a ellas, mientras la experta analiza las reflexiones de nuestros invitados y las compara con las que se plantearían en el caso de ser mujer.

CÓMO TOMAR LA MEJOR OPCIÓN

Detente. Es preciso para que la prisa no nos atropelle y el estrés no impida ver el horizonte.

Aíslate. Contar con un espacio propicio y relajante, sin interferencias nocivas, ayuda a decidir.

• Analiza los pros y los contras. Hacer listas con este fin suele ayudar.

• Escucha tu yo interno. Las intuiciones, las razones y las emociones tienen que ser adecuadas respecto de la decisión. Nosotros somos siempre los autores de nuestras propias resoluciones.

• Toma conciencia. La culpa no promueve ni el análisis ni la crítica constructiva. Asumir responsabilidades y obrar en consecuencia siempre es un paso adelante.

• Valora la opinión de otros, sin que sea vinculante. Cuantos más elementos de juicio tengas, más fundamentada será la decisión.

No tengas miedo. Si vivimos a expensas del temor, el tiempo de nuestra vida se convierte en tiempo muerto.

• Arriésgate. Quien no opta, no tiene posibilidades.

• No dejes pasar el tiempo. Cada decisión tiene trascendencia por el momento en que se vive.