Huyeron de sus agresores y tras años de terror y silencio ahora toman la palabra. El delegado del Gobierno para la Violencia de Género responde a sus preguntas

Ana mira siempre al suelo. Tiene los ojos tristes. Pero, tras esa mirada, esconde una rabia inmensa porque, y ahora se da cuenta, le han robado la vida. A sus 60 años, Ana (que en realidad no se llama así) está intentando encajar todas las piezas de una existencia que se ha desmoronado.

Es culta e inteligente, pero durante décadas soportó los malos tratos de su marido, un prestigioso catedrático a quien sus compañeros y alumnos adoran, sin imaginar el monstruo que hay detrás. Y eso, a ella, le duele casi más que las palizas.

Desmontemos el mito: los agresores no son hombres sin estudios, de pocos recursos o adictos. “El perfil del maltratador es: hombre, varón, de género masculino –ironiza Miguel Lorente, el delegado del Gobierno para la Violencia de Género–. No hay un estereotipo. Ese hombre tan educado en su trabajo puede ser un maltratador en su hogar”. Y las cifras lo confirman.

En la casa donde Ana se esconde se han ocultado dos esposas de presidentes de Diputación Provincial y una de consejero de Gobierno Autónomo. Las víctimas tampoco son mujeres con poca formación que se dejan seducir por los cantos de sirena de un hombre celoso. Con Ana hay una pediatra, una ingeniera en electrónica, una abogada y una traductora. También hay amas de casa y chicas jóvenes, aún estudiantes. En total, 355 mujeres y 484 niños han encontrado refugio en este lugar desde 1991. Ahora hay 26 mujeres y 30 niños.

Refugio seguro

Está en algún lugar de la Comunidad de Madrid y es un centro de recuperación integral para víctimas del maltrato. Hoy es un día extraño, porque ha entrado un hombre: Miguel Lorente, el hombre que hace política para ellas. Con motivo del Día Internacional contra la Violencia de Género, que se celebra el 25 de noviembre, contestará a las preguntas de estas mujeres.

Y empiezan fuerte: “¿Por que los maltratadores siguen teniendo la custodia de sus hijos o derecho a visitas? No quiero que mis hijos repitan lo que hace su padre”. La pregunta es de Rosa. Tiene dos hijos adolescentes y está convencida de que el chico, de 19 años, repite la conducta de su progenitor. “Tiene una novia y creo que ya le pega”, dice.

A ella la ha golpeado varias veces y ha tenido que denunciarlo. Miguel le responde así: “Es importantísimo que la Justicia retire la patria potestad del agresor, para evitar un mal mayor: los varones aprenden que los problemas se solucionan con violencia, y las chicas, que tienen que ser sumisas. Así, la violencia se transmite de generación en generación”.

Por eso, los hijos varones sólo ingresan en la casa si son menores de 13 años. “A esa edad –cuenta Lola Aguilar, directora del centro–, un chico se ha identificado con su padre agresor, creyendo normales las conductas de dominación y violencia. Son ya agresores, aunque hay excepciones”.

Mientras, Rosa dice que también le preocupa su hija, de 17 años. Miguel suelta el mazazo: “Te sorprendería la capacidad que tienen las hijas de maltratadores para ser maltratadas a su vez. Es lo que han visto en su infancia y lo han interiorizado”.

Psicología del agresor

Otra mujer dice: “Mi hijo no sabe canalizar la ira, se lía a patadas ante cualquier problema. ¿Y si su novia le deja?”. “Como su padre –contesta Lorente–, él necesita una mujer a su lado. Además, a esa edad importa mucho lo que digan los otros. Puede que canalice su ira contra la chica que le ha dejado y que, para él, le ha puesto en ridículo ante sus amigos”.

Ana María Pérez del Campo, fundadora del centro, está de acuerdo: “Los maltratadores no pueden vivir sin una mujer. Cuando una agredida sale de esta casa, tras 18 meses, él ya tiene otra pareja y ya la está maltratando. Hemos tenido aquí a féminas que eran la cuarta pareja de un señor que había maltratado a todas las anteriores.

Ellos tienen la habilidad de pasar de agresores a víctimas: a su siguiente novia le cuentan que fue la ex quien le trató mal a él”. Ése es el caso de Alejandra. Su pareja había maltratado antes a otra mujer. “Si lo hubiera sabido –se lamenta– quizá habría abierto los ojos antes y no habría soportado años de palizas y humillaciones. ¿Por qué no hay una lista de maltratadores condenados?”.

“El Ministerio de Justicia la tiene –cuenta Lorente–. Pero habría que debatir si a esa lista debería acceder una mujer que sospechara de su pareja. Así, quizá estaríamos evitando una futura víctima”. La casa es un lugar de seguridad física, pero también de recuperación psicológica.

La lista de trastornos que sufren las mujeres al llegar es interminable: traumatismos, hernias, anemia, problemas cardiorrespiratorios, desprendimientos de retina, pérdida de dientes, fibromialgia, depresión, anorexia, bulimia, ansiedad, estrés postraumático... Pero lo que más les duele es, como dice Araceli, “que ellos usen el daño que nos han hecho en nuestra contra para quitarnos a nuestros hijos”.

“Os muestran ante el juez como personas incapaces de asumir la custodia –responde Lorente–. Llevan a los juzgados recetas de ansiolíticos, informes psiquiátricos o copias de los tratamientos que estáis tomando por culpa del daño que os han hecho ellos, y os muestran como personas que no pueden dar afecto o seguridad a sus hijos. Lo terrible es que muchas veces el juez les da la razón”.

El principio de todo

Las mujeres ingresan en el centro tras pasar exámenes psicológicos y psicosociales de urgencia. Muchas han huido de casa con lo puesto, arrastrando a sus hijos y con un miedo terrible. “El terror es, a veces, el sentimiento que predomina al principio –explica Lola Aguilar–.

Tienen miedo a que ocurra lo que el agresor les ha dicho: que la encontrará y será peor, que nadie la creerá, que le va a quitar a sus hijos... Cuando se empieza a sentir segura, en un lugar donde él no puede localizarla y, tras empezar la psicoterapia que reduce el estrés postraumático, afloran otras emociones: culpa, vergüenza, incertidumbre...”.

Algo similar ocurre con los hijos. “Hayan o no recibido un golpe alguna vez, son niños maltratados”, cuenta Miguel. Como en sus madres, la lista de enfermedades es interminable: baja autoestima, terrores, depresión, intoleracias alimenticias, mutismo selectivo... “¿Por qué no se les escucha?”, preguntan varias mujeres. “¿Por qué no hay programas para ellos?”. Miguel les explica que se cree que la violencia de género es un problema entre el hombre y la mujer.

Niños asustados

Lola Aguilar ha recibido en la casa a decenas de pequeños. “Llegan pegados literalmente a sus madres, explorando con desconfianza el nuevo entorno. Dura poco, a veces sólo unas horas. Luego se sienten a salvo y perciben la disminución de la tensión emocional en sus madres. Se integran, traban complicidad con los demás menores y les tranquiliza saber que no son los únicos que han vivido hechos tan dolorosos”.

Luisa y su bebé de siete meses acaban de ingresar en la casa. La niña lloraba desconsoladamente desde que nació. Su madre cuenta que, en el vientre materno, percibía los insultos y las palizas. Pero bastan dos días en este hogar para que la pequeña deje de llorar.

“Porque aquí hay silencio y calma –explica Pérez del Campo–. Lo primero que hay que hacer es crear un ámbito de sosiego. Eso rebaja la ansiedad de la madre y el hijo lo capta enseguida”. Toda la casa está pensada para que sea así: amplios ventanales, mucha luz, un pequeño jardín, colores suaves en paredes y puertas...

El tiempo medio de estancia es de 18 meses. Condición indispensable para salir: tener trabajo y casa. Las mujeres y sus hijos entran en una red social segura que las traslada a algún punto de España donde el hombre no las encuentre. “Al final hay alguien que te ayuda, sí –cuenta otra mujer–, pero hasta que te atreves a huir, mucha gente mira a otro lado, para no vernos y así no ayudarnos”.

Todas asienten. Aunque está comprobado que las agresiones se reducen cuando la sensibilización social crece, los ataques son más violentos: el hombre se siente más acorralado por la sociedad y se ensaña. “La sociedad reacciona muy lentamente”, se lamenta el delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Otra mujer asiente: “Pero ni siquiera parece importarles a quienes nos atienden en comisaría, los juzgados o el hospital. ¿Por qué no se les da formación específica?”.

“No es obligatoria –aclara Lorente–. A los cursos se apunta quien quiere, es decir, el que ya estaba sensibilizado. Comprender la violencia de género es complicado. Entra en conflicto con lo que ya sabemos y hay que eliminar las referencias sociales adquiridas para construir otras nuevas”. Pero Miguel Lorente quiere despedirse con algo de fe: “Es difícil ver esperanza, pero esto no tiene marcha atrás. Va despacito, pero tenemos la razón de nuestra parte”.

LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN CIFRAS

• Se calcula que dos millones y medio de españolas sufren este tipo de maltrato.

• Desde la aprobación de la Ley Integral contra este fenómeno se ha condenado a 78.594 maltratadores, 71 por día.

• Sólo un 2% de los españoles consideran que la violencia de género es un problema grave.

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