Hay otra carta para Santita

Déjame que te regale flores.

No quiero dártelas porque sean bonitas y huelan bien. De qué les sirve, si no pueden distraer nuestros sentidos el uno del otro. Tampoco porque sean una expresión de amor y sentimiento, que bien sabes que te quiero hasta la locura. Por lo que me gusta regalarte flores, es porque al hacerlo te pones nerviosa, y al morirte de verguenza, con mirada esquiva, las mejillas sonrojadas y un principio de sonrisa apenas esbozado, siento unos deseos irresistibles de abrazarte bien fuerte y llenar tu rostro de pequeños, dulces besos cariñosos.

Déjame que te compre flores, porque lo hago por mí, para inundar mi pecho de sentimientos tan intensos, que si te regalara flores a diario y siempre así reaccionaras, moriría de tanta alegría y sentimiento.

Y mientras no me permitas que te obsequie con ramilletes de flores, ni con rosas, oh, amada mía, tan sólo me queda tratar de emular ese sentimiento con cartas de amor de este inocente corazón travieso, que aunque te ama, gusta de provocar en tí mezclas de sentimientos encontrados como liviano enojo, dudosa resignación o amor intenso.

Estoy cada vez más seguro, gacela mía, tras pensarlo mientras lo escribo, que debo volver a regalarte flores, y lo haré presto si así me lo autorizas, o en su defecto cuando no corra riesgo de tus cosquillas, si con ello puedo hacerte rabiar de nuevo con alegría y timidez.

Gracias por tu paciencia y cariño.

Para Santita, felizmente amada por su inocente tormento