En los primeros tiempos de nuestra vida, el cuerpo registró experiencias de satisfacción intensas, localizadas en zonas concretas que se conocen como erógenas. El cuerpo recuerda lo que sintió y lo repite, porque le produjo un gran placer.

La mujer, cuyos órganos sexuales se encuentran ubicados, en alguna medida, en el interior del cuerpo, tiene por esta razón una sexualidad más extendida por toda la superficie corporal.

Por la menstruación, el embarazo, el parto o la lactancia necesita estímulos que vayan más allá de la mera excitación orgánica en el intercambio sexual. Para que la relación funcione de forma satisfactoria, necesita compartir también afectos y percepciones que se mueven en una zona invisible.

A la energía sexual se la llama, desde las teorías de Freud, “libido”, que significa “deseo” en latín. Es esa fuerza interna que nos empuja hacia lo que deseamos porque nos produjo placer. Esta libido, según afirma el creador de las teorías del psicoanálisis, se puede trasladar a otros campos de la vida, que no tienen porqué ser específicamente sexuales.

Además de esta libido, continuarán las teorías del checo, nuestro desarrollo psicosexual tiene un origen bisexual, lo que significa que, en principio, tenemos disposiciones tanto masculinas como femeninas. En la conquista de una identidad sexual reprimimos una para identificarnos conscientemente con la otra. Lo reprimido se transforma y se expresa de múltiples formas.

Quizá una de las grandes dificultades para entendernos hombres y mujeres es que ambos rechazamos nuestras disposiciones ocultas. Sin embargo, indagando en ellas, no sólo nos entenderíamos más a nosotros mismos, sino también al sexo “opuesto” que llevamos dentro.

La sexualidad es creativa, se alimenta de una interrelacion entre lo propio y lo ajeno y nos lleva a producir placer para que otros disfruten mientras nosotros lo pasamos bien. ¿Se puede perdir más?