El aura de Linda Evangelista

  • A sus 48 años, la modelo, que fue mil mujeres en una, se convierte en el símbolo del magnetismo y de la magia de la feminidad según Loewe y su última fragancia, Aura, de la que es imagen.

"ºNadie sabe qué es, no puedes controlarlo, no puedes verlo. Solo sentirlo”. Linda Evangelista (Ontario, 1965) mira a la cámara como si se tratara de una confidencia. Habla de la última fragancia de Loewe, Aura, en el bellísimo spot rodado en Madrid para su lanzamiento. Pero también habla de ella misma, del secreto que la convirtió en una de las reinas del dorado Olimpo de las modelos de los 90 y que hoy, a los 48 años, la sigue manteniendo en la cumbre de las más solicitadas y mejor pagadas. 

Como Naomi Campbell, Christy Turlington, Tajtiana Patitz o Cindy Crawford, Linda fue protagonista de las pasarelas y de las portadas por encima de las marcas, los diseñadores o las campañas. Mujeres fuertes, de una pieza, y con un punto irónico que no siempre se entendió, como cuando la propia Linda dijo en una entrevista que ninguna de ellas se levantaba por menos de 10.000 dólares. “Nosotras no estamos de moda, somos la moda”, aseveró en aquellos años del reinado de las supermodelos. 

Pero, a diferencia de Naomi, Christy o Cindy, Linda nunca fue solo Linda, sino todas las criaturas que el objetivo del fotógrafo era capaz de soñar. Su fuerza y su atractivo irresistible radicaban en su capacidad para ser siempre otra, dúctil y cambiante como los rayos de la luz en el agua. Su carrera despegó gracias a un corte de pelo, el mítico bob del estilista Julien d’Ys. Linda lloró a mares mientras veía caer los mechones de su melena, pero a partir de entonces se consagró como una de las más grandes. Se convirtió en todas las mujeres: la ingenua morena, la rubia de melena desbordante, la pelirroja chispeante y libertina. Jugaba con las máscaras y las pelucas como una maga. “Es un Stradivarius. Incomparable a ningún otro instrumento”. Son palabras de Karl Lagerfeld. 

Delicada como el champán

Fue el fotógrafo Steven Meisel el que probablemente supo sacar de ella lo mejor de sí misma. Su adoración mutua se fraguó a finales de los 80, cuando una jovencísima Linda Evangelista trabajó con él en una sesión junto con el maquillador François Nars y el peluquero Oribe. “Por Steven sería capaz de hacer cualquier cosa, ¡incluso besar a un chimpancé!”, recordaba ella. “Era como el cristal, como el estallido del corcho de una botella de champán”, evocaba Meisel. “Su sonrisa, sus encías, el brillo de sus ojos. Nos enamoramos profundamente”. 

Linda había decidido que la moda sería su vida con tan solo 12 años. Si algo le apasionaba era dar color a su gris uniforme de colegiala con botas de cowboy y bandas de colores en el pelo. En la pequeña ciudad de St. Catherines, en la región de Niágara (Canadá) en la que había nacido, sus padres, inmigrantes italianos de estricta fe católica, no le dejaban muchas más oportunidades para ser ella misma. A pesar de todo, su madre la matriculó en una escuela de maquillaje y protocolo, y a los 15 años Linda empezó a trabajar como modelo fotográfica para algunas tiendas de la ciudad por ocho dólares la hora. Debía estar en casa antes de las 10 y solo le estaría permitido tener citas a los 19. Por eso, el concurso de belleza Miss Teen Niágara representaba una oportunidad. Y, aunque perdió, supo aprovecharla: entre el público estaba sentado un agente de Elite Model, que le dio su tarjeta. Linda aún tuvo que esperar dos años para poder llamarle, pero su destino estaba escrito. Y su propia madre la acompañó a Nueva York para firmar su primer contrato.

El apartamento para modelos que la agencia tenía en el Upper East Side de Manhattan fue la primera estación de su viaje. Inmediatamente, Elite la mandó a París. “Mi deseo era trabajar en una industria en la que tuviese un sentido de pertenencia, esa era mi única intención. Nunca pensé que tendría tanto impacto”, cuenta. Posó para los mejores (Mondino, Testino, Lagerfeld, Lindbergh, Meisel...), apareció en todas las cabeceras de Vogue, se convirtió en la musa de Azzedine Alaia y Versace y desfiló para todos los grandes: Chanel, Dior, Lacroix... Su rostro ha marcado más de 600 portadas. 

Destilando feminidad

Por esa cualidad suya para transformarse, por ese don para ser ella misma sin fisuras y al tiempo mil mujeres distintas, que le valieron el apodo de “camaleón”, Linda encarna mejor que ninguna otra la esencia de la feminidad más perturbadora, esa magia inaprensible que es el aura, como el nuevo perfume de Loewe del que es imagen. Ya no hay cambio de pelucas, sino una elegancia serena y refinada, el destilado final de ese talento suyo para materializar los sueños del fotógrafo, del estilista, del diseñador. “Aura es la energía o la vibración de una persona, puede que incluso algo espiritual”, explica. Esa energía suya está ahora cargada de muchas otras identidades, especialmente la de madre luchadora. “Mis musas son todas las mujeres fuertes, particularmente las madres solteras trabajadoras. Mi hijo es el mayor logro de mi vida. Me hace sentir orgullosa y feliz. No me puedo separar de él, pero cuando no tengo más remedio que hacerlo, siempre se queda con mi familia”.

De aquí a la eternidad

El pequeño Augustin, nacido de una breve relación con François-Henri Pinault, dueño de uno de los más importantes imperios del lujo –actualmente casado con Salma Hayek y padre de su hija Valentina Paloma–, concentra hoy toda su energía. Para él, ella es una madre leona y, como tal, no dudó en pleitear durante meses con Pinault para asegurarle la manutención que creía justa: 46.000 dólares mensuales. 

Augustin llegó cuando Linda tenía 42 años y una década después de un trágico aborto del bebé que esperaba junto a su pareja de entonces, el futbolista francés François Barthez. Siempre deseó tener una familia numerosa, o al menos eso contaba en las entrevistas cuando estaba en el apogeo de su carrera. Era una diosa, pero también quería ser una “mamma” italiana. “Pero la vida nunca transcurre como una ha previsto”, confesaba años después. La pérdida de su primer hijo la hizo retirarse del mundo de la moda durante tres años. 

Hoy Linda ha regresado a su lugar en la cumbre, el que en realidad nunca abandonó. Manolo Blahnik, que dio su nombre a una de sus creaciones, dijo hace poco: “Creo que Kate Moss tendrá una carrera muy longeva, pero Linda será eterna”. 

 

Una top en Madrid

Una mujer elegante y bellísima, enfundada en un trench negro de piel, camina por la Gran Vía de Madrid. Mira escaparates, sortea el tráfico y atrae todas las miradas. Es Linda Evangelista. La nueva campaña de Aura de Loewe se rueda...

 

En un jardín de flores blancas...

“Me encantan los perfumes y los aceites esenciales –explica Linda Evangelista–. Suelo cambiar según mi humor. Me gustan mucho las flores blancas, como el jazmín, la tuberosa o la gardenia, me hacen sentir como si estuviese en el trópico. Mi abuelo solía coger hojas de albahaca y menta que colocaba detrás de su oreja mientras arreglaba el jardín. Yo también lo hago alguna vez”. 

La rosa de Otto, el jazmín, el sándalo, la grosella y la emblemática piel de Loewe convierten Aura en una eau de parfum floral y amaderada, con un alma clásica, y al tiempo innovadora y sorprendente. “Por eso me siento identificada”, dice Linda. Es misteriosa e inspiradora como ella. Inaprensible. Musa e icono. (88 €, 80 ml)