Kardashian hasta en la sopa…

Llevo días tratanto de evitar el tema por todos los medios, pero la carne es débil y mi tenacidad tiene un límite. Así que me rindo: hablemos de Kim Kardashian.

Efectivamente, la reina indiscutible de los reality shows está de buen año. Tiene excusa (bebé a bordo), pero la prensa del corazón no le da tregua: que si ha engordado 25 kilos y aún le quedan cuatro meses de embarazo, que si no deja de comer, que si “comosedescuide” con la báscula Kanye West se va a por tabaco y no vuelve más… En fin, todo tipo de lindezas. A lo que ella ha contestado muy enfadada: “Llamar gorda a una embarazada es de abusones”.

Y tiene razón. Más que un santo. Claro que si tu sustento, y el de toda tu progenie, depende de diseccionar cada intimidad de tu vida delante de las cámaras, también es fácil contestarle aquello de: “Tú te lo has buscado, chata”. Además, sus estilismos parecen pensados a mala uva para dar cuartelillo a las lenguas viperinas: escotes imposibles, vestidos de cuero ultra-ceñidos a sus curvas premamá, pantalones de chándal más estiletos, minifaldas con volantes… Todo muy tremendo.

Pero lo peor, vaticino, está aún por llegar. Pienso en la baby shower –dícese de la fiesta previa al nacimiento de un niño que sirve para celebrar la buena nueva y agasajar a la embarazada con vestiditos, baberitos y patuquitos varios– y me pongo a temblar. Conociendo a esta familia y su gusto por la ostentación tendrá el presupuesto de la boda de un grande de España.

¿Que cómo lo sé? Pues porque hace poco yo misma asistí a una. Es más, la homenajeada era armenia, como todo el clan Kardashian. La fiesta en cuestión fue mucho más comedida, por supuesto, pero me sirvió para hacerme una idea. Me comentaba mi amiga que con una familia armenia es imposible hacer celebraciones petit comité. Y doy fe: 60 invitadas, más comida que en muchas bodas y regalos para dar, regalar y exportar.

Yo, que hasta entonces era una profana en la materia, aprendí aquel día las reglas de oro del baby shower. Tomad nota:

  • Sólo las chicas están invitadas: amigas, tías, abuelas, sobrinas, vecinas del tercero izquierda… Ellos ayudan a decorar, sacar fotos o aparcar coches. Y si tienen suerte, pican algo del catering.  
  • La embarazada no organiza nada, que no está para esos trotes. Una amiga abnegada y habilidosa se encarga de todo. Y sin comisión. Este es el verdadero milagro de la vida. 
  • Déjate el sentido del ridículo en casa, los pequeños concursos y pruebas de temática infantil (o “embarazil”) requieren bajas dosis de vergüenza (propia y ajena). 
  • Los regalos funcionan como una lista de bodas. Sólo que en vez de ir a comprar candeladros a Habitat, terminas eligiendo chupetes en Babies R’us. 
  • Compra un papel de regalo con motivos infantiles, a poder ser en tonos pasteles. Horror y pavor cuando comprobé que mi regalo era el único en una mesa con más de 40 paquetes empapelado a rayas estridentes. Error de novata. 
  • Siempre hay algo de alcohol, aunque suele estar camuflado de limonada o té helado. Pero es fácil de identificar: se acaba antes que cualquier otra bebida. Encuéntralo rápido, lo vas a necesitar. 
Tengo entendido que las baby showers está colonizando la península poquito a poco. Empezaron las famosas más pijas de Madrid y me cuentan que va llegando sin prisa, pero sin pausa a las provincias. Es cuestión de tiempo. Y si no, mira Halloween, que pronto ha calado en la idiosincrasia patria…

Autora La espía

Mi código postal: 90210. Mi trabajo: espiar a mis famosísimos vecinos de mi barrio y aledaños.

La espía
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Te cuento lo que se dice en los pasillos de los estudios de cine y TV, los hoteles de lujo y los restaurantes de moda de Los Ángeles, la única ciudad capaz de ser decadente de día y glamurosa de noche.