Salía corriendo. Dejaba demasiado atrás. Veinte años al lado de ella. Queriendo que su negocio funcionara. Siendo amable con todas aquellas mujeres que, a veces, me sacaban de quicio. Entré como aprendiza y ahora tenía ¡tanta experiencia!.

Las cosas no iban bien entre nosotras los últimos tiempos. Ella apenas aparecía por el negocio. Era su negocio, no el mío. Cuando venía me desautorizaba ante las demás compañeras.

No entendía por qué era yo la responsable si luego reaccionaba así. Estaba cambiando mucho, demasiado. Le había comentado a su hija que si la había visto un especialista. Estaba rara.

Era el momento
. O lo hacía ahora con mis treinta y tres recién cumplidos o me acomodaba a un sueldo fijo sin más aspiraciones.

Me apoyaban. La decisión sólo mía. Era difícil, cuando las cosas salen bien todos dicen “acertaste”, cuando no, “tenías un buen puesto y te ganabas bien la vida”. Siempre me dice que sí, desde que nos hicimos novios nos apoyamos en nuestras decisiones y nos ayudamos. Esta vez lo hizo incondicionalmente. ¡Me gustó!.

-“Por favor… es mi cumpleaños ¿no podías cortarme un poco el flequillo?”, una de las clientas me susurró al oído. Dudé. Siempre había sido callada y tolerante.

Posiblemente una de las que me seguirían y lo hice. La última vez que cojo las tijeras, el peine, miro a través de aquellos espejos con las maderas verdes con flores rojas. Sin mirar atrás atravieso por última vez el local. Dejo atrás amigas, enemigas, muchos cortes de pelo, melenas teñidas, pelos desrizados, cortes a niños, jóvenes y ancianos.

Y muchos dolores de espalda. Mi primer novio, los preparativos de mi boda. Los partos de mis hijas y mucho vivido. Entré siendo aprendiza y me voy para ser la dueña de: Mi peluquería. Se llamará; “MECHAS DE COLORES”