Una niña que le llora susurrando a su madre para que el vecindario no la oiga, que por favor no tome otra copa que se está haciendo daño; unos niños que se esconden en el patio de un colegio porque su madre los va a recoger y está tan borracha que ni se tiene en pie; una niña que no sale a la calle a jugar por apuro a toparse con su padre en el regreso a casa pegàndose esquina contra esquina por la embriaguez. Otra niña que alcanza la madurez y que se da cuenta de que, en todos los años de su vida, jamás ha podido mantener una conversación seria con su papá porque el único momento en el que éste estaba sereno era al despertar, pero se despertaba con mal humor, tembloroso y envuelto en sudor y escalofríos.

Después de haber visto a estas personas en las situaciones arriba descritas y después de haberlo vivido en mi propia piel, me propongo en estas lineas concluir si el alcohólico es una víctima que se apaga a sí mismo año tras año, o si quizá es el cazador cazado, un antiguo egoísta que sólo miraba por su propia diversión abandonando mujer, hijos, aficiones y trabajo.

Una madre, con cuatro hijos, que se levanta exactamente todas las mañanas de su vida a las cuatro para fregar escaleras y obtener un jornal con el que dar estudios a sus hijos, ya que a su marido siempre lo echan del trabajo por aparecer bebido; o una madre que sonríe en la mesa y que con gran elegancia defiende el poco honor que le queda a su marido alcohólico, todo por hacer un ùltimo esfuerzo para que sus hijas no sufran.

El alcoholismo es el mayor problema de salud, tanto social como económico. Está implicado en más de la mitad de accidentes de tráfico, y un alto porcentaje de suicidios se cometen combinando el alcohol con otras sustancias, además de las muertes ocasionadas por las complicaciones fìsicas que acarrea esta enfermedad.

Psicológicamente sufren mucho más los familiares del alcohólico que él mismo. Primero, por la vergüenza social que les supone a sus hijos cuando son niños: nunca tuvieron unas Navidades dignas y si viajaban en coche, iban con un mentiroso al volante que jamás reconocía haber tomado dos o tres copas previamente, para que el pulso dejara de temblarle. Imaginémonos qué sentirán estos niños cuando vuelven con sus preocupaciones a casa y no tienen a quien contárselas. Nadie los escucha. Su padre o su madre ha vuelto a beber y encima, les toca presenciar la nueva función de esta noche, un espectáculo más para no olvidar. Es como la pescadilla que se muerde la cola, ya que muchos de estos niños cuando alcanzan la edad adulta caen también en la trampa mortal del alcohol, esa que te mata lentamente, con la mayor de las crueldades.

Algo así me hace pensar que la razón a tal comportamiento debe encontrarse forzosamente en anomalías genéticas o bioquímicas. No hay una causa definida del alcoholismo, pero hay factores que pueden jugar un papel en su desarrollo. Es más probable el desencadenamiento de un alcoholismo en las personas con algún familiar alcohólico que en otras que no lo tienen. A veces el alcohólico se sana temporalmente.

Siempre ha de estar alerta porque si en algún momento interrumpe su situación de abstinencia tan sólo con una copa, ésta lo encarcelará de nuevo. Una conducta tal, me lleva a reafirmarme en que el alcoholismo no es un tipo de delincuencia social sino una enfermedad. Hasta que las causas primarias del alcoholismo sean descubiertas, el problema no puede ser prevenido; por eso, unos hábitos sociales correctos son fundamentales para la prevención de su abuso.

No existen presuntos alcohólicos, solo alcohólicos. Lleva muchos años reconocer o descubrir que una persona a quien estimas tiene un problema serio con la bebida, pero verlo con claridad y no disimularlo será siempre la opción más sabia, pudiendo actuar sobre la verdad, sin crearse un mundo onírico lleno de mentiras.