En 1896, la revista satírica británica Punch publicaba la caricatura de una dama, enfundada en un encorsetado vestido largo y sujetando una sombrilla, cruzando un río africano infestado de cocodrilos. Al pie de la misma se podía leer: “¿Una mujer exploradora? ¿Un viajero con faldas? La imagen es más bien ridícula. Que se queden en casa cuidando niños o zurciendo camisas y que no se les ocurra ocuparse de la geografía”.

En aquella Inglaterra victoriana, la imagen de una mujer exploradora era más que ridícula, subversiva. No sólo se creía que no estábamos capacitadas física ni mentalmente para viajar, sino que las que se atrevían a hacerlo eran tachadas sin miramientos de “feas, inmorales y masculinas”. Por fortuna, hoy las cosas han cambiado y, aunque las hazañas masculinas tienen una mayor proyección mediática, ya nadie duda de que podemos llegar a donde nos propongamos. Y si no que se lo pregunten a Chus Lago, la gran alpinista gallega que acaba de regresar del Polo Sur tras recorrer en solitario mas de 1.000 kilómetros de superficie helada arrastrando un trineo de 100 kilos. No es ésta su primera gesta: en 1999 se convirtió en la primera mujer que coronó el Everest sin ayuda de oxígeno.

Entre las pioneras olvidadas que han abierto el camino a españolas de la talla de Chus Lago destaca con luz propia la señorita Mary Kingsley. Esta solterona dedicada por entero al cuidado del hogar, a la muerte de sus padres decidió recorrer sola la costa occidental africana, bautizada entonces como “la tumba del hombre blanco”. Antes de partir, redactó su testamento y se despidió de sus amigos a los que creyó que nunca más volvería a ver. Aunque se enfrentó a caníbales hambrientos, animales salvajes y un clima mortífero, Mary, al igual que Chus, nunca desfalleció ni perdió el humor.

La única fotografía que se conserva de la señorita Kingsley data de 1896 y en la misma luce un vestido negro de cuello alzado que le da un aire de estirada institutriz. Ella detestaba este retrato, que no refleja en absoluto su auténtico espíritu; el espíritu de una dama indómita que demostró a los misóginos hombres de ciencia de su época que, hoy como ayer, con valor, fuerza de voluntad y ansias de conocimiento, una mujer no tiene límites a la hora de viajar, incluso siendo una tranquila ama de casa.

P. D.: Mary Kingsley fue una pionera, pero el relevo parece asegurado.

Cada día viajan más mujeres y algunas agencias organizan rutas para ellas, como “El camino de las mujeres”, de Viajes Sanga, que pretende acercar a las occidentales a la realidad de las mujeres de la India, Birmania o Vietnam.