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Redes sociales, el refugio donde tus hijos cultivan sus trastornos alimentarios

La apología de la anorexia y la bulimia en internet se está multiplicando. Los contenidos online que fomentan estos trastornos han aumentado un 470% en los últimos años

Ana López-Varela

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Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) no son nada nuevo. Se trata de “desórdenes mentales caracterizados por un comportamiento patológico frente a la ingesta y una obsesión por el control de peso”. Así los define la ACAB (Asociación contra la Anorexia y la Bulimia) y existen desde mucho antes de que se inventara internet. Pero lo cierto es que la red ejerce un efecto multiplicador sobre ellos. Y tiene todo el sentido ya que el grupo más vulnerable de sufrir estas enfermedades son los jóvenes y adolescentes de entre 12 y 24 años. Precisamente el colectivo que más utiliza las nuevas tecnologías –el 96% de ellos consume internet a diario y el 83% tiene perfiles activos en las redes sociales–.

Así, desde que comenzó el uso masivo de plataformas como Facebook o Instagram, las conductas de riesgo relacionadas con este tipo de trastornos han crecido un 20% entre los más jóvenes. De hecho, el 75% de las personas que consultan webs pro anorexia y pro bulimia son menores de edad, según un informe de la Agencia de Calidad de Internet (IQUA) realizado para la Fundación Imagen y Autoestima. Se trata de una tendencia peligrosa pues en el ciberespacio resultan habituales los contenidos relacionados con trastornos de la conducta alimentaria. Comentarios en los que los usuarios no sólo no condenan sus malos hábitos sino que los fomentan.

La red ejerce un efecto multiplicador sobre los TCA pues el grupo más vulnerable de sufrirlos son los jóvenes y adolescentes

Basta con realizar una búsqueda de la palabra “anorexia” en Google para darse cuenta de lo extremadamente sencillo que es conseguir trucos para caer en ella. “Comer frente al espejo, casi sin ropa para ‘tomar conciencia de la grasa’; beber vinagre de manzana antes de las comidas para que te den asco; masticar hielo para contener la ansiedad; llevar una goma en la muñeca para infligirse dolor al tener sensación de hambre y así ‘evitar tentaciones’, mojarse los dedos para vomitar más fácilmente y abrir el grifo y poner la música alta para evitar que te escuchen…” Son, en su mayoría, consejos para reducir la ingesta hasta el extremo, gastar todas las calorías posibles o disimular ese comportamiento dañino ante familia y amigos.

El perfil de los usuarios de estas páginas son preferentemente chicas (95%) que desean adelgazar a cualquier precio y se acercan de manera muy peligrosa a este tipo de desórdenes. Además de compartir sus experiencias, también se apoyan y se retan, como si de un juego se tratase, para alentarse en sus metas. Conseguir que la cadera ocupe el ancho de un A4 o sujetar el mayor número de monedas en el hueco de la clavícula son dos ejemplos de las macabras prácticas que llevan a cabo para demostrar su férrea voluntad para bajar de peso.

Los contenidos en redes sociales que fomentan la anorexia y la bulimia han aumentado un 470% en los últimos años. Existen dos millones y medio de publicaciones etiquetadas con #anorexia y casi cuatro millones detrás de los hashtags #ana (anorexia) y #mia (bulimia). Un panorama desolador ya que, de acuerdo al estudio Mesa de Diálogo para la prevención de TCA realizado el pasado año por la ACAB, el 60% de los pacientes con trastornos alimentarios buscan en las redes sociales contenidos que ponen en riesgo su salud. Sin embargo, en el 87% de los casos la familia desconoce estos hábitos, y sólo en el 40% de los casos la familia acaba enterándose del problema.

En el 87% de los casos de TCA la familia desconoce estos hábitos, y sólo en el 40% de los casos la familia acaba enterándose del problema

Por desgracia, los trastornos de la conducta alimentaria son la tercera enfermedad crónica más frecuente entre adolescentes y la patología mental con mayor mortalidad. Ante esa realidad, resulta fundamental la prevención. Empezando por gestos sencillos como evitar comentarios negativos sobre el físico, fomentar las comidas en familia –al menos una al día– y desarrollar el sentido crítico hacia los estereotipos que hay en la sociedad.

¿Tu hijo protesta cuando insistes en que coma? ¿Se salta o rechaza comidas y se niega a tomar determinados alimentos? ¿Parece que tuviera remordimientos al hacerlo? ¿Pregunta el menú diario como hábito? ¿Se mira muy a menudo en el espejo o se entrena compulsivamente? ¿Ha adelgazado de forma considerable en los últimos meses? Tal vez podría estar sufriendo un TCA y observar sus redes sociales puede ser un indicador de gran ayuda para los progenitores.

Tal y como recuerdan los expertos de Por un uso Love de la tecnología –iniciativa con la que Orange quiere concienciar a las familias de la importancia de un uso responsable de internet y las redes sociales–, la comunicación entre padres e hijos es imprescindible para afrontar este tipo de problemas. Además, hay que predicar con el ejemplo. En un mundo en el que a diario se clican una media de 4,2 mil millones de me gusta en Instagram, los adolescentes miden el reconocimiento y la aceptación del grupo a través de cómo es recibida la imagen que proyectan. Si los progenitores están todo el tiempo a dieta, si usan los alimentos para lidiar con las emociones o durante las reuniones familiares se habla todo el tiempo de la necesidad de lucir un buen físico, resultará difícil animar al adolescente para que tenga una alimentación saludable o se sienta satisfecho con su apariencia.

En internet encuentran trucos para reducir la ingesta hasta el extremo o disimular ese comportamiento ante familia y amigos

Esa necesidad de agradar a los demás, la llamada presión de grupo, es uno de los factores de riesgo de los TCA que se magnifica en las redes sociales. Según un estudio realizado por el Centro de Mapeo Cerebral de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) los adolescentes dedican entre seis y nueve horas diarias a sus redes sociales. Durante todo ese tiempo, se enfrentan a un examen continuo. El hecho de considerar el like como un baremo de integración social implica que el hecho de no recibir los suficientes me gusta influya directamente en su autovaloración. Esa búsqueda constante y desmedida de reconocimiento en internet y las RRSS puede derivar en sobreestimulación, problemas de identidad o de autoestima, e incluso estos trastornos alimentarios.

Las conversaciones en familia son la mejor fórmula para que los jóvenes aprendan a reconocer y evitar las consecuencias indeseadas de esa dependencia de la aceptación social. Pero no siempre se encuentran cómodos y tienden a buscar consejo fuera de casa. Curiosamente en el mismo lugar donde se han sentido maltratados de alguna manera. Así, Internet se ha convertido en el refugio de miles de jóvenes con trastornos de la alimentación. En las redes sociales han creado un universo propio con símbolos y un imaginario común (las princesas #ana y #mia, por ejemplo) para poder identificarse entre ellos. Espacios virtuales donde las víctimas se retroalimentan, compartiendo información y consejos nocivos. Debido a ello, muchas veces es complicado detectar estas conductas en casa.

Diez señales que pueden indicar un TCA

Demuestra un interés nuevo por la composición calórica de los alimentos, dietas y peso sin tener problemas de sobrepeso. Consulta con mucha frecuencia webs y revistas de adelgazamiento, y pregunta en la farmacia acerca de dietas o por productos adelgazantes.

Ha decidido realizar una dieta por sobrepeso sin control médico o nutricional. Es probable que intente prepararse los alimentos por su cuenta, en lugar de tomar lo que la familia tenga previsto.

Además, monitoriza su peso frecuentemente –lo hace en la farmacia y en solitario–.

Experimenta una alteración de la conducta alimentaria siendo evidente la restricción calórica. Trata de saltarse comidas, inventando excusas para no tomarlas, o se ha acostumbrado a tirar y esconder la comida o visitar el baño durante la cena.

Ha sufrido una pérdida de peso y/o no recuperación tras una enfermedad –por ejemplo infecciosa–. Después de las comidas se queja de estreñimiento, reflujo o dolor abdominal pero sin causa médica diagnosticada. Sufre de vómitos autoinducidos o referidos como espontáneos pero también sin razón médica –en este caso podría tener callosidades en los nudillos o problemas de pérdida del esmalte dental que evidenciarían su asiduidad–.

Ha sufrido una amenorrea (prueba embarazo negativa) o retraso de inicio de la menstruación. O siendo diabético ha omitido sus dosis de insulina como método adelgazante.

Acusa un interés repentino por realizar una actividad física intensa.

Experimenta cambios frecuentes en su estado ánimo: irritabilidad, incontinencia emocional, llanto frecuente, aislamiento…

Se aleja de las actividades sociales normales. Ha aumentado las horas de estudio con una nueva e importante obsesión por el rendimiento académico.

Cuando la familia se muestra alertada por las conductas observadas, el adolescente responde con negación manifiesta y gran carga emocional.

Este decálogo, elaborado a partir de las pautas de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de Conducta Alimentaria (A.E.E.T.C.A.), deja también claro que en caso de sospecha, el médico de tu hijo puede ayudarte a identificar los primeros signos de un trastorno de la alimentación. Por ejemplo, en las citas médicas de rutina, se pueden buscar cambios inusuales en el índice de masa corporal o en los percentiles de peso. Es un profesional que puede hablarle sobre los hábitos alimentarios recomendados, la rutina de ejercicios saludable y la imagen corporal. Y, si lo considera necesario, podría derivarlo a un proveedor de atención de la salud mental.

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con Love Orange. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.

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