La alfombra roja de los Grammy era un circo de varias pistas cuyas fieras estaban más desbocadas que de costumbre. La desmesura era la etiqueta. El exhibicionismo, casi una obligación: Fergie y sus transparencias, Rihanna y su desdén por la elegancia, la melena azul de Katy Perry o Lady Gaga y su indescriptible modelito de turno.

Y entre tanta ostentación vacua y tanta declaración de intenciones fashionistas, la elegancia de Adele, con un vestido negro de Armani, parecía lanzar un mensaje encriptado al resto de divas: no hay que pasar por la fábrica de las 'pop stars' y rebozarse en estridencias para ser una estrella. Porque a la cantante inglesa, que fue la triunfadora en la última edición de los premios y se llevó a casa seis gramófonos, no la define ni su look ni sus extravagancias. «No soy un producto, nadie logrará convertirme en eso», ha dicho.

A sus 23 años, Adele es pura seguridad. Poco le importa que su figura esté siempre en la picota o que cuando una revista de moda ‘se atreve’ a sacarla en su portada, el plano sea tan corto que solo se vea su cara. «No siento ninguna presión por adelgazar. Soy feliz tal y como soy», ha dicho. «Me encanta la comida y odio ir al gimnasio. No quiero estar en la portada de 'Playboy' o 'Vogue'. Quiero estar en la portada de 'Rolling Stone'. Prefiero pesar una tonelada y hacer un gran disco, que parecerme a Nicole Richie y hacer uno que sea una mierda. Mi objetivo en la vida nunca ha sido estar delgada», ha explicado.

Es más, advierte que si algún día sucumbe a la dictadura de la báscula, entonces será el momento de alarmarse. «Si alguna vez estoy delgadísima, es que algo va realmente mal». De esa confianza a prueba de comentarios tiene que darle las gracias a su madre, Penny, que la tuvo cuando tenía 18 años. Su padre biológico, Mark, desapareció pronto y su relación con él siempre ha sido distante. «Se ha dicho que le odio, pero no es cierto. Es mi padre», ha explicado la cantante, que creció junto a su madre, su padrastro –del que luego Penny se separó– y una extensa familia en Tottenham, al norte de Londres.

«Tenía 30 primos que vivían cerca de casa. Iba a verlos y siempre estaban peleándose. Luego, volvía a casa, a mi habitación ordenada, con juguetes que no estaban rotos y no tenía que pelear por mi Barbie. Tenía lo mejor de ambos mundos».

Fue su madre, que siempre tuvo vocación artística, la que la animó a perseguir el sueño que ella no pudo cumplir. «Era muy joven cuando me tuvo. Probablemente, hubiera ido a la universidad y habría hecho algo artístico. Por eso siempre me ha animado… Está encantada y orgullosa. Estoy viviendo su sueño y por eso es más dulce para las dos», ha comentado.

Con cuatro años ya cantaba y con ocho amenizaba las cenas familiares con imitaciones de su grupo favorito: las Spice Girls. «Ellas hicieron de mí lo que soy ahora. Y lo digo completamente en serio». Más tarde, descubriría el soul cuando, revolviendo en una tienda de segunda mano, encontró una caja llena de viejos discos de Ella Fitzgerald y Etta James. Fue una revelación.

Cuando terminó la escuela secundaria, en un centro cuya «única ambición consistía en que las alumnas no nos quedáramos embarazadas», se matriculó en la BRIT School, el centro de artes escénicas por el que han pasado artistas como Leona Lewis o Amy Winehouse. En 2006, una amiga suya colgó en Myspace una maqueta que Adele había grabado para una asignatura. Las tres canciones llamaron la atención de una discográfica, XL Recordings. Adele se llevó a una amiga a la reunión y salió de allí con un contrato. Su primer álbum, 19, salió a la venta en 2008 y fue un éxito instantáneo, pero quizá abrumador para una adolescente.

Cuando estaba a punto de comenzar su gira por Estados Unidos, Adele canceló todos sus conciertos sin previo aviso. No quería recibir llamadas, e-mails o mensajes y así se lo comunicó al sello discográfico, a su mánager y a su publicista. Más tarde, explicó que la culpa la tuvo un chico. «No podía soportar estar sin él, así que dije: ‘Voy a cancelar el tour’. Ahora no puedo creer que hiciera eso. Fui tan desagradecida… Además, estaba bebiendo demasiado porque esa era la base de mi relación con él». Después de tres meses volvió a sus cabales. Dejó de beber y se trasladó a su nueva casa en Notting Hill.

Ahora, se refiere a aquel momento como su ‘crisis de la temprana edad’. Pero aquel novio, cuya identidad sigue siendo un misterio, jugó un papel clave en su vida. De hecho, Adele confiesa que hubiera renunciado a todo por él. «Ahora estaría cantando en la ducha, pero sí: hubiese renunciado a mi carrera, a mis amigos, a mis 'hobbies'... Lo hubiese dejado todo por él».

Pero no funcionó: él la engañó y ella le dejó con un SMS. «Cariño, no puedo seguir con esto», fueron sus escuetas palabras. Y cuando, poco después, firmó su segundo contrato y tuvo que ponerse a escribir sus canciones, la ruptura fue su musa. El resultado: 21, su segundo disco. «Aún le quiero. Saqué un disco de él. Le he usado yo más a él que él a mí», ha dicho. Pero el éxito no curó su corazón roto. «No tener a alguien con quien compartir aquello me hizo muy infeliz. Solo quería amar y ser amada. Eso fue hasta que me di cuenta de que, en realidad, podía compartirlo con millones de personas». 

Aun así confiesa que odia estar soltera, que se enamora con facilidad –su hombre ideal es una mezcla entre Colin Firth y Michael Buble– y que ha aprendido la lección. «No volveré a escribir nunca más un álbum sobre una ruptura. Me he cansado de ser una bruja amargada». Pero al contrario de lo que pudiera parecer por sus letras melancólicas, Adele es alegre, habla por los codos y presume de sentido del humor inglés. «Cuando la gente me conoce, se sorprende. Soy justo lo contrario que mi música». 

Ahora quiere tomarse las cosas con más calma en el terreno amoroso. «Siempre estoy trabajando y por eso mis relaciones fracasan. Quiero escribir un disco positivo. Y estar enamorada y ser feliz. Y luego, ya veremos… Quizá casarme, tener hijos, plantar un huerto…», contó recientemente a la revista Vogue, de la que por cierto ha sido portada.

Podría haber elegido el escándalo como atajo para ascender, pero dice que no es una party girl: «No he tomado una droga ilegal en mi vida». Aunque tampoco va de santa. «La cocaína está por todas partes en este negocio. Sería fácil caer porque tengo una personalidad muy adictiva. Fumo 30 cigarros al día y, en el pasado, bebía demasiado. Sé que podría caer en otras cosas y no quiero… Un familiar cercano murió por culpa de la heroína y me da mucho miedo».

Tampoco quiere distracciones. Cuando no está actuando viste vaqueros, zapato plano y casi siempre escoge el negro. «Soy como Johnny Cash», bromea. Y ya ha advertido que no quiere ser imagen de ninguna marca «a no ser que sea Coca Cola alta en grasa». Ella solo piensa en cantar. Especialmente desde que una hemorragia en sus cuerdas vocales amenazara su voz. 

Después de una operación que la obligó a estar dos meses sin pronunciar palabra, Adele está lista para volver al estudio. Quiere crear sin distracciones. Las exhibiciones de alfombra roja se las deja a sus compañeras de gremio. «Me encanta que Lady Gaga o Katy Perry enseñen sus tetas y su culo en el escenario. Me parece genial, en serio. Pero mi música no tiene nada que ver con eso. No hago música para los ojos. Hago música para los oídos». Palabra de artista.