Elsa Maxwell: 50 años sin la reina de todas las fiestas

  • El 1 de noviembre se cumplió medio siglo de su muerte. Dicen que nadie supo divertir a los ricos y poderosos como ella. Y que nadie organizó fiestas mejores que las suyas. ella, por su parte, aseguraba haber asistido a más de 10.000. Su otra gran pasión fue despellejar a los famosos, un vicio que convirtió en su trabajo y con el que alcanzó la fama.

Se describía a sí misma como «vieja, gorda, fea e incluso monstruosa» y no pecaba de falsa modestia. Miren las fotos y juzguen ustedes mismos. O mejor, sigan leyendo y verán hasta dónde podía llegar su crueldad. Elsa Maxwell presumía de conocer a todo el mundo y en eso no mentía. Jugaba a las cartas con Churchill, comía con Marilyn, se dedicó a perseguir por todo el planeta a Maria Callas y presentó a Rita Hayworth y al Aga Khan

Durante décadas, permaneció en la sombra organizando las mejores fiestas, hasta que un buen día se convirtió ella también en una estrella gracias a sus columnas de sociedad y a sus apariciones en televisión. «Es famosa por nada», dijeron entonces, pero no. Como alguien respondió: «Elsa Maxwell es famosa por ser Elsa Maxwell», y eso ya era bastante. 

Todo empezó en Keokuk, una pequeña localidad de Iowa sin el menor glamour y en un hogar normal, aunque ella contaba que había nacido durante una representación de ópera. Por supuesto, mentía. Como mentía también con su edad, ya que durante toda la vida aseguró que había venido al mundo en 1883 y no en 1881. A los 12 años, según su propia versión, ocurrió algo que iba a cambiar su destino: una niña llamada Theresa Fair hizo una fiesta a la que Elsa no fue invitada porque su familia era humilde. 

«Me juré a mí misma que daría grandes fiestas a las que todo el mundo querría asistir y a las que solo invitaría a los ricos que tuvieran algo más que dinero», escribió en su autobiografía. Y, en efecto, así fue. O más o menos, ya que una de sus grandes innovaciones fue mezclar a la nobleza y las grandes fortunas con el mundo del espectáculo. Su otra gran revolución consistió en suavizar un poco las rígidas normas de etiqueta de la época. Una fiesta, como no se cansaba nunca de recordar, debía ser «divertida y no un ejercicio de disciplina». 

El camino a la fama
Aunque llegar ahí le costó bastante. Durante años, Elsa realizó todo tipo de trabajos relacionados con el espectáculo. Tocó el piano, cantó, compuso canciones, actuó aquí y allá, y llevó una vida nómada. Una costumbre que ya iba a quedarse para siempre con ella. «No tengo nada», le gustaba presumir. Lo suyo era vivir en hoteles. Eso sí, de la categoría del Waldorf Astoria de Nueva York, en el que residió durante años. También es cierto que algo de razón debía de tener al mostrarse tan despegada de lo material: al morir en 1963, le dejó menos de 10.000 dólares a Dickie, su compañera de toda la vida.

Otra de las grandes víboras del siglo XX, la también columnista Hedda Hopper, no veía tan claro el desapego de su rival y contaba cómo Elsa en cierta ocasión de apuro había dado el sablazo a unos cuantos amigos multimillonarios. A todos ellos les mandó un telegrama con la misma historia: necesitaba dinero para enterrar a su madre. ¿Quién sería capaz de negárselo?

Sea como sea, la vida de Elsa cambió cuando se cruzó en su camino Elsie de Wolfe, la que dicen que inventó la decoración tal y como la conocemos hoy y que además se dedicaba a organizar fiestas. Aunque el estilo de ambas mujeres era muy distinto –una sofisticada en todo lo que hacía y la otra, más bien vulgar–, las dos congeniaron enseguida y se entabló entre ellas una amistad que duraría hasta la muerte de Elsie. Fue ella la que la introdujo en las más altas esferas del París posterior a la I Guerra Mundial y la que le pidió que empezara a animar alguna de sus fiestas, aunque Elsa fue mucho más allá.

Su secreto consistía en sorprender siempre y no aburrir nunca. «Fue la monotonía de las otras fiestas lo que me llevó a inventarme las mías», solía decir, y cuentan que en cierta ocasión organizó una con cerditos andando por los pasillos. Aunque más divertida debió de ser aquella otra que ella bautizó como la «fiesta del odio», en la que cada invitado debía disfrazarse de su peor enemigo. 

Elsa, por supuesto, eligió a Faruq, rey egipcio en el exilio. Y todo porque años antes él la invitó a una fiesta y ella respondió con un telegrama en el que decía: «No me trato con payasos, monos o gangsters corruptos». El monarca la llevó ante los tribunales franceses exigiéndole una elevada indemnización. Los jueces le dieron la razón pero redujeron a 840 dólares la cantidad que la gran anfitriona debía pagarle. 

A ella se le atribuye también el empezar a celebrar ginkanas, búsquedas del tesoro y diferentes pruebas en sus fiestas. Y la verdad es que debía de ser muy divertido para sus invitados entretenerse con esos juegos. Aunque bien mirado, la mejor parte seguro que se la llevaba Elsa contemplando cómo los más ricos de su tiempo luchaban entre sí y se esforzaban buscando cualquier baratija o la siguiente pista. En 1927, una de estas ginkanas se le fue de las manos y llegó a provocar tal follón que aún hoy es recordada en París. Otro de sus clásicos fue la fiesta con asesinato incluido, en la que una modelo hacía de víctima y los invitados trataban de resolver el caso. 

Para la posteridad quedan también sus consejos sobre cómo organizar una fiesta y su odio furibundo contra los que ella consideraba los seres más despreciables del planeta: los aburridos. Su estrategia con ellos era clara: sentarles a todos en la misma mesa para se entretuvieran entre ellos y no molestaran a los demás. Maxwell argumentaba incluso que, a veces, de esa unión de muermos surgía el milagro y acababan riéndose como locos y pasándoselo mejor que nadie. Otra de sus tácticas era contar siempre con los hombres y las mujeres más guapas. «Son como flores, muy decorativos», solía decir, aunque de ese grupo había que excluir a las mujeres intelectuales porque ellas «no eran tan bellas». 

La Maxwell siempre aseguró que la clave de su éxito era la alegría que irradiaba y que atraía a todo el mundo, pero algunas personas que trataron con ella la describen como una mujer que no parecía feliz. Todo lo contrario: su mirada era triste y daba la impresión de estar siempre cansada. Tenía además una costumbre bastante molesta: comer chocolate continuamente. Incluso entre plato y plato. Debía de ser su único vicio, porque apenas bebía alcohol y consideraba que el sexo era «la cosa más agotadora del mundo. Por eso yo estoy tan joven: no lo practico nunca», comentó en una entrevista.

Pero entonces, ¿por qué o para qué perseguía a Maria Callas? Elsa Maxwell, a pesar de sus comentarios en contra de los homosexuales, mantuvo durante años una relación con Dorothy Fellowes-Gordon que muchos describen como lo más parecido a un matrimonio. Lo de la Callas fue una pérdida de papeles total por parte de Maxwell. Se enamoró de ella y se obsesionó hasta tal punto que la persiguió por medio mundo y en cierta ocasión compró la mitad de las entradas de un teatro en el que la diva iba a actuar con menor éxito del esperado. Y todo ello para que la soprano definiera a Elsa como un «viejo y gordo hijo de p...». O sea, justo lo que ella pensaba de sí misma pero en masculino. Aunque lo peor y más doloroso fue otro hecho: Maria Callas conoció a Onassis, el gran amor de su vida, en una fiesta que la Maxwell organizó en Venecia en 1957.  

Los duques de Windsor fueron grandes amigos suyos y pasaron muchas temporadas juntos. Los tres, de hecho, vieron en París y por televisión uno de los momentos más humillantes para el matrimonio: la coronación de Isabel II a la que no habían sido invitados. Aunque la relación tampoco estuvo exenta de tensiones, sobre todo por parte de Wallis Simpson, que en cierta ocasión hasta le pidió a Elsa que no utilizara su nombre para promocionar una de sus galas benéficas. Por supuesto, las reticencias de la duquesa de Windsor eran compartidas por muchos. El FBI de Edgar Hoover, por ejemplo, dejó de contar con sus servicios como informadora por considerarla «indiscreta y poco fiable».

En sus últimos años, Elsa Maxwell se hizo más famosa todavía gracias a la televisión, donde su mezcla de excentricidad y maledicencia encajó de maravilla. Lo mismo participaba en un programa en el que los concursantes debían averiguar con los ojos tapados su identidad, que concedía explosivas entrevistas en las que despotricaba contra ese nuevo mundo que se estaba imponiendo y en el que ella ya no encajaba. O sea, cuestionaba el divorcio, los bailes de Elvis Presley, la anatomía Jayne Mansfield o al presidente ruso Nikita Kruschev. Estos tres personajes, justo, eran a los que ella hubiera invitado para organizar una «fiesta de pesadilla», según dijo.

El 1 de noviembre de 1963, Elsa Maxwell murió de un infarto a los 82 años. Quedaba aún una última fiesta por celebrar: su funeral. Pero esta vez no triunfó: asistieron menos de 100 personas. Quizá porque ella no pudo organizarla. O quizá porque los invitados, por una vez, se atrevieron a desafiar a la temible Maxwell.

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