La invencible Debbie Reynolds relata en una autobiografía sus fracasos sentimentales

  • Tres matrimonios y tres divorcios. Debbie Reynolds, estrella de éxitos del Hollywood dorado como ‘Cantando bajo la lluvia’, nunca tuvo suerte con los hombres. Ahora, rememora en una autobiografía sus fracasos sentimentales y la reconciliación con quien fuera su mejor amiga, Liz Taylor, que le arrebató a su primer marido, el cantante Eddie Fisher.

 Sinatra se lo había advertido: "Sé que estás comprometida con Eddie, pero no quieres casarte con un cantante, porque ninguno de nosotros somos fieles y él tampoco lo será. Yo no lo soy. Somos todos horribles". Pero Debbie Reynolds no quiso escucharle. Estaba demasiado enamorada. Ella, que ya era una estrella gracias a películas como 'Cantando bajo la lluvia', y Eddie Fisher se casaron el 26 de septiembre de 1955. Fue la boda del año en Hollywood.

Él la llamaba "mi princesa"; ella a él "mi apuesto príncipe". Nada más casarse, tuvieron dos hijos: Carrie y Todd. Pero dos años después de la boda, el cuento de hadas se desvaneció con una llamada de teléfono. Eddie estaba de gira y cuando Debbie llamó a su mejor amiga, Elizabeth Taylor, su marido fue quien cogió el teléfono de la habitación de hotel donde Taylor se hospedaba.

Liz había enviudado recientemente, después de que su marido, Mike Todd, falleciera en un accidente aéreo. Aunque la prensa había sugerido un posible romance entre Fisher y ella, Reynolds nunca sospechó. Ella y Taylor siempre habían estado muy unidas. Debbie había sido su dama de honor en la boda con Tood; Fisher fue el padrino. Pero aquella llamada lo cambió todo. No era un simple escarceo. Fisher estaba enamorado y quería el divorcio.

El mundo de Reynolds se vino abajo: con dos hijos y tan religiosa que se había casado siendo virgen, el divorcio nunca había entrado en sus planes. Y aunque Debbie le advirtió a su marido de que lo suyo con Taylor no duraría, él no le escuchó. Apenas un año y medio después, tal y como Reynolds había pronosticado, Richard Burton entró en escena para escribir, junto a Taylor, el romance más tumultuoso de la historia de Hollywood. Fisher, con el que Taylor se llegó a casar, era historia; la amistad de las dos actrices, también.

Pero siete años después, estando ambas casadas de nuevo –Taylor con Richard Burton y Reynolds con su segundo marido, el millonario Harry Karl–, el destino volvió a reunirlas a bordo del crucero Queen Elizabeth. En un alarde de buenos modales, Reynolds le mandó a Taylor una nota: "Cenemos juntas. Es una tontería continuar peleadas ahora que estamos las dos casadas. Es un poco ridículo, ¿no crees?". Taylor le había enviado un mensaje similar al mismo tiempo. Esa noche, enterraron el hacha de guerra riendo a carcajadas y recordando viejos tiempos mientras el resto de comensales las observaban atónitos.

Desde aquel día hasta la muerte de Taylor, en 2011, las dos actrices siguieron siendo amigas íntimas. "Cuando finalmente murió, sé que estaba en paz. Sufrió durante mucho tiempo, pero aún era capaz de coger la vida por las pelotas. Incluso cuando estaba mal de salud, era capaz de irse a Hawai a nadar entre tiburones. No había nadie como ella", escribe Reynolds en Unsinkable, una autobiografía que acaba de publicar en Estados Unidos.

El segundo matrimonio

Su segundo matrimonio no fue mucho mejor que el primero. Harry Karl, con el que estuvo casada entre 1960 y 1973, la dejó en la ruina. Mientras ella alcanzaba la cima con una nominación al Oscar por su papel en Molly Brown, él se gastaba su fortuna jugando. Pese a todo, Reynolds le disculpa en su biografía diciendo que "era todo lo buen marido que podía ser". Lo peor para ella estaba aún por llegar.

Su primera autobiografía, publicada en 1988, terminaba con final feliz. En 1984, Reynolds se había casado en terceras nupcias con el promotor inmobiliario Richard Hamlett. Juntos planeaban abrir un casino y un hotel en Las Vegas, donde Reynolds, por fin, podría darle un hogar digno a su impresionante colección de objetos de la historia del cine. Pero la actriz vivía un engaño.

"Creía que estaba enamorada y tenía un matrimonio feliz. Y estaba en lo cierto solo en parte. Estaba enamorada y tenía un matrimonio feliz mientras mi marido estaba enamorado fuera de nuestro matrimonio", escribe ahora en la segunda parte de sus memorias. En realidad, las cosas nunca habían funcionado entre ellos. Ya en el crucero de su luna de miel, Hamlett invitó a tres mujeres más a bordo, algo de lo que la actriz solo se enteró cuando el barco ya había zarpado. Pero aquel solo era el prólogo de un matrimonio desastroso en el que, mientras él vivía múltiples aventuras, ella iba dilapidando su fortuna.

Según relata la propia Reynolds en su biografía, Hamlett le obligaba a poner las propiedades a su nombre o le pedía prestado dinero de su fondo de pensiones para dárselo a alguna de sus amantes. Y cuando, en una ocasión, Reynolds decidió enfrentarse a él, la actriz temió que su marido quisiera matarla. Después de arrinconarla en el patio de su apartamento de Las Vegas, situado en el piso decimosexto, la actriz pensó que Hamlett la empujaría por el balcón e intentaría hacer que su muerte pareciera un accidente. Cuando se divorciaron en 1996, el acuerdo le costó a la actriz 8,9 millones de dólares y las deudas acumuladas le obligaron a vender el casino de Las Vegas.

Una madre entregada

Después del enésimo desengaño amoroso, Reynolds se refugió en su trabajo y en sus hijos, Carrie y Todd. Siempre había sido una madre entregada. Tanto que, si era necesario, era capaz incluso de ayudar a su hijo adolescente a perder la virginidad. Fue durante una fiesta celebrada por Mick Jagger en Londres en 1974. Todd solo tenía 16 años. "Conoció a una chica maravillosa que se quedó con nosotros tres semanas. La invité porque creía que era una buena forma de introducir a Todd al sexo".

Pero aquellas no eran fiestas aptas para todos los públicos. El propio Jagger se lo advirtió: "No les dejes subir al piso de arriba. Allí no hay nada que un niño debería ver". Así era. "Había polvos blancos y no era nieve… Pero nos lo pasamos genial, los niños se divirtieron", recuerda Reynolds.

Pero cuando Carrie, famosa por encarnar a la princesa Leia en la trilogía de 'La guerra de las galaxias', sucumbió a las drogas, Reynolds también veló por ella. En una ocasión, incapaz de contactar con su hija que no cogía el teléfono de su habitación de hotel en Londres, la actriz le pidió al personal de recepción que comprobara si Carrie se encontraba bien.

Ante la negativa de los empleados, que no creían que se tratara de Debbie Reynolds, la actriz encontró una alternativa. Descolgó el teléfono y llamó a su amiga Ava Gardner, que se encontraba en la capital británica. "Descuida, yo me ocupo", le contestó Gardner. "Ava había lidiado con todo el mundo: desde Sinatra hasta los toreros españoles. Estaba segura de que un conserje de Londres no se le resistiría". Cuando Gardner fue al hotel, comprobó que Carrie no había sufrido una sobredosis, como su madre se temía. Solo estaba enferma.

A sus 81 años, Debbie Reynolds sigue trabajando. Nunca quiso volver a casarse, después de que su primer marido la dejara por su mejor amiga, de que el segundo se gastara toda su fortuna en los casinos y de que el tercero la engañara y volviera a dejarla en la ruina. Pero ella siguió actuando, escribiendo…

Sigue haciéndolo hoy en día. Incansable e invencible..

La coleccionista de Hollywood


Cuando en 1970 el estudio Metro-Goldwyn-Mayer sacó a subasta cientos de piezas de atrezo de sus viejas películas, Debbie Reynolds pensó que aquella podía ser una buena oportunidad para invertir. Desde entonces y durante 45 años, consiguió reunir más de 3.500 piezas de vestuario, 20.000 fotografías, miles de posters y cientos de objetos utilizados en algunas de las películas más míticas. Pero aunque la colección era única, nadie en Hollywood parecía interesado en encontrarle un domicilio permanente al tesoro de Reynolds.

Después de exhibir sus piezas en su hotel-casino de Las Vegas, en un museo de Los Ángeles y en otro de Tennessee, la actriz, acuciada por las deudas, decidió vender parte de su colección en 2011. Entre las 600 piezas, destacaban un bombín de Charlie Chaplin, una peluca de Harpo Marx, uno de los trajes que Audrey Hepburn lució en 'My fair lady', el tocado de Taylor en Cleopatra o la guitarra que Julie Andrews tocaba en Sonrisas y lágrimas.

Pero, sin duda, la pieza más cotizada de la subasta fue el vestido que Marilyn Monroe lució en La tentación vive arriba. Se vendió por 3,2 millones de euros, duplicando su valor estimado. Con el corazón partido, pero libre de deudas, Debbie Reynolds escribe en su libro: "Yo salvé la colección y ahora la colección me ha salvado a mí".

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