Nelson Mandela, retrato de un mito en la intimidad

Nelson Mandela, un hombre querido Nelson Mandela no ha sido un político cualquiera, sino el ideal de hombre que lucha por su pueblo. Foto: Gtres.

Pocos personajes internacionales fueron tan respetados como él. Hasta el punto de convertirse en un referente mundial de la lucha por la democracia y la igualdad. Pero hubo también otro mandela, un hombre de carne y hueso que cometió errores y aciertos en su vida privada.

El pasado 5 de diciembre, Nelson Mandela fallecía después de tener durante meses al mundo entero pendiente de su estado de salud. El expresidente sudafricano tenía 95 años y había contribuido de forma decisiva a terminar con el régimen del 'apartheid' y a hacerlo sin que estallara un guerra civil. 

El precio que tuvo que pagar por ello fue muy alto: una estancia de 27 años en la cárcel y, a consecuencia de ello, no haberle dedicado a su familia la atención que a él le hubiera gustado, algo que siempre se reprochó. Aunque la cárcel no fue lo único que le separó de su familia. La lucha política por la que hoy todos le recuerdan fue también una de las principales causas por las que su primer matrimonio no funcionó.

Antes de esa boda, eso sí, hubo otro curioso incidente que iba a marcar su vida. Emparentado con la familia real Abathembu, Mandela estaba siendo preparado para convertirse, igual que su padre, en uno de los muchos jefes locales que hay en su país. Pero su tutor no había tenido en cuenta que el joven Nelson, a los 22 años, no iba a permitir que nadie decidiera por él. 

Años después, él relató así la historia: «Mi tutor consideró que ya era hora de que me casase. Me tenía mucho cariño y me cuidaba con la misma atención que hubiese tenido conmigo mi padre, pero no era una persona democrática y no juzgó necesario consultarme. Eligió a una muchacha gruesa y digna, pagó la dote y dispuso todo para la boda. Yo me fugué a Johannesburgo. Eso cambió toda mi trayectoria. Si me hubiera quedado en casa, hoy sería un respetado jefe. Tendría una gran barriga, mucho ganado y ovejas». 

En la ciudad, Mandela empezó a trabajar como vigilante nocturno en unas minas y entró en contacto con el Congreso Nacional Africano, que a partir de entonces se convirtió en su partido. En esa época se le relacionó con varias mujeres y vivió de manera humilde, hasta que se convirtió en el único estudiante negro de la universidad de Derecho. Gracias a Walter Sisulu, compañero de partido y amigo con el que pasaría más de 25 años en prisión, Mandela conoció a una joven enfermera, Evelyn Mase, que no tardaría en convertirse en su primera mujer. 

Ni siquiera pudieron celebrar la boda porque no tenían dinero. Tampoco tenían una casa en la que vivir, así que se instalaron con los hermanos de ella. Al principio fueron tiempos felices, pero poco a poco la pareja se fue distanciando: él cada vez estaba más volcado en la política y ella, en la religión

Hubo también infidelidades de por medio y algún incidente violento. Cuenta uno de los biógrafos de Mandela que en cierta ocasión Evelyn llegó a casa después de pasar una temporada fuera y se encontró que el político estaba viviendo con su secretaria. La legítima quiso tirarle agua hirviendo por encima a la amante, pero no llegó a pasar nada. La secretaria se marchó y el matrimonio siguió con su vida.

El primer divorcio
Las cosas aún empeoraron cuando Evelyn se convirtió en testigo de Jehová. Después de 13 años de matrimonio y cuatro hijos –una de ellas murió con nueve meses–, la pareja protagonizó un no menos turbulento divorcio. Incluso años después, ella apareció quejándose por la expectación que había en torno a su exmarido: «¿Cómo puede un hombre que ha cometido adulterio y ha abandonado a su mujer y a sus hijos ser tratado como Cristo? El mundo entero está adorando a Nelson, pero él solo es un hombre», dijo. 

Paradójicamente, cuando Evelyn murió en 2004, Mandela acudió al funeral acompañado por su segunda y su tercera mujer. De los cuatro hijos que tuvieron, solo queda viva Makaziwe, actualmente en guerra con los abogados que su padre nombró para controlar las empresas familiares. Los dos chicos fallecieron: el mayor en un accidente de coche, cuando Mandela estaba en la cárcel y no le dejaron asistir al funeral, y el menor por culpa del sida. Nelson quiso que se conociera este hecho para acabar con el tabú que había en el país, donde la tasa de personas afectadas ha llegado a ser del 20%.

Su segunda mujer
El mismo año de su divorcio, Mandela conoció a Winnie, la que sería su segunda mujer, alguien con un carácter aún más explosivo que el de Evelyn. Ella era una joven de 23 años que a algunos amigos del líder político no les pareció que estuviera preparada para convertirse en la esposa de un revolucionario. Lo que quizá nadie esperaba es que Winnie iba a ir mucho más lejos que su marido. 

«Durante más de dos años, ella y yo vivimos literalmente una luna de miel», recordaba mucho después Mandela sobre esa etapa en la que tuvo dos hijas. Poco más les dio tiempo porque él no iba a tardar mucho en entrar en prisión, lo que limitó el contacto entre él y la futura ministra de Cultura: en 27 años solo pudieron verse cuatro veces

Pero Winnie ni se olvidó de él ni le dejó tirado. Al revés: hizo todo lo posible para liberarle y que el mundo conociera su causa. La inexperta esposa tenía carisma y sabía cómo meterse a la gente en el bolsillo con incendiarios discursos que hablaban, como ocurrió en cierta ocasión, de quemar vivo al enemigo y que contrastaba con la imagen pacífica de un Mandela condenado a cadena perpetua. 

Aunque también Winnie conoció la cárcel y el exilio. Hasta llegó a derribar de un puñetazo a un policía que fue a detenerla y no le permitió que se cambiara de ropa. En 1969, Nelson Mandela escribió a sus hijas: «Una vez más, nuestra querida mamá ha sido detenida y ahora ella y papá están lejos, en prisión. Se me parte el corazón cuando pienso en ella sentada en alguna celda de comisaría. Pueden pasar meses o años antes de que la volváis a ver. Es posible que durante mucho tiempo viváis como huérfanas sin hogar y sin padres, sin el amor y la protección que mamá solía daros. No tendréis fiestas de cumpleaños ni de Navidad,ni regalos ni vestidos nuevos ni zapatos ni juguetes». 

En 1990 Mandela salió de la cárcel, con el puño en alto, y Winnie cogida de la otra mano. La felicidad no les iba a durar mucho. Dos años después, él anuncióla separación. Todo fueron buenas palabras hacia ella, afirmó seguir queriéndola y reconoció lo que había hecho por él, pero hay una frase que describe mejor que ninguna otra la situación: «Nunca hemos podido disfrutar una vida normal». 

La idílica imagen de esa separación no tardó en desplomarse cuando se hicieron públicas unas cartas de Winnie al abogado que la defendió de las acusaciones por el secuestro y asesinato de un chico de 14 años cometido por su círculo más cercano. No es el único delito que se le atribuyó y años después sería condenada por fraude y robo. También sería polémico el juicio de su divorcio, en el que el padre de la patria la acusó de adúltera e incluso de algo aún peor al decir que nunca se sintió tan solo como cuando salió de la cárcel. Pero al ya presidente aún le quedaban ganas de casarse de nuevo. 

El tercer matrimonio
Primero se lo pidió a Amina Cachalia, una vieja amiga y militante también contra el apartheid. Ella acababa de quedarse viuda y rechazó la propuesta. En 1998, sin embargo, el día de su 80 cumpleaños, Mandela se casó por tercera vez con Graça Machel. Fue una boda privada. Ella tenía 52 años y es la única mujer en el mundo que puede presumir de haber sido primera dama de dos países, ya que Graça antes estuvo casada con Samora Machel, presidente de Mozambique.

 «Para mí, el amor es como una chispa, una luz que conecta a dos personas. Con Samora sentí esa chispa. Ocurrió lo mismo con Nelson. Los dos son distintos, pero tienen muchas cualidades en común. Incluso a veces, cuando escucho a Nelson, creo que es Samora quien habla», declaró Graça antes de casarse. 

Ella ha sido la mujer que ha permanecido con Mandela hasta su muerte, esta vez sin polémicas por su parte. Al revés: al final le ha tocado asistir al penoso espectáculo que han protagonizado las hijas, nietos y bisnietos del expresidente, a las peleas por su legado, por los derechos televisivos del funeral y hasta por sus restos mortales. Cuentan que incluso tenía que ocultarle las noticias que se publicaban sobre las desavenencias familiares para que él no pudiera leerlas.

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