Carme Ruscalleda: "Soy fea, lo sé, y lo sufrí mucho de jovencita"

Carme Ruscalleda, de las pocas personas a las que les gusta planchar Para Carme Rucalleda planchar es un ejercicio de meditación: “Me encanta planchar para relajarme: plancho y medito”. ...

A sus 61 años, la ‘chef’ del Sant Pau, Carme Ruscalleda, acapara seis estrellas Michelin con otros dos restaurantes. Nos recibe en su casa de Sant Pol (Barcelona), recién remodelada, para desvelarnos sus recuerdos de niñez, cómo se enamoró de su marido y cómo ejerce de madre, abuela y ama de casa. Así es más allá de los fogones que han monopolizado gran parte de su vida.

España puede presumir de tener a la cocinera más laureada del mundo, no en vano sus tres restaurantes tienen estrellas Michelin. Acapara nada menos que seis: tres por el Sant Pau de su Sant Pol (Barcelona) natal, una por el Sant Pau de Tokio y dos por el Moments, restaurante del hotel Mandarín que, aunque regenta su hijo, Raül Balam, también lleva su asesoramiento.

A Carme Ruscalleda jamás se le subió el éxito a la cabeza y sigue teniendo su universo en un pueblecito situado 50 kilómetros al norte de Barcelona: Sant Pol de Mar. Allí, en la misma y estrecha calle (Nueva), frente a frente, están sus dos mundos: el laboral, el restaurante Sant Pau; y el familiar, la casa donde vino al mundo el 8 de mayo de 1952 y donde sigue viviendo. Ruscalleda abre por primera vez las puertas de su casa para los lectores de Hoy Corazón. El piso tiene 220 metros cuadrados, las paredes son totalmente blancas y la decoración es muy moderna, sin perder un ápice de calidez y confort.     

Casada desde hace 38 años con Toni Balam, que ejerce de jefe de sala en el restaurante, tiene otra hija, Mercè, que le ha dado dos preciosas nietas: Mar, de 6 años, y Tina, que acaba de cumplir uno. Pero Carme, antes que madre y por encima de todo, es cocinera. Disfruten del menú de esta entrevista.

Hoy Corazón ¿Se siente a gusto con su nuevo hogar?
Carme Ruscalleda.
Mucho. Antes siempre comíamos y cenábamos en el restaurante, pero ahora nos apetece mucho cenar aquí, y procuramos hacerlo. Es un momento de relax, de romper el día, cosa que antes del cambio no sucedía.

H.C. ¿Cocina en casa? ¿No llega harta después de todo el día en el restaurante?
C.R.
No, me encanta cocinar en casa y no me da pereza. Y los domingos, porque mi marido me saca a comer fuera... Hacemos encuentros con amigos y me gusta cocinar para ellos.

H.C. ¿De niña ya jugaba a las cocinitas?
C.R.
Sí, he jugado mucho a las cocinitas y poco a muñecas. Quizás por eso no soy un ejemplo de buena madre. Tenía ollitas pequeñas y mi familia, que regentaba una charcutería, me hacía quitar la piel de los garbanzos, de las judías… También jugaba mucho con mi hermano, tres años menor que yo. Y disfrutaba revolcándome por la arena. Por eso en la playa recupero el espíritu de aquella niña, que cultivo a diario. No quiero matar la niña que siempre he llevado dentro.

H.C. ¿Siempre tuvo claro que quería ser cocinera?
C.R.
No, me hubiera gustado cursar una carrera artística, como dibujo o pintura. Siempre he dibujado mucho y continúo haciéndolo, en mis recetas. Pero en mi casa lo vieron como una cosa infernal: ¡la bohemia!. «¿Qué haremos con esta niña? debemos reorientarla y convencerla para que se quede a trabajar en casa», decían. Y yo, que siempre fui una buena chica, jamás me rebelé.

H.C. Cuando aquella niña se hizo mayor, ¿ligaba mucho?
C.R.
¡Al contrario! Soy una mujer fea, lo sé, y lo sufrí mucho de jovencita. Era el patito feo de mi grupo de amigas. Desde la infancia soy consciente de mi fealdad y eso me hizo llorar mucho. Recuerdo que mi propia hija, Mercè, hacía bromas con mis nietas diciéndoles: «Mirad qué nariz tiene la yaya». Y es que ya de niña, una vez me dijo: "Si yo tuviera tu nariz no saldría a la calle". Los niños son muy crueles. Pero llega un momento en que lo superas. Sobre todo vistiéndote y arreglándote bien.

H.C. ¿Le gusta la moda? ¿Es una mujer coqueta?
C.R.
Sí, soy una fea presumida. Mira si lo seré que, pese a que me gustan mucho, tengo pocas faldas. ¿Y sabes por qué? Porque tengo las rodillas muy feas. Y como las faldas me gustan cortas, no me las compro. Prefiero los pantalones, en especial los vaqueros. Los tengo de todos los colores. No me pondría nunca algo con lo que yo me viera mal; la ropa siempre debe favorecerte.

H.C. ¿Los zapatos, también forman parte de tu coquetería?
C.R.
Me encantan, pero abusé de llevar tacones. Eran una tortura, aunque no sabes el poderío que da llevar unos zapatos altos. Te sientes una reinona. Pero para no caer en la tentación de ponerme unos que ya no aguantaran mis pies, los regalé todos. Ahora sólo uso planos.

H.C. Hablemos de amor. ¿Cómo conoció a Toni, su marido?
C.R.
Era el hijo del propietario del café del pueblo y nos conocíamos desde pequeños. Lo curioso es que, de niña, le tenía miedo y manía. Es medio año mayor y venía con sus amigos al parque donde nosotras jugábamos y nos lo destrozaban todo.

H.C. Menudo comienzo… ¿Cuándo empezó a cambiar todo?
C.R.
Por azar. Colaboró en una obra del grupo teatral en el que yo actuaba y… lo que suele pasar: que el más pillo es el que más te atrae. Yo lo veía así, pero a su lado me sentía muy a gusto. Y aunque somos muy diferentes de carácter, también tenemos muchas afinidades que nos unen. Toni ha sido el primer y único hombre de mi vida.

H.C. ¿Y usted para él también?
C.R.
¡Qué va! Así como yo era muy recatada e iba con grupos de teatro, de sardanas, de baloncesto... a él le tiraba más el salir de fiesta y la música. Pertenecía a varios conjuntos musicales y con su pandilla iba a la ‘caza de la alemana’ (risas).

H.C. Pero la ‘cazó’ a usted…
C.R.
Sí, a partir de coincidir en el teatro se fue acercando a mí como un moscón. Yo tendría unos 17 años y empezamos a salir como novios. Enseguida empezó a integrarse en mi familia.

H.C. ¿Qué le aporta como marido y compañero de trabajo?
C.R.
Es una persona muy noble y yo necesito trabajar al lado de alguien que no me engañe, que me diga las cosas como son, que me sepa hacer ver lo que no sé ver y hago mal… Que haya diálogo y crítica.

H.C. Acaban de cumplir 38 años de casados. En todo este tiempo, ¿ha sufrido alguna crisis importante? ¿Algún conato de ruptura?
C.R.
No. Lo que más une o separa a la pareja son los hijos. Lo más complicado es armonizar trabajo e hijos y lo hemos conseguido. Si él hubiera estado con otra mujer tendría más, familia numerosa. Es hombre de tener cinco o seis hijos. Yo, en cambio, tuve uno, ya no jugaba con muñecas, y me pareció suficiente.

H.C. ¿Lo planificásteis?
C.R.
No. Cuando nos casamos ambos teníamos 23 años y, un año después, vino nuestro primer hijo, Raül. Lo tuve tan pronto porque en mi generación tocaba tener un hijo después de casada. Y cuando lo tuve, pensé: Ya has cumplido.

H.C. ¿Qué supuso para usted la maternidad?
C.R.
Es lo que más me ha atado en la vida. Que aquella personita que tenía en mis brazos dependía absolutamente de mí. Era como tener encima una espada de Damocles. Una sensación extraña, de cariño y responsabilidad.

H.C. ¿Fue bien su embarazo?
C.R.
Sí, estuve trabajando hasta el último día, pero el parto fue fatal. La maternidad me giró la vida y no me empecé a encontrar bien hasta pasado un año. Tanto es así, que veía a una mujer embarazada por la calle y sentía pena. Mi hija dice que ella está en el mundo porque su padre insistió. ¡Y es verdad! Yo no habría tenido más hijos, pero Toni me decía que uno solo era muy poco. Y al cabo de seis años nació la niña.

H.C. Sin embargo, ahora se siente orgullosa de ellos. ¿Le gustó que siguieran sus pasos?
C.R.
Sí, porque es lo que ellos eligieron. No entiendo a los padres que dicen: «Fíjate, he montado este negocio para mi hijo y ahora no lo sigue». El negocio lo montas para ti, porque crees en él y te implicas. Si tus hijos quieren seguirlo, perfecto, pero sin forzarles. Lo primero es enamorarte del trabajo. Tu trabajo debe hacerte feliz y eso te hará crecer como persona.

H.C. Tu hijo, Raül Balam, es el chef del Moments. ¿Y Mercè, en qué colabora con vosotros?
C.R.
Antes trabajaba en el Sant Pau, pero desde que hace un año tuvo a su segunda hija, ya no trabaja. Así como yo soy muy poco maternal, ella tiene una gran capacidad. Respeto su decisión, pero no entiendo que alguien pueda dejar su trabajo para dedicarse a los hijos (risas).

H.C. Por lo que nos dice, ejercer de madre no fue lo tuyo. Ahora que tiene dos nietas, ¿disfrutas más haciendo de abuela?
C.R.
Fui una mala madre y soy una mala abuela, porque no pienso constantemente que tenga dos nietas. Yo las disfruto porque vienen a menudo a merendar a casa y juego con ellas. Pero sólo pienso en ellas en ese momento; luego, casi me olvido.

H.C. ¿Cómo es la Carme Ruscalleda ama de casa, la desconocida del gran público?
C.R.
La ropa personal me la lavaban dos mujeres que lo hacen para el restaurante, pero desde la remodelación de nuestra casa me lo hago yo. Me gusta cuidar mi ropa. Planchar no, lo hace otra mujer, porque yo no tengo tiempo. Pero si lo tuviera, me encantaría. Pienso que es una forma de relajarme: plancho y medito.

H.C. ¿Es dormilona?
C.R.
No, siempre me he levantado muy pronto, sobre las siete de la mañana. Vengo de una familia que madrugaba mucho, con el canto del gallo. En cambio, a Toni, que le costaba más, ahora se ha acostumbrado a madrugar e, incluso, a veces se levanta antes que yo. Y por la tarde trato de romper el sueño con una pequeña siesta.

H.C. ¿Les gusta ver la televisión?
C.R.
Vemos poca, la verdad. La televisión me hace dormir, me relaja. Empiezo a verla y enseguida caigo muerta de sueño.

H.C. ¿Se vería haciendo un programa de cocina como Karlos Arguiñano?
C.R.
Sí, porque me encanta la docencia. Me gusta explicar y creo que hay mucha gente interesada en la cocina que no ha tenido la suerte de encontrarse con nadie en casa que le enseñe. Antes era distinto, porque las madres y las abuelas no salían de casa. Ahora muchas abuelas viajan, las madres trabajan fuera de casa y las jóvenes generaciones no tienen de quien aprender.

H.C. Y MasterChef, ¿lo ha visto? ¿Le ha gustado?
C.R.
No tiene nada que ver con la cocina. Es otra cosa. Un show que distrae llegando al límite de hacer sufrir al concursante, porque la lágrima vende. Pero es la anticocina. Ni un profesional podría hacerlo bien con tantas prisas. La cocina debe ser pensada, ensayada y planificada.

H.C. ¿Suele ir al cine?
C.R.
Me gusta, pero voy mucho menos de lo que quisiera. Y soy exigente. Mi marido y yo hemos sido capaces de levantarnos a media película si no nos gustaba. Cuando una película me gusta, si la encuentro en DVD me la compro, pero luego no le presto atención (risas).

H.C. ¿Es mitómana? ¿Algún actor que le guste?
C.R.
No me considero mitómana, pero me gusta mucho Robert De Niro. Siempre me ha gustado por lo camaleónico que es. En casa, cuando daban una película suya por televisión, mis hijos siempre decían: «Mira, el novio de mamá». Además tengo una bonita anécdota con él..

H.C. Cuente, cuente…
C.R.
Un día recibimos su visita en el Sant Pau. Me hizo mucha ilusión que viniera. Le encontré muy cordial y muy cercano. Es un gran gourmet y cuando viaja siempre escoge mucho dónde irá a comer. Fue por trabajo a Barcelona y escogió venir a nuestro restaurante. E hizo una cosa muy bonita: sentado en la mesa, a medio menú, llamó a su esposa, que estaba en el hotel de la ciudad, y le dijo: «Coge un taxi y que te traiga aquí, no te puedes perder esto». Y ella vino.

H.C. Una mujer como usted, que ha pasado casi toda su vida en el restaurante, ¿sería capaz de estar un día entero en casa?
C.R.
Paso muchos días así, cruzando solo la calle para ir de casa al restaurante y del restaurante a casa. Hago mucha vida de clausura. Pero en casa nunca me agobio, porque siempre tengo mil cosas que hacer. Y si no las tengo, me las busco. A mi marido le cuesta más. Ni siquiera desayuna aquí, siente la necesidad de hacerlo fuera. En cambio yo, desayuno, meriendo y ceno en casa. El hogar me gusta y me carga de energía.

H.C. ¿Qué sueño te falta por cumplir?
C.R.
No lo sé, porque soy muy feliz y no echo nada en falta. Pero quizá si pudiera pedir algo y me fuera concedido con una varita mágica, sería tiempo libre. Tengo muy poco. Y encima he cogido la manía de sacrificar mis días libres para hacer cosas profesionales. Como ahora este reportaje, aunque lo haga con muchísimo gusto.

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