Mariano Fortuny: el genio olvidado

  • El libro ‘Mariano Fortuny: arte, ciencia y diseño’ recupera la figura de este polifacético artista e inventor que revolucionó la moda.

 Inventor, pintor, grabador, fotógrafo, diseñador de moda, Mariano Fortuny y Madrazo fue el Leonardo Da Vinci español. El Museo del Traje de Madrid, que cuenta con un apartado dedicado a su figura, organizó en 2010 una exposición en la que se repasaba su trayectoria. Otros museos españoles, como la Calcografía Nacional de Madrid, también han hecho lo propio durante las últimas décadas. Sin embargo, sí es cierto que el país natal de este polifacético artista no parece haberle dado el reconocimiento que merecía. 


De hecho, después de su muerte, el Gobierno español rechazó el ofrecimiento de su viuda, Henriette Negrín, de donarle el Palacio Orfei de Venecia, residencia y estudio del artista. Tras la negativa, Italia aceptó encantada el preciado regalo, el cual, hoy en día, sigue abierto al público. El libro Mariano Fortuny, arte, ciencia y diseño (Editorial Ollero y Ramos), escrito por el galerista y gran estudioso del artista Guillermo de Osma, rescata ahora la figura de este enigmático personaje que revolucionó la escenografía con sus inventos y el mundo de la moda con sus rompedores diseños. 

Mariano Fortuny y Madrazo nació en Granada, el 11 de mayo de 1871, en el seno de una familia de artistas, tanto por rama materna como paterna. Su madre, Cecilia de Madrazo, pertenecía a una de las sagas más influyentes del panorama artístico de nuestro país, con destacados nombres como José, Federico, Raimundo y Ricardo de Madrazo. Su padre fue el pintor Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874), que gozó de un importante reconocimiento en Europa. Desgraciadamente, Mariano hijo solo pudo compartir los primeros tres años de vida con su progenitor, pero su influencia marcó su trayectoria.

Así, heredó su amor por la pintura, los viajes, el coleccionismo de objetos curiosos, el orientalismo, los tejidos y la tecnología.  El estallido de III Guerra Carlista, en 1872, hizo que la familia se trasladara a Roma, donde dos años después, falleció Mariano Fortuny y Marsal, cuando se encontraba en el punto álgido de su carrera. Cecilia decidió entonces mudarse con sus dos hijos, María Luisa y Mariano, a París. Allí, animado por su madre y bajo la tutela de su tío Raimundo Madrazo, con tan solo siete años, Mariano comenzó a pintar y a relacionarse con artistas franceses. 

Muy pronto empezaron a interesarle otras cosas además de la pintura y el grabado, como la ciencia y la técnica. Su alergia a los caballos hizo que su madre optara por trasladarse de nuevo. La ciudad elegida, esta vez, fue Venecia, un lugar que carecía de caballos y carruajes. 

En el palacio de Martinengo de la ciudad de los canales, Mariano, que ya tenía 18 años, encontró el ambiente ideal para dar rienda suelta a su vocación artística y científica, a la que también se había unido la fotografía. En unas ocasiones, esta le valía para copiar modelos en sus distintas ocupaciones y en otras, buscaba perpetuar instantes o personas de su círculo íntimo. Al final de su vida, acumuló un archivo de más de 10.000 negativos. Mariano Fortuny también se sintió muy atraído por la música, en especial por las obras de Richard Wagner, de las que hizo un numero considerable de escenografías y que le inspiraron pinturas y grabados. 

Henriette: y llegó el amor
En el Palacio de Martinengo, Cecilia Madrazo y el joven Mariano recibían las visitas de ilustres compatriotras como Benlliure, Isaac Albéniz o Zuloaga. Pero el artista, a pesar de estar muy unido a su madre, deseaba volar solo. El año 1897 marcó un antes y un después en su vida, ya que, en uno de sus viajes a París, conoció a la que se convertiría en su compañera sentimental: Henriette Negrín. Su condición de divorciada y de pequeño burguesa hizo que ni la madre ni la hermana de Fortuny la vieran nunca con buenos ojos. 

A pesar de ello, en 1902, el artista y Henriette se fueron a vivir juntos al Palacio Orfei –hoy Palacio Fortuny– y en 1924, contrajeron matrimonio. Junto a Henriette, sus logros profesionales se fueron sucediendo. Como inventor, en 1901, patentó un nuevo sistema de iluminación escénica y tres años después, la conocida como Cúpula Fortuny: un fondo esférico situado en la parte posterior del escenario que servía como pantalla explotando todas las posibilidades de la luz indirecta. Sus inventos se pusieron en práctica en diversos teatros de Italia y Alemania. 

Tras estos éxitos en la escenografía, que le llevaron a trabajar con personalidades como el dramaturgo D’Annunzio o la actriz Sarah Bernhardt, Fortuny probó suerte en el campo de las telas y tejidos. Un mundo al que, curiosamente, llegó de la mano del teatro, tras crear los velos que llevaban las bailarinas en el 'ballet' inaugural del teatro de la condesa de Bern, en París, en 1906. Estos largos velos en seda estampada, con los que se conformaba una especie de toga, conocidos como Knossos, fueron un auténtico éxito entre las grandes bailarinas, como Isadora Duncan. 

Sin embargo, para conseguir su pleno sentido, los Knossos debían ser lucidos con el vestuario adecuado. Así fue como Fortuny creó el vestido Delphos, en 1907, que, con los años, se convertiría en su seña de identidad. El Delphos era una especie de túnica de satén de seda plisada, de sencilla confección, que revolucionó la encorsetada moda femenina de la época. Fortuny no fue un modisto al uso, como sus contemporáneos Coco Chanel o Poiret. Para él, el Delphos era otro de sus inventos y fue patentado en 1909. Su estructura lo hacía apropiado para viajar, ya que ocupaba poco espacio –se guardaba enroscado– y no necesitaba plancha. 

Felices años 20
Su esposa, Henriette llevaba el día a día del taller y Fortuny, por su parte, controlaba todo el proceso de producción: elaboración de la maquinaria, técnicas de impresión, tintes... Incluso, quiso comercializar personalmente sus vestidos y tejidos, situándose fuera de los canales normales de la moda. Al principio, una parte importante del éxito de sus diseños se debió al pequeño pero influyente grupo de admiradores que tenía, entre los que se encontraban escritores como D’Annunzio o Marcel Proust, artistas como Eleonora Duse, Sarah Bernhardt, Isadora Duncan o Ruth St. Denis y aristócratas como la reina María de Rumanía. 

En 1911, cuando sus modelos se expusieron en el Louvre, su fama ya estaba consolidada. Un año después abrió tienda en París y en Londres, y la revista 'Vogue' publicó un artículo dedicado a él. Sin buscarlo, Fortuny se puso de moda. Sin embargo, la alta sociedad de esa época se regía por un código que dificilmente podía ser alterado, el cual también afectaba a la moda. 

De esta forma, vestidos como el Delphos, que muchas veces se lucían sin nada debajo, estaban destinados a la intimidad del hogar –como 'deshabillé' o vestidos de té, para recibir a los invitados por las tardes– o para representaciones teatrales. Precisamente, fueron artistas, como la Duncan o la Pavlova, mujeres liberadas y de gran personalidad, las primeras que comenzaron a utilizarlos para salir a la calle, aunque su uso no se generalizó hasta los años 20. 

Tras la I Guerra Mundial, todo cambió: Fortuny era muy consciente de que si deseaba volver a poner en marcha su producción industrial, debía cambiar su modelo de negocio y ampliar su gama de productos. Así fue como abrió su propia fábrica en la isla de Giudecca, en 1922, con la intención de hacer una producción superior, y abrió tienda en París y en Milán. Se convirtió en objetivo de las revistas de moda y hasta las estrellas de Hollywood, como Ethel Barrymore, Lillian y Dorothy Gish, y Dolores del Río, comenzaron a lucirlos dentro y fuera de la pantalla. "En aquella época todo el mundo iba a Fortuny. Me parece que todas mis amigas tenían un vestido de él", dijo la aristócrata británica Lady Bonham Carter. 


Saltando el charco
La década de los 30 fue complicada para el artista, debido a la Gran Depresión que afectó tanto a Europa como a Norteamérica. En ese momento fue fundalmental la ayuda de la norteamericana Elsie McNeill, una decoradora de interiores, que convenció a Fortuny para que le cediera los derechos exclusivos para vender sus productos en Estados Unidos. Un mercado que a mediados de la década se convertiría en el más importante para Fortuny, con clientas tan exclusivas como la señora de Paul Mellon. 

Pero Fortuny no se dejaba impresionar por los grandes nombres. Cuentan que un día entró en Orfei Rita Hawyworth con la intención de comprar un Delphos. Al artista no le gustó la actriz y le hizo un gesto a la vendedora para que le dijera que no tenían vestidos para ella. Genio y figura. 

En 1948, la salud de Fortuny comenzó a resentirse: padecía un cáncer intestinal que acabó con su vida el 2 de mayo de 1949. Henriette no se sintió con fuerzas para continuar con el negocio y fue Elsie McNeill la encargada de seguir adelante con la fábrica de Giudecca. Por su parte, Henriette cedió el Palacio de Orfei a Venecia, aunque siguió viviendo allí hasta su muerte, en 1965. 

Tras la desaparición de Fortuny, comenzaron a sucederse sus coleccionistas: Oona Chaplin, Gloria Vanderbilt, Evelyn Avedon, Tina Chow... Y actrices, como Julie Christie, Lauren Hutton y Marisa Berenson, empezaron a lucirlos en el cine y en las revistas. En cuanto al mundo de la moda, son varios los diseñadores sobre los que el artista ejerció su influencia, entre ellos, Karl Lagerfeld o Issey Miyake. Una vida intensa la de Mariano Fortuny, que hoy es prácticamente un desconocido para las nuevas generaciones.

Síguenos en Twitter: @hoy_corazon