Sarah Ferguson: Andrés, mi príncipe

  • Sarah Ferguson ha cumplido 54 años con una imagen renovada tras sus escándalos financiero.

El actor Michael Caine observa la escena en la abadía de Westminster. Es el 23 de julio de 1986 y comparte banco con Elton John y los hijos de los Reyes de España en la boda de Andrés de Inglaterra y Sarah Ferguson. Bajo un manto de pecas, la novia avanza sonriente por el pasillo del brazo de su padre, el mayor Ronald Ferguson. Caine levanta la ceja. Faltan 20 años para que interprete al mayordomo de Batman, pero su mirada parece formularse la misma pregunta de tantos otros monárquicos ¿Llegará a ser esta chica la princesa adecuada?

La reconciliación
Sarah Ferguson cumplió 54 años el pasado 15 de octubre. Acaba de disipar, tímidamente y a través de un portavoz, los recientes rumores que sugerían un remake de aquella escena en Westminster. Los comentarios comenzaron a finales de agosto y arreciaron hace poco más de un mes, en un festival literario infantil: «Andrés siempre será mi príncipe. Él sigue siendo mi apuesto príncipe, mi príncipe azul». Luego, añadió que su propio cuento «tiene un final feliz». 

La duquesa de York jugó al despiste y dio rienda suelta al fervor casamentero de los tabloides, alimentados por el hecho de que Isabel II la invitase recientemente a pernoctar en el palacio de Balmoral. De hecho, no sería una noticia tan extraña que Andrés y Sarah volviesen a ser pareja. Desde su separación, en 1992, y tras su divorcio, cuatro años después, han mantenido siempre una estrecha relación. 

Ni las infidelidades previas de uno y otro han hecho mella en su amistad hasta el punto de que continúan viviendo bajo el mismo techo, si bien es uno tan amplio como el palacio Royal Lodge, en Berkshire. Siempre sostuvieron que era por la estabilidad de sus hijas, Beatriz y Eugenia, pero lo cierto es que ni Andrés ni Sarah han tenido una pareja formal en estos años. ¿Qué ocurriría si decidiesen volver a intentarlo? ¿Qué deberían confesarse y qué debería perdonarle la reina Isabel II a su exnuera para readmitirla en el seno de los Windsor?

La historia de Ferguson desde su separación no da para una película sino para una saga. Incluso desde antes. El desencuentro entre los duques de York sobrevino por las ausencias de él durante los primeros años de matrimonio. Se veían una media de 40 días al año mientras él era oficial de la Marina británica. Fue en una de esas ausencias, embarazada ella de Eugenia, cuando viajó a Texas invitada por el magnate del petróleo Oscar Wyatt y su esposa.

El primer amante
En una cena en su honor conoció al hijo de la pareja, Steve Wyatt, y él fue su primer amante tras el hijo de la reina. En 1990, mientras la recién nacida Eugenia se quedaba unos días al cuidado de su padre, Sarah aceptó la invitación de Steve Wyatt para pasar unos días de descanso en Marruecos llevándose con ella a Beatriz. Al mes siguiente volvió a invitarla, al sur de Francia, ya a solas. El matrimonio de los duques comenzaba a hacer aguas en privado. Cuando se filtró que existían fotos con Wyatt, en las que aparecían abrazados, la vergüenza fue de dominio público. 

Los duques de York anunciaron su separación a principios de 1992 y los tabloides se lanzaron contra Sarah. Más aún cuando se conoció que la mujer del príncipe estaba en números rojos y sus deudas alcanzaban cientos de miles de libras. Luego se supo que la cifra ascendía a más de cinco millones de euros. La prensa cambió el cariñoso Fergie por el peyorativo ‘Peggie’ y su título por ‘duquesa de Pork’. Los titulares crecían al ritmo que lo hacía el peso de Fergie y, cuando se publicaron las fotos de ella y su asesor financiero John Bryan besuqueándole un pie en Saint Tropez, se desató el ‘todos contra Sarah’. El Daily Mirror agotó 3,5 millones de ejemplares y sacó tiradas adicionales. Lo mismo hizo The Sun, con ella en top-less, y el semanario francés Paris Match. 

Incluso el monárquico The Times publicó lo siguiente: «La familia real no puede pretender que su conducta privada sea silenciada siempre en aras del interés de la nación o, en cuestiones matrimoniales, que pueda decidir cuándo se puede informar y cuándo se debe censurar». Estamos en 1992, el annus horribilis de la reina Isabel II. El acuerdo de separación le concede a Sarah Ferguson 2,2 millones de libras (1,4 para sus hijas, 500.000 para comprar una casa y 350.000 de libre disposición), se instala con las niñas en una mansión comprada por la reina en Surrey y se aferra a obras de caridad, como el patronato de la Asociación de Enfermos Neuromotores, para tratar de redimirse ante la opinión pública. 

Sin embargo, su redención personal estaba en América. Sarah se instaló en Nueva York en 1996, tras obtener el divorcio. Su periplo proyectó a la Ferguson más hacendosa. Recapitulamos: ha sido imagen de Avon y Wedgwood, conferenciante de libros de autoayuda con The Big Speak, oradora para Washington Speakers Bureau y viajó por el mundo durante diez años contratada como embajadora de Weight Watchers International, percibiendo dos millones de euros anuales. También produjo la película The young Victoria, participó en programas de la NBC y rodó dos documentales para la ITV británica –uno de ellos causó un apuro diplomático con Turquía–, publicó su autobiografía y lleva escritos 14 libros de cuentos infantiles. 

En 2006 fundó Hartmoor, firma con la que centralizaba todo lo relativo a ella como marca: cuentos, joyas, velas… Algo así como una Paris Hilton de mediana edad. En su mejor época, desde finales de los 90 y hasta el fin de su contrato con Weight Watchers, en 2007, se calculaba que ingresaba cinco millones de euros anuales. Incluso apareció en un episodio de Friends. No es de extrañar que dijese al suplemento 'This is Money' del 'Daily Mail': «Me encantan los americanos porque me salvaron la vida. Cuando los británicos me echaron, ellos me salvaron». Sin embargo, parece que nadie es capaz de salvar a Sarah de sus problemas de liquidez. En 2010 volvió a avergonzar a los Windsor cuando un reportero de News of the World se hizo pasar por inversor y la grabó tratando de traficar con influencias.

Fergie ofrecía un encuentro con el príncipe Andrés a cambio de medio millón de libras. La duquesa de York estaba en completa bancarrota desde 2008: quebró Hartmoor y fue demandada incluso por su bufete de abogados por impago. Su exmarido acudió en su rescate. Andrés vendió su casa de Sunninghill, regalo de bodas de la reina, para ayudar a enjuagar las deudas de Sarah.

El corazón de ‘Fergie’
En cuestión de romances, Madame Vasso, autora de La duquesa de York y vidente de confianza de Fergie durante años, le atribuye ocho amantes: Steve Wyatt, John Bryan, un millonario árabe anónimo, el artista Paul Gaisford, el tenista Thomas Muster, el profesor de equitación Robert Splain, el asesor financiero Ray Chambers y, cuidado, John John Kennedy. 
Otras fuentes añaden a su exsocio y propietario de Findus, Geir Frontzen, y Gaddo della Gherardesca. Tras su petición pública de perdón por el episodio del News of the World, hoy Sarah presenta una imagen serena y estable y continúa vinculada a la Asociación de Enfermos Neuromotores. También es portavoz de la Children’s Villages así como de la Fundación Ronald McDonald y Not For Sale, contra la esclavitud.

Esa es la parte de Ferguson, pero ¿cómo se presentaría Andrés ante una posible reconciliación? Tener siempre el paraguas protector de un apellido como Windsor lo sitúa en una perspectiva desigual respecto a su ex. Incluso cuando ha estado envuelto en negocios no del todo claros y ha frecuentado amistades peligrosas, se le ha juzgado con menos dureza. En 2011 se publicó una foto, tomada diez años antes, abrazado a una chica en una fiesta. El anfitrión era Jeffrey Epstein, filántropo condenado por mantener sexo con prostitutas menores de edad y con cuya expareja y alcahueta, Ghislaine Maxwell, el príncipe mantiene una sólida amistad.

A Andrés se le reprochan sus amistades: la millonaria lady Goga, la modelo Alexandra Escat, Saif Al Islam Gadafi, hijo del dictador libio, o el líder de Azerbaiyan, Lham Aliyev. Pero, sobre todo, sus viajes como representante especial de Comercio del Reino Unido – le llegaron a llamar Airmiles Andy– en los que, se teme, haya confusión entre el sector público y sus negocios privados. Por ejemplo, muchos analistas no creen en el desmentido oficial y siguen apostando que el duque de York tiene acciones de un complejo hotelero y un campo de golf junto al Caspio.

El presente de Andrés
Durante los últimos diez años y hasta mediados de 2011 en que renunció a su cargo por la sombra de la corrupción, el duque ha completado centenares de misiones comerciales particularmente a países de poca tradición democrática como las exrepúblicas soviéticas y países del Golfo, además del sudeste asiático. Hoy continúa vinculado a la Royal Navy, recauda fondos para entidades benéficas y es patrono de Fight for Sight, dedicada a la investigación sobre la ceguera. El sueldo que percibe de Buckingham es de 300.000 euros al año.

Fabulemos con un final feliz. Si Sarah Ferguson volviese a los Windsor recobraría los títulos de Alteza Real, condesa de Inverness y baronesa Killyleagh que perdió –mantuvo el de duquesa de York por deseo de Andrés–, su escolta real y los compromisos de Estado. También se sentaría en la cena de Navidad en Windsor, amén de otros privilegios como los asientos en el palco real de Ascot y Wimbledon o enviar cartas sin pagar los sellos. La línea de sucesión al trono no se vería alterada, pues nunca tuvo derecho alguno. A su favor tiene la cordialidad de la reina. En contra, la distancia con que siempre la trató Felipe de Edimburgo y al príncipe Carlos, que quiere adelgazar la ‘realeza periférica’ formada por los parientes colaterales.

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