Alfonso XII y Elena Sanz, un amor prohibido

  • Ella le conquistó con su maravillosa voz y su porte de diva, él consiguió que ella lo dejara todo por su querer. el romance entre la cantante y el monarca es desgranado por el escritor José María Zavala en el libro ‘Elena y el rey’. una historia de pasión, engaños y venganzas.

Que su romance existió está fuera de toda duda. Numerosas cartas y documentos de la época y posteriores lo atestiguan. Sin embargo, en lo que nunca ha terminado de haber consenso es en la importancia de su relación. Para unos, lo suyo no pasó de un simple 'affaire'; otros, por contra, consideran que la contralto Elena Sanz fue mucho más que la amante de Alfonso XII, ya que le dio dos hijos varones. El escritor e historiador José María Zavala, gran conocedor de la dinastía borbónica, ha profundizado sobre esta historia de amor en su último libro, 'Elena y el Rey. La historia del amor prohibido entre Alfonso XII y Elena Sanz' (ed. Plaza & Janés). 

La ayuda de María Luisa
Para este trabajo, Zavala ha contado con la ayuda de la nieta de la cantante Elena Sanz, María Luisa Sanz de Limantour, que tristemente no ha podido ver el libro publicado porque falleció en noviembre de 2012. «Hace cuatro años, tuve la oportunidad de conocer a María Luisa Sanz, la nieta de Alfonso XII y Elena Sanz. Era una mujer entrañable, sencilla y encantadora. Sabía que ella tenía un archivo muy importante, heredado de su abuela y de su padre, Alfonso Sanz. Consultando estos documentos, me di cuenta de que había un material impresionante, como los billetes amorosos –especie de pequeñas postales–, donde salían a relucir esa relación de Alfonso XII con Elena Sanz y la existencia de ‘los nenes’, como el Rey les llamaba, Alfonso y Fernando. Descubrí también una carta inédita de Isabel II a Elena Sanz, que demostraba que entre ambas hubo una relación de gran afecto. Así fui desenredando la madeja en torno a las maledicencias sobre ese romance», nos cuenta Zavala.

Una diva de la ópera
Una de las primeras tareas que se propuso el autor fue descubrir quién fue realmente Elena Sanz, labor que no fue fácil, ya que apenas existen documentos escritos, gráficos y sonoros suyos: «Elena no fue una cupletista, sino una autentica diva de la ópera. Cantó con Adelina Patti delante del zar Alejandro II, en la Scala de Milán, en París, en América... También lo hizo en el Teatro Real con Julián Gayarre. Todo esto está probado, a pesar de que sea francamente difícil encontrar una sola huella de Elena en España, porque María Cristina de Habsburgo se encargó de borrar su rastro, como venganza. Hay que entenderla también, ella era la esposa legítima del Rey. La cantante dejó los escenarios por amor y Alfonso XII le puso un piso en la calle Alcalá y tuvo dos hijos con ella –uno concebido durante su viudez y otro, en plena vigencia del matrimonio con María Cristina–. Elena, que ganaba mucho dinero como cantante, se conformó con una pensión que le pasaba el Rey para ella y sus dos hijos –60.000 pesetas anuales, equivalentes hoy a unos 240.000 euros–. A la muerte del Monarca, con tan solo 28 años, víctima de la tuberculosis, su viuda, la Reina María Cristina, le quitó la pensión y se vieron desamparados».

Isabel II, la celestina

¿Pero cómo comenzó este romance? María Luisa Sanz contó al escritor que, por extraño que parezca, fue la propia Reina Isabel II la que propició la relación entre la pareja. «Isabel II actuó como celestina animando a Elena Sanz a que fuese a visitar a su hijo al Theresianum de Viena, colegio donde estaba estudiando el entonces príncipe. Él tenía 14 años, ella, 27. Cinco años después, siendo ya Rey, Sanz volvió a Madrid para actuar en el Teatro Real. A partir de ahí, comenzó el idilio. Elena no fue una amante cualquiera de las varias que tuvo el Monarca. Fue, digamos, la mujer de su vida», dice el autor. 

Lo cierto es que Elena contaba con el afecto de Isabel II, gran amante de la ópera. María Luisa guardaba en su casa una misiva» de la Reina dirigida a la cantante que así lo ratifica –reproducida a la izda.–. «Esa carta tiene un gran valor histórico, porque demuestra que hubo una relación de cariño y afecto cordial entre la Reina y Elena, que se llamaban entre ellas ‘mi nuera ante Dios’ y ‘mi suegra ante Dios’», afirma Zavala. 

Por otra parte, cuando, al morir el Rey, la artista fue despojada por parte de la entonces reina regente María Cristina de la pensión, el escritor asegura que Isabel II, que no tenía capacidad económica para ayudarla, la remitió a su abogado, Nicolás Salmerón, expresidente de la I República española: «Existe un telegrama de Salmerón a Elena Sanz, en el que este dice a su cliente que han llegado a un acuerdo por tres millones de reales. Esto suponía que ella tenía que entregar todas las pruebas que la vinculaban con Alfonso XII. La cantante entregó muchas pruebas, por suerte no todas, y por eso se conservan ocho o diez billetes amorosos –dos de los cuales reproducimos en estas páginas–. De este proceso judicial, hay muchos documentos que atestiguan la relación entre Elena y el Rey».

‘¿Dónde vas Alfonso XII?’
Para José María Zavala, la relación entre el Monarca y Elena Sanz también desmonta la historia de amor idealizada en la película '¿Dónde vas Alfonso XII?' (1958), entre el Rey y la Reina María de las Mercedes: «Es el cuento de Caperucita... En el libro se alude a una carta, que se conserva en la Academia de la Historia, de Isabel II al marqués de Molins, en la que dice que su hijo “tiene a estas y a otras mujeres”. Alfonso XII ya estaba con Elena, poco antes de contraer matrimonio con María de las Mercedes. Yo no niego ese enamoramiento, pero puede ser que tuviera poca base, no solo porque ella protagonizase el reinado más efímero, solo cinco meses, también víctima de la tuberculosis, sino porque él estaba simultaneando esa relación con otras. Isabel II favorecía el romance con Elena Sanz, porque tenía sus razones políticas. Odiaba al duque Montpensier, padre de María de las Mercedes, porque pensaba que había conspirado contra ella en la revuelta de 1868 que la mandó al exilio. No asistió a la boda de su hijo Alfonso, con eso lo digo todo», asevera el historiador. 

Pero José María ha ido aún más allá, descubriendo otro posible nexo de unión que pudiera explicar mejor el afecto que la Reina Isabel II profesaba a Elena Sanz y que tendría que ver con el supuesto padre de la cantante operística: «Sostuve una conversación con una persona vinculada a la familia de Alcañices, que me comentó que Elena Sanz era hija del marqués de Alcañices y duque de Sesto. Hay también testimonios de Ricardo de la Cierva, que llegó a estar emparentado con dicha familia. Él levantó sospechas en ese sentido. Por otra parte, llama poderosamente la atención, que Elena Sanz, habiendo sido inscrita en Castellón, con los nombres de sus presuntos padres, a los seis años la llevasen a Madrid al colegio de las niñas de Leganés, que era para huérfanas y que el patrono del centro escolar fuera el duque de Sesto. Curiosamente, el aristócrata, que fue tutor de Alfonso XII, fue el que abrió las puertas a la relación de Elena Sanz con Isabel II, consiguiendo que la artista actuara ante la Reina durante años. Desde luego, no es algo que se pueda afirmar al cien por cien, pero hay muchos indicios que apuntan a esa posibilidad. Por aquel entonces, en las partidas de nacimiento, se ponían nombres de falsos padres para evitar escándalos». 

Sea o no cierta esta paternidad, a Zavala no le queda la menor duda de que la Reina Isabel adoraba a la artista y a sus hijos. Como muestra de ello, el autor alude a la correspondencia del confesor de la Soberana, Bonifacio Marín, con la cantante, que engrosa el archivo de los Sanz. Así no es de extrañar que tras serle retirada la pensión, Isabel II aconsejara a Elena que su abogado, Salmerón, mediase para conseguir una suma de dinero que le permitiera vivir junto a sus hijos, a cambio de la entrega de los documentos comprometedores y de no reproducir reclamación alguna.

El acuerdo
Finalmente, Elena recibió 50.000 pesetas en concepto de atrasos de la pensión, 250.000 pesetas para ella y 500.000 para sus dos hijos. En el convenio, firmado el 24 de marzo de 1886, se constituyó un depósito de valores a favor de los vástagos de Elena, custodiado por el banquero  Prudencio Ibáñez. Pero las cosas no salieron según lo convenido: «Fue tremendo, hubo una actuación fraudulenta del banquero, que dejó desprotegidos a esos niños, que no tenían ninguna culpa y lo pasaron fatal. Menos mal que Alfonso, el padre de María Luisa, era un tipo espabilado, que llegó a ser director de la Peugeot en París y logró sacar adelante a su familia», afirma el autor del libro. 

En 1907, ya fallecida Elena Sanz –1898–,  su hijo Alfonso inició un pleito para reclamar sus derechos como hijo del Rey Alfonso XII. La propia Reina María Cristina tuvo que prestar declaración ante la Sala Primera del Tribunal Supremo. Finalmente, Alfonso Sanz perdió el juicio, ya que el juez consideró que: “Un monarca no está sujeto a Derecho Común”, con lo que no se le podían reconocer hijos fuera del matrimonio. «Los descendientes de Alfonso Sanz también intentaron, en vida de María Luisa, pedir sus derechos, pero no cuajó. Ahora, ya no tendría tanto sentido, porque el apellido Borbón estaría en tercer o cuarto lugar. Quise escribir este libro porque esta era una historia pendiente de contar. La gran ilusión de María Luisa era poder apellidarse Borbón, como Leandro, y no pudo ser. Este libro está dedicado a ella».

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