"Los cuatro somos tataranietos de la Reina Victoria", recordó en una ocasión Isabel II, aludiendo a los lazos parentales que la unen a ella y a su esposo, el duque de Edimburgo, con los reyes de españa. Un vínculo que inevitablemente se ha visto influenciado por los conflictos diplomáticos relacionados con gibraltar a lo largo de estos años.

Hace apenas dos semanas, los reyes de todo el mundo estaban citados a un almuerzo en el Castillo de Windsor por la reina de Inglaterra, que les invitaba a celebrar sus 60 años de reinado. Aunque doña Sofía había confirmado su asistencia, 48 horas antes del banquete, tuvo que cancelar el viaje a Londres por sugerencia del Gobierno.

Otra vez habían surgido los problemas con Gibraltar, cuyas autoridades habían prohibido faenar en sus costas a los pesqueros españoles. Días antes, Reino Unido también había anunciado que el príncipe Eduardo, hijo menor de Isabel II, visitaría el Peñón con su esposa, entre los días 11 y 13 de junio.

Este anuncio provocó el malestar de las autoridades españolas, que se lo transmitieron al embajador británico, pero hasta ese momento, el Gobierno opinaba que doña Sofía podía asistir al banquete de Isabel II, ya que lo consideraba un asunto privado y familiar, dado el parentesco entre ambas familias reales.

Sin embargo, tras la prohibición de la pesca, temía que se produjeran incidentes en el Estrecho, como ocurrió días después, y quería evitar que doña Sofía se encontrara en la situación incómoda de que estos la sorprendieran sentada a la mesa de Isabel II.

Disciplinada y acostumbrada a sacrificarse, la Reina no asistió al almuerzo y dejó incompleta la foto de Isabel II con una veintena de reyes, reinantes y no reinantes, llegados de todos los rincones del planeta. Su ausencia no fue la única, pero sí fue la más sonada.

Lazos familiares
Tampoco fue la primera vez que Gibraltar se interponía entre las dos familias reales. Ya en 1981, los Reyes tuvieron que cancelar su asistencia la boda de los príncipes de Gales, porque decidieron empezar su viaje de novios en el Peñón. En ambas ocasiones, pesaron más los intereses nacionales que las relaciones familiares, a pesar de que, como recuerda Isabel II, "los cuatro –en referencia a los Reyes de España, a ella y a su marido, el duque de Edimburgo– somos tataranietos de la Reina Victoria de Inglaterra".

Don Juan Carlos, por su abuela paterna, la Reina Victoria Eugenia, y doña Sofía y el duque –son primos–, por su bisabuelo el káiser Guillermo II, que era nieto de la Reina Victoria. Sin embargo, las relaciones entre ambas familias se remontan a hace más de ocho siglos, incluso antes de que la dinastía Borbón se estableciera en España y la Hannover en Gran Bretaña.

"Nuestras dos familias –continuaba Isabel II– se relacionan por matrimonio por primera vez en 1170, cuando la hija de Enrique II (de Inglaterra), Leonor, se casó con el Rey Alfonso VIII de Castilla". A lo largo de la historia, cuatro princesas inglesas han ocupado el trono en España y otras cuatro españolas se han ceñido la corona inglesa.

Entre estas últimas, Catalina de Aragón, la primera esposa de Enrique VIII. Además, Felipe II fue rey de Inglaterra durante un breve periodo de tiempo por su matrimonio con María Tudor. Muestra permanente de los lazos añejos que unen a las dos monarquías es el rubí de gran tamaño que regaló Pedro de Castilla en 1397 a Eduardo, 'el príncipe Negro', que también estuvo en España. La piedra preciosa está engarzada en la corona que utilizó la reina Victoria para su entronización y que usa Isabel II en ceremonias de pompa excepcional.

Viajes entre países
Los viajes de la familia real británica a España y de la española a Reino Unido también se remontan varios siglos atrás. Felipe I el Hermoso y su hijo Carlos I estuvieron en Londres en 1506 y 1522, invitados por los reyes de Inglaterra, pero el primer monarca reinante británico que pisó España fue la Reina Victoria, en marzo de 1889, cuando visitó en privado en San Sebastián a la Reina María Cristina.

El viaje más romántico de todos, aunque tenía carácter oficial, fue el que realizó Alfonso XIII en 1905. Aquel joven Monarca de 19 años conoció en Londres a una nieta de la Reina Victoria, la princesa Victoria Eugenia, de la que se enamoró y con la que se casó un año más tarde. Los periódicos británicos recogían crónicas de los amores románticos del "atractivo" Rey.

Muy estrecha fue también la relación de su hijo, don Juan de Borbón, con Reino Unido. Cuando se proclamó la República, el Infante se formaba como marino en la Escuela Naval de San Fernando (Cádiz) y tuvo que continuar su preparación en la  academia inglesa de Darmouth. Durante aquellos años de exilio, visitaba con frecuencia a la familia real británica, que le acogió con cariño.

Don Juan se encontraba a bordo en uno de los buques de la reina, cuando su padre le comunicó sus nuevas responsabilidades como Príncipe de Asturias y Heredero de la Corona, momento en el que tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de su vida: renunciar a la marina.

El Rey y el inglés
Con tantos lazos históricos y familiares, lo que menos se podía imaginar el Conde de Barcelona era que su hijo Juan Carlos se iba a mostrar tan reacio a estudiar inglés, debido a la ocupación británica de Gibraltar.

El propio Rey lo explicó en 1978 en una entrevista concedida a la revista alemana Welt am Sonntag –recogida en el libro Juan Carlos, el Rey de un pueblo, de Paul Preston–: "Por motivos patrióticos estaba predispuesto contra Inglaterra y me negué a aprender el idioma. Mi padre me hacía reproches, mi abuela también y mis maestros me reñían. Almorzamos con la reina de Inglaterra y mi padre dijo a Isabel II: 'Siéntate junto a él para que se avergüence de no poder responder a tus preguntas'. Y así ocurrió. Yo estaba profundamente avergonzado de solo poder hablar francés con la reina. Comprendí que el patriotismo tiene que manifestarse en otras cosas y que estaba obligado a aprender inglés por mucha rabia que me diera entonces".

Igual que para su abuelo paterno, Alfonso XIII, Londres también fue determinante en el idilio entre don Juan Carlos y doña Sofía. Aunque habían coincidido antes en varias ocasiones, fue en la boda de los duques de Kent cuando el noviazgo se formalizó. En aquel momento, el inglés volvió a jugar una mala pasada a don Juan Carlos, ya que todavía no lo dominaba y era la única forma de entenderse con su novia, que hablaba alemán y griego, pero no sabía español.

Primer viaje de estado
Los viajes a Reino Unido se hicieron frecuentes, tanto para visitar a la familia Real como a amigos y a su cuñado Constantino de Grecia, que se instaló en Londres tras la proclamación de la república en su país. Sin embargo, hubo que esperar hasta 1986 para que los Reyes realizaran su primera y única visita de estado a Reino Unido, 81 años después de la de Alfonso XIII.

Isabel II se volcó en deferencias con don Juan Carlos y doña Sofía. Para empezar, envió a los príncipes de Gales a darles la bienvenida en Heathrow, ya que ella nunca recibe a ningún jefe de estado en el aeropuerto, sino que manda a un representante.

En este caso, fue su heredero. Otra deferencia consistió en que se hospedaran en el castillo de Windsor, mucho más íntimo y familiar para Isabel II que el palacio de Buckingham. Además, don Juan Carlos se convirtió en el primer rey extranjero que intervino ante el parlamento británico, en la sesión conjunta de los lores y los comunes.

El Rey habló de Gibraltar: "Debemos hacer todo lo posible para superar nuestras diferencias". Isabel II le respondió: "La amistad de nuestros dos países se halla asegurada".

La visita de la reina
Dos años después, la reina de Inglaterra devolvió la visita a España. También los Reyes se volcaron en deferencias: el Príncipe de Asturias fue a recibirla al aeropuerto y los Reyes la acompañaron en Madrid, Sevilla, Barcelona y, ya en privado, en Mallorca.

No se escapó un detalle y hasta el gazpacho que se sirvió durante la visita se adaptó a los gustos de Isabel II (sin ajo ni pepino). En la capital andaluza, no pudo faltar el flamenco y mientras don Juan Carlos enseñaba a dar palmas a la reina de Inglaterra, doña Sofía mostraba al duque de Edimburgo la forma de tocar las castañuelas.

Isabel II se convirtió en la primera monarca británica que visitaba oficialmente suelo español. Aunque Eduardo VII había tenido intención de hacerlo en 1907, no se pudo bajar del yate real debido a una epidemia de peste que asolaba Cartagena.

La reina también fue la primera monarca británica que visitó el monasterio de El Escorial. Allí se le vino encima el peso de la historia cuando se detuvo ante la cama en la que murió Felipe II, el Rey que envió a la Armada Invencible para invadir Inglaterra.

Cuatro siglos después, Isabel II no quiso bajar al panteón real, donde reposan los restos del 'Rey Prudente'. Desde entonces, no ha habido más visitas de estado, salvo algunos viajes oficiales –el más reciente el que hizo a España el príncipe de Gales con la duquesa de Cornualles el año pasado–.

Lejos quedan ya aquellos veranos de Carlos y Diana en Mallorca, invitados por los Reyes. Como ocurre a tantas familias, los encuentros se reducen a bodas, funerales y acontecimientos especiales, amenazados siempre por la 'espina' de Gibraltar. El último que se salvó de la sombra del Peñón fue el enlace de los duques de Cambridge.

Veinticuatro años después del último viaje de estado, las autoridades británicas tenían interés en que los Reyes visitaran en 2012 Reino Unido, pero todo indica que o cambian las actitudes en Gibraltar, o el peso de la historia volverá a impedir el reencuentro oficial de los cuatro tataranietos de la Reina Victoria.