La mayoría de los artistas que regresan con un nuevo álbum tras casi una década de silencio muestran nerviosismo o, al menos, dan alguna excusa. Sade no. El inminente lanzamiento de Soldier of love (Sony), su sexto disco de estudio, parece ser motivo de hilaridad para ella. En su espaciosa casa del norte de Londres, Sade se ríe de la foto de un cartel, que tomó en Nueva York su guitarrista, Stuart Matthewman. Sobre la imagen de la cantante, alguien ha escrito con spray: Esta zorra sólo canta cuando quiere. Sade, que no desperdicia una ocasión para reírse de sí misma, cree que es divertidísimo.

Cuesta culparla, siendo como es, tan auténtica. No se ha dejado influenciar por representantes o discográficas. Desde principios de los 90, sólo ha publicado tres álbumes con material nuevo y el anterior a Soldier of love, Lovers rock, es de 2000. Entre uno y otro, ha sido prácticamente invisible. Sus amigos la llaman Howie, por el ermitaño millonario Howard Hughes. Ve poco a los miembros de su grupo (dos viven en Estados Unidos) y se mueve con sus amigos de siempre.

En 2005, tras 30 años de vida londinense se retiró a un pequeño pueblo del oeste de Inglaterra con su hija de 13 años, Ila. Allí nadie presta excesiva atención a la superestrella. "La mayor parte de mi vida social está en Londres, pero no soy especialmente sociable. Hago cosas como componer, hacer obras o jardinería. Me encanta cavar. Es tan tangible y real, y siempre me parece alquimia: plantas una semilla y crece algo increíble. Con la música es lo mismo. En el fondo, soy una chica de campo".

Sin duda, el cambio de aires le ha sentado bien: no parece haber envejecido durante su larga ausencia. A punto de cumplir 51 años, no tiene arrugas y su aspecto físico es imponente. Su altura (1,72 m), la coleta de pelo azabache y sus grandes ojos almendrados le siguen dando un aire exótico que asegura no importarle. "La gente me solía preguntar cómo es ver tu cara en la portada de una revista. Pero no la veo, no conecto con ella".

Intimidad

En los últimos 15 años, Sade ha concedido pocas entrevistas y ha hecho sólo una gira. Así que: ¿por qué ha vuelto? Tras vender 50 millones de discos, ha ganado más dinero del que podrá necesitar. "No preciso mucho -dice-. Podrías entrar a robar en esta casa e irte media hora después sin haber encontrado nada que merezca la pena". Y eso parece.

El salón del primer piso es grande, pero tiene un par de sofás de tela blanca y poco más. Cuenta con calefacción central, pero nos sentamos en la alfombra, frente a un calefactor eléctrico muy antiguo que debe de tener los mismos años que ella. Dice que tiene varios: "Son mis preferidos".

Su lealtad a los objetos de otra época nos revela su forma de ser: obstinadamente fiel. Cuando su grupo, el trío con el que ha trabajado desde 1983, sugirió que grabaran un nuevo disco, reaccionó: "Tenían ganas de hacerlo y yo había estado componiendo en Londres, pero no quería la presión de que todo el mundo volara hasta aquí. Empecé a trabajar a mi ritmo. Pensaba que quizás se me habría pasado la idea. Lo pienso siempre tras cada disco, pero luego me lanzo de cabeza".

Aunque su vida es ahora más alegre, en parte gracias a su nueva pareja, sus canciones siguen llevando su inconfundible huella melancólica. "Es lo que hago, no lo puedo evitar. Creo que la tristeza bien manejada trae felicidad. Te purga y te permite dejarla atrás. De hecho, los temas felices te pueden hacer sentir peor. No soy depresiva, pero tengo tendencia a la melancolía".

Libertad absoluta

Le encanta la antigua expresión inglesa "debe llover un poco en la vida de todos", y en la suya el chaparrón empezó pronto. Sus padres se separaron cuando ella tenía cuatro años. Su padre, nigeriano y profesor de universidad, se quedó en Ibadan. Su madre, enfermera, regresó a su Inglaterra natal con la pequeña Sade y con su hermano mayor. Vivieron en casa de sus abuelos, cerca de Colchester. Mientras su madre trabajaba a todas horas, Sade se convirtió en una chica poco femenina. "No había niñas de mi edad en la zona, así que jugaba con el grupo de mi hermano. No tuve una amiga hasta los nueve años. Pero tenía libertad absoluta, me pasaba el día en mi bici". Hoy sigue teniendo una voz grave y masculina, una potente risa y una postura despatarrada, que contrastan con su elegante apariencia. Sus amigos comentan incluso lo curioso que es que componga desde un punto de vista masculino, como en el single Soldier of love. Imagino que la lucha me parece algo masculino, explica.

Tras demostrar su talento artístico en el colegio, consiguió una plaza en el St. Martin’s School of Art and Design de Holborn y se adentró en la floreciente cultura club londinense de principios de los 80. Pero la música no había sido su primera opción. "No tenía mucha confianza como cantante, pero descubrí que me gustaba componer canciones". Una de ellas, Smooth operator, captó la atención de los cazatalentos y, en 1983 aceptó abandonar el grupo en el que cantaba, Pride, y fichar por Epic. Su condición: llevarse a tres de sus compañeros. Desde entonces, han tenido sus discusiones ("porque mi horterómetro es mucho más sensible que el de ellos", alega), pero siguen juntos. "Son como viejos amigos de la familia. A veces salen los trapos sucios, pero normalmente la cosa marcha".

Lo que no marchó en los primeros tiempos, para Sade, fue la forma en que se les acusó de apoyar los valores thatcherianos. "¡Si estábamos dando dinero, que ni siquiera teníamos, a Arthur Scargill y a los mineros en huelga!" Aprendió pronto el lado oscuro de la fama. Los paparazzi trepaban a los árboles de su casa de Londres y surgieron rumores falsos en torno a su vida personal. Todo eso la irritaba y le creó una aversión hacia las entrevistas que aún hoy persiste. "Empecé a sentir que hablar con la prensa era como abrirme a alguien que se hubiera sentado a mi lado en el autobús. Sigo sintiéndolo, la verdad. Y ¿por qué habría de hacerlo?"

Le alivió que, llegados los 90, empezaran a dejarla en paz. Sin el acoso mediático y con dinero en el banco (el Sunday Times estimó su fortuna en 30 millones de libras), está más centrada en su vida personal. "No ha sido un viaje fácil". Como mujer fuerte e independiente que es, no es fácil de manejar, como dijo un viejo colega, en el terreno amoroso. "He vivido momentos complicados", dice. Su matrimonio de seis años con el director de cine español Carlos Pliego acabó en 1995. "Le costaba compartirme con el resto del mundo". En 1996 tuvo a su hija, Ila, con un músico jamaicano al que conoció en Londres. Su nueva pareja es, cree, la definitiva. Ian fue infante de la Marina Real, después bombero y finalmente se licenció en ciencias. "Yo solía decir que si encontrara un hombre que pudiera cortar leña y tuviera una bonita sonrisa, no me importaría que fuera aristócrata o un bruto, siempre que fuera un buen tipo. ¡Y he terminado con un bruto educado! Tengo un hijastro adorable que vive con nosotros. Me siento como si al fin me hubiese tocado la lotería".

El centro de su vida

Casualmente o no, también acaba de preparar un disco del que se siente orgullosa. Y le encanta haber involucrado a su hija en él. "Desde que llegó, se convirtió en el centro de mi vida. Me la llevé a mi última gira, en 2001, pero no la dejé ver los conciertos. No quería que viera a la gente llamando a su mamá a gritos". Ahora, Ila ya lo sabe todo acerca de su madre famosa, comenta los temas e incluso canta en uno de ellos, Babyfather. "Me dijo que mi música le parece muy emotiva; significa mucho para mí". ¿Piensa Sade que el mundo sigue esperándola, ocho años después de su último tour? Largo silencio. "Mmmm, sí, lo creo. No soy materialista, pero tengo grandes aspiraciones artísticas. Nunca quiero hacer menos de lo puedo. Y creo que la gente que se molesta en escucharnos se da cuenta".

La conexión española

Helen Folasade Adu, más conocida como Sade, se casó en 1989 con el director de cine Carlos Scola Pliego. La ceremonia se celebró en el castillo de Jolajas (Guadalajara). Fue una relación complicada, se rumorea que por el carácter posesivo de él. Ella compró un piso en Madrid (de hecho, se convirtió en una habitual de la noche y madrileña), pasó vacaciones con él en el País Vasco e intentó pasar la mayor cantidad de tiempo posible con Carlos, pero no fue suficiente. La gota que colmó el vaso fue una larguísima gira de Sade por América. Se dice que Pliego voló hasta allí para estar con ella, pero que, a los tres días, cambió de planes y regresó a España. Aquello marcó el principio del fin. Se divorciaron en 1995.