Mefistófeles baila y se emborracha en el centro andino de Ecuador

Asociar cielo con ángeles puede ser tan común como relacionar diablo con infierno, pero en Ecuador a mefistófeles no sólo se lo puede encontrar en las tenebrosas cuevas de la imaginación con grandes pailas abrazadas por el fuego, sino bailando y bebiendo en el mismísimo "altar del trueno": Píllaro. El cantón Píllaro, situado a 120 kilómetros al sur de Quito, reúne cada 6 de enero a más diablos de los que cualquiera pudiese imaginar durante la "diablada", una mágica tradición ancestral en la que se ven cachos y trinches por todo lado. Vestidos de rojo, con inmensas caretas coronadas por numerosos cachos de todos los tamaños, cientos de habitantes de Píllaro repiten año a año una tradición cuyo origen no está del todo claro. La "diablada", que comienza el 1 de enero, llega a su clímax el 6, día de los Santos Inocentes, en los que hombres, mujeres y niños se mofan de Belcebú que, a su vez, se burla de los transeúntes despistados al asustarlos con ratas y culebras, vivas, o con otros animales disecados que les pasan por el rostro. Hay quienes dicen que la "diablada" viene desde la época de la colonia, otros creen que es una influencia de Bolivia, donde también hay una tradición similar, y unos más lo relacionan con la defensa machista a la posesión de la mujer. El no tener claro el origen mismo de la tradición, no es impedimento para que cientos de pillareños participen en el desfile, del que sí se ven restringidos quienes no pueden pagar el alquiler del disfraz o de las caretas, según comentó a Efe Cecilia, una habitante del lugar. Aquella amenaza de que el "diablo te va a halar de los pies en la noche", si no se hace tal o cual cosa, parece perder vigencia en la mágica fiesta de Píllaro, o al menos no le da resultado a Carmen en su intento para que Freddy, su hijo, haga las tareas escolares. "Yo no tengo miedo (al diablo) porque no existe", dijo Freddy, de 12 años, a Efe en un merecido, pero corto descanso en una esquina de Píllaro, antes de volver al desfile con sus cuernos, trinche, látigo y atuendo rojo, que lo convertía en un pequeño diablillo. Acompañadas de músicos populares, las comparsas recorren Píllaro, que en quichua significa "Altar del trueno", en una ruta en la que no faltan los juegos pirotécnicos, la burla y el licor. No extraña ver diablos borrachos por los suelos al final del desfile, que termina bien entrada la noche, tras una jornada que comienza en la mañana con todo un ritual para vestir a cada diablo. "Si quieres dinero, sígueme", "Soy yo quien en la noche te llama, soy satanás", son algunas de las leyendas que aparecen en inmensas alas que despliegan grandes diablos en la mitad de las comparsas. El diablo rígido y enojado que cierta literatura describe con afán no se encuentra en Píllaro, donde Lucifer luce alegre y divertido bailando con pequeños y cadenciosos brincos, que acompaña con sonidos guturales y constantes: "oh, oh, oh, oh". Pero no hay que dejarse engañar... al fin y al cabo, es el diablo y bajo sus mil máscaras, su esencia de maldad está intacta. Por eso espanta a la gente, le golpea con el látigo, y al despistado le pone ají o pimiento en la boca...a fin de cuentas, el hacer daño está en la esencia de Belcebú, para quienes creen en él. "Vengo a ver esto porque es bonito, pero el diablo no es así, ni está en el infierno. Hay miles de diablos entre nosotros, sonriéndonos todos los días, escondidos en sus máscaras", dijo a Efe Eugenia, habitante de la vecina ciudad de Ambato que ve en la "diablada" un asunto más bien alegórico. Coincidencia o no, paradójico o no, Adán Moposita, un ecuatoriano que carga su bíblico nombre desde hace 37 años comentó a Efe que "no todos somos santos como para ser ángeles, ni tenemos tantos pecados como para ser demonios" y aclaró que participa cada año en el desfile por tradición más no por superstición. Al parecer, al menos el Ayuntamiento cosecha ya de su esfuerzo por romper el mito de que se debe participar 7 ó 12 años consecutivos como satanás en los desfiles, a riesgo de ser huésped del infierno si mefistófeles es traicionado. Pero los que no han tenido suerte en impedir la tradición son los más católicos y deben soportar que el desfile pase por la puerta misma de la iglesia que permanece cerrada durante la "diablada".