(crónica) De Euskadi a Indonesia, tras la pelota vasca

En los años setenta, la pelota vasca era el deporte de moda en Yakarta. Ahora, hace años que el Jai Alai se acabó y dejó atrás a varios pelotaris enamorados de estas tierras, desde las que han sido testigos de tres décadas de historia indonesia sin dejar nunca de añorar Euskadi. Todos miran atrás con nostalgia a la época en la que vivían de jugar al frontón y eran la sensación en Yakarta y otras capitales del Sudeste Asiático, como Macao, Singapur y Manila. "A la gente le encantaba la pelota, venían por las apuestas. Era un juego rápido y cada noche se movía muchísimo dinero", recuerda José María Barquín Larrinaga, de Markina, que llegó a Indonesia en 1974. Barquín no tiene problema en reconocer que se quedó aquí porque "le cazaron", lo mismo que su compañero Javier Urionabarrenechea, que ahora tiene 57 años, que llegó desde Durango a este otro lado del mundo siendo un joven pelotari de 23. "En aquella época Yakarta era preciosa, todo vegetación, no había edificios, sólo casitas bajas y pocas, ni siquiera había taxis", describe Urionabarrenechea, que ha acortado su apellido a Uriona para que los indonesios puedan pronunciarlo. "El frontón aquí siempre estaba lleno, pero donde realmente éramos unas estrellas era en Filipinas, donde llegaron a tener un canal de televisión dedicado exclusivamente a la pelota y nos pedían autógrafos por la calle", cuenta Barquín. Ambos se vieron obligados a abandonar el Jai Alai cuando, en 1981, Suharto prohibió todos los juegos de apuestas en el país. "Lo recuerdo perfectamente, fue el día de Navidad. De la noche a la mañana nos anunciaron de que en cuatro meses se cerraba todo", recuerda el de Markina. Unos treinta pelotaris tuvieron que cambiar la pista por otro oficio. Barquín y Uriona hace ya más de veinte años que trabajan en la sección de visados de la Embajada de España, desde donde son testigos del ir y venir de los españoles en Indonesia y de la historia reciente de este convulsionado país. Han vivido las revueltas que provocaron la caída de Suharto en 1998, cuando tuvieron que pasar cuatro días encerrados en la embajada porque no se podía salir a las calles por la violencia. También les ha tocado ver la tragedia del "tsunami", que acabó en 2004 con la vida de más de 170.000 personas en el norte de Sumatra, donde Uriona viajó como intérprete para las ONG. "Acabé haciendo de todo, desde montar tiendas hasta desenterrar muertos y sacarlos del barro donde había que montar el hospital de campaña", relata el ex pelotari, que recuerda que dormía atado a un gato para despertarse si había una réplica fuerte del terremoto. Entre los recuerdos más emotivos que guardan está la llegada a finales de los años setenta del Circo de la Ciudad de los Muchachos, al que recibieron con una fiesta en el frontón, y su participación en un programa de Miguel de la Cuadra Salcedo sobre españoles por el mundo. Otro de los que decidieron quedarse fue Juan Olaechea, originario del Valle de Atxondo-Arrazola y hoy en día analista de la Oficina Comercial española: "Durante mucho tiempo, cada vez que pasaba por el frontón se me saltaban las lágrimas". Olaechea se metió de lleno en el mundo de los negocios, donde en aquella época no se aventuraban muchas empresas españolas, y ayudó a montar la primera cementera de Indonesia. Se instaló aquí definitivamente, se casó y tuvo cuatro hijos, pero nada ha impedido que "eche muchísimo de menos" la pelota, que ahora ha sustituido por los palos de golf. Todos señalan que uno de los mayores males de este país es la corrupción y son críticos con los avances que ha tenido el desarrollo de Indonesia. "El país sigue tan mal o peor de cómo estaba durante la dictadura. Los pobres son más pobres y los ricos son más ricos. El desarrollo ha beneficiado sólo a unos pocos", asegura Olaechea, mientras Uriona rememora que "esta ciudad era un paraíso, todo selva, y se ha convertido en una porquería". Pese a ello, no piensa en volver a Euskadi porque se pregunta: "¿Qué hago yo con 65 años en mi pueblo, si ya no me conoce ni Cristo?". Añoran la comida, los paisajes, el concepto español de amistad y, sobre todo, la pelota. "Ya me gustaría echar algún juego", dice Barquín, pero Urdinale contesta rápidamente: "A mi no, que igual se me rompe un brazo".