Un amor de doble filo, por Susanna Tamaro

La otra noche, cenando con unas amigas, hablamos de cómo, en los últimos 20 años, ha cambiado el concepto de maternidad. Si en nuestra juventud la concepción se lograba con facilidad, hoy parece depender de los laboratorios de inseminación artificial. Se diría, de hecho, que el acto de concebir se ha vuelto más dificultoso; que el estrés y el uso prolongado de anticonceptivos han transformado lo que era tan natural en un suceso raro y lleno de obstáculos. En nuestra ayuda concurre la ciencia. Pero este devenir prepotente de la técnica, como yo les decía a mis amigas, me incomoda bastante. Tras el deseo (más que comprensible) de ser madre a cualquier precio, veo una profunda violencia infligida al cuerpo y a la vida de las mujeres. Sobre todo porque, con él, se ha desarrollado un negocio de proporciones colosales, muy poco interesado en sopesar los efectos colaterales de estas técnicas tan invasivas. ¿Cuál es el precio –nos preguntábamos– que paga una mujer por tener un hijo a toda costa? Poco o nada se habla de esto en los medios de comunicación. Todo se centra en el derecho de la mujer a ser madre cuando siente la necesidad. Sobre los riesgos que conllevan todas las manipulaciones para hacerlo realidad se prefiere guardar silencio.

Pero si el anhelo de maternidad lo es también de dar amor, ¿no sería mucho más humano pensar en la adopción, dado que hay una gran cantidad de niños que viven esperando renacer en el calor de una familia?
Como siempre, el problema es la burocracia. Adoptar en Italia, mi país, es dificilísimo. Hace unos años, lancé una propuesta: que el proceso durase nueve meses, precisamente el tiempo de un embarazo. Tal vez así, muchas mujeres, en lugar de someterse a intervenciones humillantes para poder llevar a cabo su deseo de maternidad, elegirían esta vía más sencilla y humana.

Reducir la vida a la exaltación del ego y a la obediencia ciega de sus empeños lo conduce a un callejón sin salida. El ego quiere fundamentalmente tres cosas: dominar a los demás, poseer más que ellos y vivir todos los impulsos eróticos posibles. Con esta impronta machacona, reforzada por el bombardeo de los medios de comunicación, ¿cómo se puede pensar en construir una sociedad fundada en los valores que la hagan digna de ser humana, esto es, en sintonía con aquello que hemos venido construyendo en los últimos milenios? Hoy, al hombre se le considera solo una mercancía, poseedor de unos bienes que comprenden también la vida de otros seres humanos. Si el hombre es un objeto, sin vínculo con lo misterioso e impune ante cualquier sentencia, resulta natural pensar que, cuando desea un hijo y no logra tenerlo, contrate un vientre de alquiler. Está en su derecho. Del derecho de la pobre mujer que, por hambre, alberga un hijo que no es suyo y del bebé que nacerá deliberadamente privado de la genealogía, que es uno de los pilares esenciales de la persona, no nos preocupamos. Después de todo, la mujer recibe un dinero que la ayudará a salir de la pobreza, y ese niño ha sido muy deseado y tendrá una vida feliz.