Jennifer y John, por Edurne Uriarte

ESTA ES UNA  de esas historias de las que te sabes la teoría pero no dejas de sorprenderte, y mucho, por la práctica. Es la historia de Jennifer y John, que no son dos personas reales, sino los personajes de un experimento realizado por la Universidad de Yale para saber si aún existe sexismo en el mundo académico de las ciencias. La mala noticia es que la respuesta es sí.

EL EXPERIMENTO era sencillo y letal. Letal para nuestro optimismo antropológico, quiero decir. Los investigadores enviaron el currículo de un licenciado a profesores de seis universidades, tres privadas y tres públicas, y de diversos campos científicos, Biología, Química y Física, y les pidieron que valoraran su idoneidad para un puesto de responsable de laboratorio. Debían dar una puntuación y, además, proponer un salario. El currículo enviado era exactamente el mismo para todos, pero con un ligero cambio, el del nombre del candidato: en la mitad de los casos se trataba de Jennifer, una mujer, y en la otra mitad era John, un hombre. Y aquí viene la desagradable noticia y es que la puntuación recibida por John fue superior a la de Jennifer, un 4 para él en una escala del 1 al 7 y un 3,3 para ella. Y aún más, el salario propuesto para él fue de 30.328 dólares frente a los 26.508 para ella. Y discriminaron a Jennifer exactamente igual las mujeres que los hombres consultados.

Y MUCHO ME TEMO que este experimento daría el mismo resultado en cualquier otro campo o que se mantiene la tendencia a suponer una mayor capacidad al hombre frente a la mujer. Lo mismo que en aquella vieja experiencia de la selección de violinistas para una orquesta que dio diferentes resultados cuando los candidatos tocaron detrás de una cortina y no se pudo saber si eran hombres o mujeres. Es fácil adivinar qué les ocurrió cuando tocaron sin la cortina mediante. Lo mismo que a Jennifer y a John, que a él lo encontraron más dotado para el violín.

Y, SIN EMBARGO, sigo pensando que las cuotas son una mala solución. Entre otras cosas, porque sustituyen una discriminación por otra. Por eso estoy de acuerdo con los países europeos que acaban de oponerse a la propuesta de la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, de imponer por ley la obligatoriedad de reservar a las mujeres un 40% de los puestos de los Consejos de Administración de las grandes empresas europeas. Insiste Reding en que planteará una nueva votación en el futuro para sacar adelante este proyecto, pero ella sabe que no lo logrará, no solo por el gran número de países en contra, sino porque las líderes se oponen de la misma manera que ellos.

TODAS QUEREMOS que Jennifer tenga las mismas posibilidades que John de ser la responsable de un laboratorio o de entrar en un Consejo de Administración. Pero si Viviane Reding pretende imponerlo con una ley, Jennifer volverá a estar en desigualdad de condiciones. Antes, porque no eran capaces de ver sus cualidades. Después, porque la ley, la cuota y la obligatoriedad también impedirán ver esas cualidades.

P. D.: En España, hay un 11% de mujeres en puestos directivos, por debajo de la media de la Unión Europea, que es del 14%. El país más avanzado, Finlandia, llega al 27%. Estamos lejos de la igualdad, pero con un aumento continuado e imparable de los porcentajes femeninos.