Muerte en Siria

Morató

VIAJÉ POR PRIMERA VEZ a Siria hace siete años tras las huellas de Agatha Christie, una de las protagonistas de mi libro 'Las Damas de Oriente'. La escritora descubrió este país, que sentía como su verdadero hogar, de la mano de su esposo, el arqueólogo Max Mallowan. Aquí vivió largas temporadas y escribió algunas de sus más famosas novelas ambientadas en Oriente Próximo. Llegó a Siria dispuesta a olvidar el traumático divorcio de su primer marido y la muerte repentina de su madre, y a tomarse unas merecidas vacaciones. Tenía 40 años y pronto descubriría en esta región, cuna de antiguas civilizaciones, su pasión por la arqueología y unos escenarios donde viviría “los años más felices e intensos de mi existencia”.

ERAN OTROS TIEMPOS y el viaje a Oriente estaba cargado de misterio y aventura. Cuando en 1928 Agatha, cargada con sus pesados baúles, llegaba a la estación de Damasco a bordo del Taurus Express, la ciudad la cautivó. No era El Cham –un pedazo de tierra en el paraíso– como la bautizaron los árabes, pero sus monumentos recordaban su glorioso pasado. Con sus esbeltos minaretes apuntando al cielo y sus cúpulas revestidas de mosaicos, sus espléndidas mezquitas y palacios otomanos, la ciudad se enorgullecía de ser una de las más antiguas del mundo. De la mano de un guía de la agencia Cook, la dama inglesa se adentró en el viejo Damasco, en sus calles laberínticas y sus bulliciosos zocos, donde solía comprar antigüedades y alfombras para decorar sus mansiones en Inglaterra. “La paz que se respira en sus patios revestidos de mármol, el rumor de sus estanques y el aroma de los jazmines al atardecer te trasladan a “Las mil y una noches”, escribiría emocionada a una amiga.

EN LA BLANCA ALEPO, con su ciudadela rodeada de altos muros y su enorme zoco cubierto, Agatha y Max se alojaban siempre en el legendario hotel Baron, el único que ofrecía agua caliente en sus duchas y algo de confort. Aquí, en sus decadentes salones donde Lawrence de Arabia se sacudía el polvo del desierto, la novelista escribiría las primeras páginas de “Asesinato en Mesopotamia”. Mientras estos recuerdos del pasado vienen a mi mente, las ciudades que inspiraron a Agatha Christie y a tantos viajeros románticos son bombardeadas por la aviación siria mientras miles de civiles huyen a Turquía, Jordania, Líbano o la vecina Irak.

NADIE QUE HAYA VIAJADO a Siria podrá olvidar los olores penetrantes de sus zocos, la luminosidad de sus atardeceres, la hospitalidad de los beduinos y la sobrecogedora belleza de las ruinas de sus ciudades milenarias. En su delicioso libro autobiográfico “Ven y dime como vives”, donde Agatha recordaba con nostalgia sus viajes por Oriente, confesaría: “Amo ese generoso y fértil país que es Siria y a sus gentes sencillas, que saben reír y gozar de la vida, que son ociosas y alegres, que tienen dignidad y educación, y gran sentido del humor... Insahallah, volveré y las cosas que amo no habrán perecido en esta tierra”. Que la paz llegue pronto a este país milenario y fascinante que en el pasado inspiró a tantos espíritus nómadas e inquietos.

P. D.: Desde marzo de 2011, la tragedia en Siria se ha cobrado más de 20.000 muertos y hay miles de desplazados. El país vive la brutalidad de un régimen que tortura y bombardea a civiles, asesina a periodistas e impide la ayuda humanitaria. La brutalidad del Gobierno no debería quedar impune.

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