La vida no se rebobina

Carme Chaparro

QUIZÁ OS HAYA PASADO alguna vez. Termináis una conversación (a vida o muerte, seria, trivial, intrascendente o de cachondeíto) y, cuando estáis ya en el punto de no retorno (dicho el adiós, el hasta la próxima –o hasta nunca– y dadas ya las espaldas respectivas), van vuestras neuronas y ¡zas! Ahí está. La frase. Pero no una cualquiera, sino La-Fra-Se. La que te hubiera dado la victoria dialéctica definitiva sobre el adversario. Plas, plas. Machacado. Hundido en la apabullante contundencia de la sabiduría de tus palabras.

PERO NO. Porque, una vez más, te vas con la sensación de haber hecho el tonto. Has hablado con tu jefe de una asfixiante falta de recursos en el trabajo. O con tu vecina sobre los 95 decibelios a los que suenan sus hijos no es ruido “que moleste”. O con una primera cita a la que quieres impresionar con una conversación brillante-pero-no-pedante-y-muy-divertida-aunque-también-trascendente. Al despediros, del jefe, de la vecina o de la cita, vas dando vueltas a la conversación (no quieres, de verdad, pero es como un bucle en tu cabeza) hasta que tus neuronas se iluminan como un árbol de Navidad y lo ves todo claro: lo que tendrías que haber dicho, cómo tendrías que haber reaccionado o el gesto que nunca debiste hacer.

LA VERDAD es que es un poco frustrante eso de que las mejores frases se le ocurran a uno cuando ha salido de escena. Así que, hasta que alguien invente el botón de “slow motion” para poner el mundo a cámara lenta y tener tiempo de pensar así el gesto perfecto, habrá que buscar alguna solución. Porque, claro, en la vida real no se puede rebobinar. Pero sí hacer un poco de teatro. Bueno, o de cine.

CANSADA YA de escuchar a tu vecina defender que ella tiene que ponerse los tacones nada más salir de la ducha, a las seis de la mañana, vas y le sueltas un Clint Eastwood en “Harry el Sucio”: “¿Tienes hijos? ¡Ah! No, es verdad. Dios es sabio”. O cuando llega ese momento en el que una conversación decae y se instala un silencio incómodo y pesado, prueba con Marlon Brando en “Apocalypse Now”: “He visto un caracol. Se deslizaba por el filo de una navaja. Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar, y sobrevivir”, a ver qué cara se le queda a tu cita. O, en el trabajo, si en vez de decir de un compañero que es cuadriculado y obtuso, comentas así por lo “bajini” una gran frase de “El Sargento de Hierro”: “Este tío usa manual para todo, incluso para tirarse a su mujer de forma eficiente, disciplinada, y militar”, te convertirás en el rey de la oficina.

AUNQUE MI FAVORITA es una frase de Groucho Marx que va con actuación incorporada. Una de esas frases que cierran una escena –incluso una película– por todo lo alto. La cabeza bien alta, una sonrisa de suficiencia, toda la calma del mundo y una mirada que a punto está de ser por encima del hombro, pero no llega a la mala educación: “Nunca olvido una cara, pero en su caso haré gustoso una excepción”.

 P. D.: Lo malo es que no estamos en la corte francesa del siglo XVII, donde ascendían y se convertían en favoritos los nobles (y no tan nobles) de mentes hiperágiles y oratoria excepcional. Así que, como dijo El Padrino, “mantén cerca de tus amigos, pero aún más a tus enemigos”.